1
Juan de Ávila y la Inquisición (II): las personas del tribunal
John of Avila and the Inquisition (II): The People of the Tribunal
https://doi.org/10.46543/ISID.2433.1054
José Antonio Ollero Pina
Universidad de Sevilla
Sevilla, España
jaollero@us.es
https://orcid.org/0000-0003-2563-8521
Resumen: Este estudio parte del análisis del sentido de la votación y de la sentencia que
pusieron fin a la causa inquisitorial de Juan de Ávila para proseguir con una investigación sobre
las personas que compusieron la junta de asesores y el tribunal que la dictó. Su objetivo no ha
consistido sólo en la identificación de las mismas, sino que se ha extendido a la exposición de
aspectos fundamentales de sus respectivas biografías, particularmente del desarrollo de sus
carreras hasta 1533, aunque sin que se perdiera de vista la evolución posterior. Se ha
reconstruido de esta manera una prosopografía específica para la cuestión que nos preocupa.
La orientación de sus decisiones sobre el proceso de Juan de Ávila no es independiente del
cómo fueron estos individuos. Se entiende que el conocimiento de cado uno de ellos, la
posibilidad de establecer los rasgos fundamentales de sus personalidades, procediendo desde el
conocimiento de sus orígenes familiares y sociales, así como de la formación que poseían,
ayudan a explicar el contexto histórico y generacional en que ellos, como jueces, y Juan de
Ávila, como reo, estuvieron situados.
Palabras claves: san Juan de Ávila, Inquisición, Sevilla, Antonio del Corro, Juan Fernández
Temiño, Pedro de Corral, fr. Domingo de Párraga, Pedro Alexandro, Alonso de Castilla, Sancho
López de Otalora, sentencia
Abstract: This study begins by analyzing of the meaning of the vote and the verdict that
concluded the inquisitorial cause of Juan de Ávila. It then delves into a study of the people who
comprised the Council and the Court that issued the verdict. The objective is not only to identify
them, but also to present the key aspects of their life stories, particularly their career progression
up to 1533, while also considering subsequent developments. This entails constructing a
prosopography specifically tailored to the question at hand. The orientation of their decisions
regarding the trial of John of Avila is closely linked to their individual identities. Understanding
each person, including their family and social backgrounds, as well as their education, helps to
elucidate the historical and generational context in which they, as judges, and Juan de Ávila, as
defendant, were situated.
Keywords: saint John of Avila, Inquisition, Seville, Antonio del Corro, Juan Fernández
Temiño, Pedro de Corral, fr. Domingo de Párraga, Pedro Alexandro, Alonso de Castilla, Sancho
López de Otalora, sentence
Recibido: 30 de septiembre de 2024
Aceptado: 23 de octubre de 2024
2
Como hizo con todo el extracto del proceso inquisitorial de Juan de Ávila que se guardaba en
el Archivo de la Congregación de Ritos, Camilo Abad no se limitó a publicar el voto y la
sentencia en su esencial artículo, sino que también ofreció el primer ensayo de identificación
de las personas que intervinieron en ese momento decisivo
1
. Si se llama el voto es porque en
realidad se trataba del veredicto de la Junta de Asesores, requisito prácticamente imprescindible
en la práctica procesal de la Inquisición que precedía a la sentencia como había llegado a ser
norma antes de que el Consejo se apropiara de este paso
2
. En rigor, cada uno de los miembros
de la Junta emitía su voto y la sentencia saldría de la distribución de esos votos, pero el
resultado, tanto a favor como en perjuicio del reo, no tenía por qué reflejar la decisión de la
mayoría porque, según los casos, intervenían otras variables. En el proceso de Juan de Ávila no
se planteó ese problema porque no hubo discordancias. Los siete componentes de la Junta,
inquisidores y letrados, declaran que habían acabado de ver el proceso ese mismo día, el 16 de
junio de 1533, en la traducción de Abad,
todo lo sustancial literalmente, y el resto por relación que de él se hizo, y en especial de las pruebas
hechas por parte del Bachiller Juan Ávila; todos los señores Inquisidores y Letrados, unánimes
fueron de parecer que (…).
