
Este círculo —punto invisible en que se unen y se centran los brazos opuestos de la cruz—
es mi “campo”. La unión de los “cuatro puntos cardinales” en este “campo” al que también
se unen los dos tiempos —el futuro que aún no es, y el pasado que ya es— me engendran
en la palabra: este es el nombre nuevo, en su nuevo bautismo. […] Pero este nombre nuevo,
esta palabra nueva, es terrenal y al entregarse se consume
.
La poesía hunde sus raíces en el ser total inaccesible, oculto tras los contrastes, y abre
su misterio, derramándolo como tal misterio, entre los hombres, y es precisamente su
apertura a la palabra, al lenguaje, lo que nos revela nuestra comunidad con él. Este
planteamiento coincide en gran medida con la teorización heideggeriana de la poesía. No
nos referimos aquí solo a Hölderlin y la esencia de la poesía, sino a obras posteriores que
difícilmente pudieron llegar a manos del poeta, así es que habría que pensar más bien en
una afinidad de puntos de vista, sobre todo a partir de sus últimos poemarios.
“Hay que regresar a lo ilimitado, lo silencioso por impronunciable —escribía Xirau—
, para saber que este silencio imponderable es también la Palabra misma que nos
pondera.” Estas palabras del también poeta filósofo Xirau
que encabezan mi artículo,
caracterizan perfectamente el acercamiento de Prados al fenómeno poético: abordar lo
impronunciable, acogerse al silencio para escuchar la palabra que nos nombra. Es
evidente que el silencio imponderable desde donde surge el lenguaje poético de sus
últimas obras nos emplaza a un directo desafío con la referencialidad de la palabra,
cuestión central en Heidegger.
Para Heidegger, el lenguaje es “la casa del ser”, el acontecer del ser se da en el
lenguaje, pues es este el que perfila y condiciona nuestras posibilidades de experiencia;
pero sólo la poesía, el lenguaje poético, “inaugura un mundo, abre y funda lo que dura,
en cuanto a su vez responde a una apelación”
y esta apelación proviene del silencio, de
la diferencia, que es también lo originario, lo sagrado. Así pues, el decir auténtico no
puede ser más que “un callar simplemente del silencio”
, “lo silencioso por
impronunciable” de Xirau. Al igual que el ser humano, que sólo logra vivir
auténticamente en cuanto se pone en relación con lo otro de su vida, esto es, con su
muerte, con su inexorable temporalidad, la poesía es ontológicamente fundante cuando
es capaz de aflorar hacia su límite, vinculándose con lo otro del significante, con lo otro
del propio lenguaje: el silencio.
El silencio, en consecuencia, es para el lenguaje lo que la muerte es para la vida, de
ahí que Prados naciera a la poesía desde la interiorización y la anticipación decidida de la
propia muerte, desde ese lugar límite en el que naufraga el lenguaje común, la experiencia
común. Toda la obra poética de Emilio Prados es un acecho a ese límite, sagrado por
numinoso, innombrable, insonoro, y a medida que avanzan los años y ya en la soledad de
su exilio, logra que su palabra alcance ese punto de casi quiebra por nombrar lo indecible.
Emilio PRADOS, extr. de apuntes para una “declaración estética” que había de figurar en la
antología homenaje al grupo del 27 proyectada por Cela en 1958, Mic. Rollo 9, red box 14.
También en “Apéndice” a Emilio PRADOS, Textos surrealistas, 165-170.
Y exiliado en México también como Prados, aunque de niño, con sus padres Pilar Subías y el
filósofo y profesor Joaquín Xirau. La cita proviene de Ramón XIRAU, Palabra y silencio,
México, siglo XXI, 1968, 121.
Gianni VATTIMO, “Heidegger y la poesía como ocaso del lenguaje”, en IDEM, Más allá del
sujeto. Nietzsche, Heidegger y la hermenéutica, Barcelona, Paidós, 1992, 72.
Martin HEIDEGGER, “De un diálogo acerca del habla”, en IDEM, De camino al habla,
Barcelona, Ed. Del Serbal, 21990, 138. La versión de Yves Zimmermann dice “silencio del
silencio”, hemos optado, sin embargo, por la traducción de la cita dada por Gianni VATTIMO
en Más allá del sujeto. Nietzsche, Heidegger y la hermenéutica, 74.