Hubo, por consiguiente, unanimidad en el voto, un hecho que, conociendo la mecánica
procesal, puede interpretarse como que cada uno de ellos expresó su voto razonado por escrito
independientemente y luego se comprobó que todos habían coincidido en el veredicto o,
simplemente, que, sin tener que llegar al voto particular, la unanimidad se expresó directamente
en el colegiado. De una u otra manera la sentencia recogía un juicio compartido sin disonancias.
El voto concluyó en la absolución “de la instancia de este juicio”
3
. Esta restricción suponía que
arrastrara una serie de consejos al tribunal que debía dictar la sentencia. Se le debía mandar al
reo que en adelante mostrase moderación en el hablar y cuidase mucho lo que dijese y se
ilustraba su recomendación con cuatro citas específicas tomadas de los cargos del proceso. Se
comenzaba con la que insistía en la verdad de lo que decía, continuaba con la que versaba sobre
el paraíso hecho para los pobres, para terminar con la de que los quemados por la Inquisición
eran mártires y la que se refería a la cuestión de los ricos y la salvación. Esta última se expresaba
de este modo: “que era herejía decir que el rico tiene más facilidad para salvarse que el pobre”.
Esta formulación se prestaba a confusión sobre lo que realmente había dicho, pero no menor
era la que producía la anterior tal como figuraba escrita pese al empeño que había puesto Juan
de Ávila en demostrar lo que creía que era su correcta interpretación. Las demás advertencias
“de otras cosas no bien sonantes” quedaban implícitas, pero se instaba a que se notificasen en
un memorial que debía seguir bajo las directrices de los inquisidores. Sin necesidad de
1
Cf. Camilo M. ABAD SJ, “El Proceso inquisitorial contra el Beato Juan de Ávila”, Miscelánea
Comillas 6 (1946) 95-168, en las pp. 136-140, la traducción española y el estudio; en las pp. 163-
164, el original italiano.
2
Sobre el papel y la función de la Junta de Asesores y la casuística que implicaba, cf. Bruno AGUILERA
BARCHET, “El procedimiento de la Inquisición española”, en Joaquín PÉREZ VILLANUEVA –
Bartolomé ESCANDELL BONET, Historia de la Inquisición en España y América. II. Las estructuras
del Santo Oficio, Madrid, BAC, 1993, 460-467.
3
María del Camino FERNÁNDEZ GIMÉNEZ, siguiendo a los tratadistas, distingue dos tipos de
sentencias de absolución: la absolutoria y la absolutoria de la instancia. Por la primera el reo es
absuelto por completo. Por la segunda, es absuelto de la instancia del juicio y, si surgen nuevas
pruebas en su contra, el tribunal podría juzgarlo de nuevo y, si se daba el caso, condenarlo, La
sentencia inquisitorial, Madrid, Ed. Complutense, 2000, 107. “No concede al reo una absolución con
las mismas consecuencias que si se tratase de un inocente”, concluye la autora en “La sentencia
inquisitorial”, Manuscrits 17 (1999) 131 (119-140).
3
repetirlas, la sentencia, absolutoria en la medida en que falló que el promotor fiscal no probó
su intento, obedeció los consejos contenidos en el voto. Reconocía que había nacido entre
algunas personas escándalo y murmuración de las predicaciones de Ávila y le ordenaba la
moderación que se le reclamaba. Para ello se le entregaría el memorial y se le ordenaba “que
no toque tales materias”, las que se enunciaran en el mismo. Por último, debía volver a los
lugares donde había predicado, especialmente a Écija, Alcalá de Guadaíra y Lebrija, y en ellos
volviera a declarar las cosas que hubiesen sido motivo de escrúpulo y escándalo para
corregirlas. La sentencia era de obligado cumplimiento y comprendía la correspondiente
cláusula conminatoria: amenaza de excomunión y nuevo procesamiento. Leyendo estos
términos no puede deducirse más que Juan de Ávila se convertiría desde entonces en un
predicador vigilado, siempre pendiente de que conciencias quisquillosas y escrupulosas le
llevaran por segunda vez ante la Inquisición y, en consecuencia, seguramente, más prudente.
Según el texto, los siete votantes fueron “los Señores licenciados Antonio del Corro,
Inquisidor, Juan Francisco Temiño, Provisor, Pedro del Corral, Juez de la Santa Iglesia de
Sevilla, Canónigos de la misma e Inquisidores; el Maestro Fray Domingo Párraga del Orden de
los Predicadores, el Doctor Alejandro, Canónigo de dicha Santa Iglesia, los licenciados Alonso
de Castilla y Sancho López de Otálora, Jueces de los grados de dicha ciudad”. De todos ellos,
Camilo Abad sólo logró identificar a dos, Antonio del Corro y fr. Domingo de Párraga, y tuvo
la honestidad de reconocer que no sabía el significado de los jueces de los grados, como tradujo,
correctamente, del italiano “Giudici de’gradi”. Además, en esta versión al español hizo algunas
correcciones de lectura de la transcripción italiana del extracto, que sería producto de la que
previamente habían hecho los traductores dieciochescos de la copia del proceso original que
fue enviada a Roma. El italiano “Gio. Francesco Themino, Prouisore” lo modificó Abad —
según se ve— en “Juan Francisco Temiño, Provisor” y “Pietro del Corsal Giudice della S.
Chiesa di Seuiglia” en “Pedro del Corral, Juez de la Santa Iglesia de Sevilla”. Sala Balust que,
como él mismo subrayara, conocía la documentación italiana independientemente de Abad,
publicando la biografía de Juan de Ávila en el primer tomo de sus obras completas en 1952,
reprodujo, no obstante, su traducción, pero prefirió mantener el “Temino” y el “Corsal” italiano
en lugar de la doble corrección “Temiño” y “Corral”. Por razones obvias, Sala Balust no tuvo
ocasión de revisar el texto y de esta manera ha seguido apareciendo en las dos ediciones
posteriores de la obra del santo
4
. Es posible que hubiera seguido un criterio distinto en la forma
de escribir los apellidos si hubiera abordado la identificación de cada uno de los miembros del
tribunal, pero no lo hizo. Esta cuestión debió considerarla secundaria para el análisis del proceso
y ni siquiera se la planteó. Habría que esperar, en consecuencia, a que, recientemente, María
Jesús Fernández Cordero volviese sobre la cuestión de las identificaciones, aunque tampoco le
otorgara un especial relieve y se limitara a tres, quizás cuatro, de los miembros de la lista sin
aportar nada nuevo respecto a aquellos en los que se detiene
5
. Sobre esta base entiende el
4
Cf. SALA BALUST, “Introducción biográfica”, Obras completas del Bto. Mro. Juan Ávila, 79-80 =
San Juan de Ávila. Obras completas. I, 46. No haría falta advertir que no había experimentado
cambio en el primer tomo de la edición de 1970. Ángel Alcalá varió la confusión al llamar Juan
Francisco Término a ese Juan Francisco Temiño, cf. Ángel ALCALÁ GALVE, “El apogeo del Santo
Oficio (1569-1621): los hechos y las actividades inquisitoriales en España. El último tercio del siglo
XVI. Control de espirituales”, en J. PÉREZ VILLANUEVA, Historia de la Inquisición en España y
América, I, Madrid, BAC, 1984, 800 (780-841).
5
Se limita a Antonio del Corro, el Juan Francisco Temiño de Abad y Sala Balust, que corrige
acertadamente por Juan Fernández Temiño, y el dominico fr. Domingo de Párraga. De Pedro del
Corral sólo dice que era canónigo y vicario del obispo (sic), cf. María Jesús FERNÁNDEZ CORDERO,
Juan de Ávila (1499?-1569). Tiempo, vida y espiritualidad (BAC Normal 744), Madrid, BAC, 2017,
133-135.
4
sentido de la conclusión benevolente de la causa de Ávila partiendo de las características de la
orientación religiosa e ideológica que ha propuesto Civale para algunos de los clérigos que
formaron parte del tribunal de la Inquisición de Sevilla, en concreto para Antonio del Corro y
Pedro del Corral. Según este autor, los dos estarían plenamente identificados con su arzobispo
e Inquisidor General, Alonso Manrique. Desplazado como consecuencia de las luchas de las
facciones de la corte del gobierno real de la Inquisición y caído en desgracia ante el emperador,
en la dimensión de la monarquía Manrique habría fracasado en su proyecto de imbuir en el
Santo Oficio una inspiración erasmiana y humanista que de forma inevitable hubiese
desembocado nada menos que en una posición irenista y tolerante. Pero, como si valiera de
amortiguador, al menos en Sevilla un grupo de canónigos, que califica de “colti et illuminati”
y que relaciona, Corro, Mondragón y del Corral, consiguieron mitigar la persecución de los
conversos y permitieron que se desarrollase una libre concurrencia entre diversos modelos
espirituales y religiosos
6
.
Aunque sustentada por unos hilos muy tenues, esta explicación es tan atractiva que se
antoja difícil contradecirla. Además, aparenta una continuidad admirable entre ese Juan de
Ávila protegido por don Alonso Manrique a su llegada a Sevilla en 1526 y la absolución siete
años después en un proceso inquisitorial por un tribunal conformado a medida de la contextura
idealizada del mismo arzobispo. Por otro lado, los historiadores en general no se han
preocupado por la personalidad de los inquisidores y los promotores fiscales que intervinieron
en los procesos inquisitoriales que han estudiado y menos aún se han interesado en los letrados,
juristas, teólogos y frailes, que votaron en los mismos expresando sus juicios y sus veredictos,
dispares con tanta frecuencia. Pero nada de esto exime de la necesidad de resolver el
interrogante que se enuncia si se pregunta sobre los individuos que participaron en la decisión
final que se tomaría en una causa como la de Juan de Ávila. La actuación de la Inquisición
aparece tan homogénea, tan sin fisuras, que no se concibe que existiese espacio para que hubiese
inclinaciones y opiniones personales. Veamos quiénes fueron aquellos individuos siguiendo el
orden, que no era aleatorio, en que sus nombres figuran en el voto.
I. Los inquisidores
De todos ellos el licenciado Antonio del Corro es el más conocido y el que ha merecido más
atención de los historiadores, aunque no porque fuera el primer inquisidor en el proceso de Juan
de Ávila, sino por su presencia en la causa del doctor Egidio. La presentación que hizo
Reginaldus de su persona en sus Sanctae Inquisitionis Hispanicae Artes Aliquot como el
venerandus senex que, conocedor de la piedad del magistral, se enfrentó a sus perversos
acusadores, le dio un lugar en la historia religiosa y de los movimientos heterodoxos de la
España del siglo XVI
7
. Su mención aquí, en apenas una frase, es responsable en parte de su
retrato, cosa rara en un inquisidor, como hombre tolerante y abierto a las corrientes espirituales
de su tiempo, oculto simpatizante de los sentimientos religiosos de las víctimas de su tribunal.
Refuerza este juicio el relato que hizo el otro Antonio del Corro del motivo de su conversión
en la Lettre que dirigiera a Felipe II que suscribió en Amberes, el 15 de marzo de 1567, diez
años después de su huida del monasterio y de España. En esta carta el que fuera fraile de San
6
Parafraseo lo que escribe Gianclaudio CIVALE, “Con secreto y disimulación”. Inquisizione ed eresia
nella Siviglia del secolo XVI, Nápoles, Edizioni Scientifiche Italiane, 2007, 75.
7
Pese a las críticas que ha recibido cito la obra de Reginaldus GONSALVIUS MONTANUS, Sanctae
Inquisitionis Hispanicae Artes aliquot detectae ac palam traductae, Heidelberg, Michael Schirat,
1567, por la edición de Nicolás CASTRILLO BENITO, El “Reginaldo Montano”. Primer libro
polémico contra la Inquisición española, Madrid, CSIC, 1991, y por los párrafos numerados de la
misma, que se corresponden con la paginación de la edición latina original. Así, Artes: § 268.
5
Isidoro del Campo atribuyó a un inquisidor, con el que mantenía una estrecha relación, el
impulso inicial de su transformación espiritual al confiarle sus severísimas críticas a la
Inquisición y permitirle la lectura del proceso de Juan Gil
8
. Ni en la primera versión francesa
de esta carta, ni en la versión que se publicara en inglés diez años después, ni en la latina, que
sólo se ha conservado manuscrita
9
, Antonio del Corro desveló el nombre de ese inquisidor, pero
ha bastado ese relato para que cierta historiografía haya asentado como hecho cierto el
parentesco entre ambos, si bien los autores que han propuesto esta hipótesis dudan de si el
primero fue hijo o sobrino del segundo
10
. Aunque lo más probable es que no fuera ni lo uno ni
lo otro, esta relación no ha influido en la modelación consagrada de la imagen del inquisidor,
la cual parece confirmarse materialmente en su sepultura, sita en la capilla familiar de San
Antonio, en la iglesia parroquial de Santa María de San Vicente de la Barquera, solar de la
familia. Juan Bautista Vázquez lo representó vestido con sus ropas de canónigo, recostado sobre
la cama, reposando su cabeza, cubierta por un bonete, sobre la mano derecha y su brazo apoyado
en dos almohadones, mientras leía en un libro abierto que sostenía con su mano izquierda. De
este modo, como escribiera Caro Baroja, después de aludir a su carrera inquisitorial de más de
cincuenta años y a que había sido “testigo de muchas tragedias”, “todo da sensación de placidez
en torno a la imagen de este campeón contra la herética pravedad”
11
.
En la distribución territorial y jurisdiccional de los distritos inquisitoriales impuesta por
el cardenal Cisneros en 1507, Cuenca formaría un distrito inquisitorial con Cartagena, mientras
8
En la traducción española de la Lettre envoyée a la maiesté du Roy des Espaignes como Antonio del
CORRO, “Carta de Antonio del Corro al rey Felipe II fielmente traducida del original francés y
publicada por ahora por primera vez en español”, Revista Cristiana XXIII/531 (1902) 33-35.
9
Cf. Ignacio J. GARCÍA PINILLA, “Valor de la Epistola ad potentissimum Philippum Austricaum regem
de Antonio del Corro”, Bibliotheque d’humanisme et renaissance: travaux et documents 70/3 (2008)
595-607
10
Para la opinión de Menéndez Pelayo véase la nota siguiente. Boehmer, posteriormente, lo daba
simplemente como pariente, Cf. Eduard BOEHMER, Antonio del Corro, en su Bibliotheca Wiffeniana.
Spanish Reformers of Two Centuries from 1520, III, Strassburg – London, Trübner, 1904, 3-5
[Pamplona, Analecta Editorial, 2007]. McFadden concluyó que “It ist almost certain that Corro was
not the child of the Licenciate”, Cf. William MCFADDEN, The Life and Works of Antonio del Corro,
PhD thesis, Queen’s University, Belfast, 1953, 2-3. Según Gordon A. KINDER, “Reformadores
sevillanos del siglo XVI”, Archivo Hispalense, 65/200 (1982) 100 (87-105), era su sobrino. No he
podido ver de este autor la obra Gordon A. KINDER, “Antonio del Corro”, Bibliotheca Dissentium
VII, Baden Baden, Valentin Korner, 1986, 121-176, que depende, como decía el mismo Kinder en el
artículo citado, de la tesis de McFadden. Vermaseren mantiene a Antonio del Corro, el antiguo monje
de San Isidoro de Campo, como sobrino del inquisidor y de su mismo linaje montañés, Cf. B. A.
VERMASEREN, “The Life of Antonio del Corro (1527-1591) before his stay in England. I”, Archives
et Bibliothèques de Belgique – Archief- en bibliotheekwezen in België 57 (1986) 531-532 (530-568).
Carlos Gilly, por el contrario, piensa que no le unía con el inquisidor ningún tipo de parentesco, Cf.
Carlos GILLY, “Corro, Antonio del, il giovane”, en Adriano PROSPERI (dir.), Vincenzo LAVENIA e
John TEDESCHI (coll.), Dizionario storico dell’Inquisizione, I, Pisa, Scuola Normale Superiore, 2010,
418-419.
11
Julio CARO BAROJA, “El señor inquisidor”, en El señor inquisidor y otras vidas por oficio, Madrid,
Alianza editorial, 21970, 27-28. Mucho antes, Menéndez Pelayo en el epígrafe que dedica en su
Historia de los heterodoxos a Antonio del Corro, el hereje, decía que éste “era pariente y quizá
sobrino” del inquisidor homónimo, que “yace en elegante sepulcro de mármol, obra de gusto italiano
en la iglesia de San Vicente, con una inscripción que publica sus méritos”: Marcelino, MENÉNDEZ
PELAYO, Historia de los heterodoxos españoles, Madrid, BAC, 1987, II, 110. Una breve reseña
biográfica en Carlos GILLY, “Corro, Antonio del, il vecchio”, Dizionario storico dell’Inquisizione,
I, 419-420.
6
que el tribunal se situaría en Murcia
12
. Pero el nombramiento del bachiller del Corro como
inquisidor en las ciudades de Cuenca y Cartagena y sus obispados hay que retrasarlo hasta el
14 de julio de 1509. Nombrado junto con sus colegas, los licenciados Cristóbal de Ávila y
Francisco González de Fresneda, ese año fue cuando, según Pérez Ramírez, empezó la actividad
de aquel tribunal. En el siguiente, el 15 de octubre de 1510, Antonio del Corro fue designado
también juez de bienes confiscados de “Cuenca y su obispado”
13
. Aunque ésta sea la primera
mención de su nombre en el servicio del Santo Oficio, dada su edad, es imaginable que no
comenzara su trayectoria con esta plaza. Así pues, las primeras noticias de su actividad como
inquisidor proceden de su estancia en Cuenca y éstas, como ha mostrado la documentación
inquisitorial exhumada por Jiménez Monteserín, no describen a un juez templado y moderado
precisamente
14
. Cierto es que proceden de parte, pero de las acusaciones que pronunciaron
contra él sus víctimas y los reos a los que procesó sobresale un juez rígido y corrupto. Las
protestas y reclamaciones contra la conducta de Antonio del Corro en las causas se iniciaron
muy pronto. En principio parecen contradictorias porque los testigos del proceso seguido contra
un Diego Pacheco, acusado de judaizante en 1510 y apresado de nuevo en 1525, denunciaron
su falta de integridad, que era amigo de conversos y que estaba en una relación dudosa con la
mujer de otro imputado por el mismo delito. Sin embargo, esa supuesta inclinación por los
conversos no se compadece con que, según el autor citado arriba, fuese el mismo Antonio del
Corro el responsable de la “cerrada ofensiva antijudaizante” que se desencadenó desde 1509 en
Cuenca y que afectó incluso a los miembros de la comunidad situados en posiciones más
preeminentes
15
. Fue en el transcurso de esta ofensiva que Fernando de Valdés y Andrés, su hijo
mayor, el padre y el hermano de Alfonso y Juan de Valdés, chocaron con el inquisidor en un
enfrentamiento que les costó a ambos que fuesen penitenciados. Jiménez Monteserín ha
publicado el acta de la acusación del promotor fiscal del tribunal conquense, el bachiller Alonso
Ferrer, contra Andrés de Valdés. Le acusaba de que hubiera entrado armado en la sala audiencia
del tribunal acompañado de otros hombres, también armados, que permanecieron fuera, para
presentar una recusación para la que, según afirmaba el fiscal, no había causa y razón. Pero no
la dejó pasar en silencio porque él mismo reproduce las protestas que Andrés de Valdés debió
proferir contra los inquisidores y que reflejaban el profundo malestar y el resentimiento
generalizado que existía en la ciudad contra el Santo Oficio y los inquisidores. La recusación,
12
Cf. José MARTÍNEZ MILLÁN, “La formación de las estructuras inquisitoriales: 1478-1520”, Hispania
153 (1983) 57 (23-64); Dimas PÉREZ RAMÍREZ, “Los orígenes de la Inquisición en Cuenca”, Anuario
de Estudios Medievales 12 (1982) 402 (399-410). Este trabajo lo volvió a publicar, más extenso y
con más datos, el mismo autor como “Estudio preliminar: los orígenes de la Inquisición en Cuenca”
en Dimas PÉREZ RAMÍREZ, Catálogo del Archivo de la Inquisición de Cuenca, Madrid, Fundación
Universitaria Española, 1982, 21 (11-55).
13
Cf. Pilar GARCÍA DE YÉBENES Y PROUS, El Santo Oficio de la Inquisición de Sevilla. Burocracia y
Hacienda, Madrid, Tesis doctoral. Universidad Complutense, 1989, 836. El nombramiento como
inquisidor también en Miguel Jiménez Monteserín en la introducción de este autor a Fermín
CABALLERO, Alfonso y Juan de Valdés. Edición facsímil del original publicado en 1875,
introducción y notas de Miguel Jiménez Monteserín, Cuenca, Instituto Juan de Valdés, 1995, xxxii.
El nombramiento, para las ciudades y obispados de Cuenca y Cartagena, en igualdad con el bachiller
Pedro de Herrera y salario de 60.000 mrs.
14
Miguel Jiménez Monteserín ya adelantó parte de la información que se extrae de la documentación
en el “Apéndice” a Juan de VALDÉS, Diálogo de doctrina cristiana, Madrid, Editorial Nacional,
1979, 170-171. El tratamiento que aquí se hace se basa en la introducción de este autor a CABALLERO,
Alfonso y Juan de Valdés, xxx-xxxiv. Jiménez Monteserín ya daba cuenta del contraste entre la
imagen última de un virtuoso inquisidor y ese mismo inquisidor en sus años conquenses.
15
Véase también sobre la actividad inquisitorial de Antonio del Corro en Cuenca el artículo citado de
PÉREZ RAMÍREZ, “Los orígenes de la Inquisición en Cuenca”, 407-408.
7
además, se detenía en Corro, al que describía como villano rufián, bellaco y ladrón y denunciaba
por haberse enriquecido fraudulentamente. Por si no fuera suficiente, lo calificaba de falsario,
malvado y más hereje que los que había quemado
16
.
A juzgar por el número de expedientes inquisitoriales que se custodian en el Archivo de
la Inquisición de Cuenca de su época de inquisidor en aquel tribunal, la actividad de Antonio
del Corro fue muy intensa. Así que se puede suponer que, cuando fue destinado a Sevilla, los
Valdés y muchos de sus paisanos respiraron aliviados. Su nombramiento como inquisidor de
Sevilla y Cádiz, que lleva fecha de 17 de marzo de 1516, ordenaba que residiese en Jerez de la
Frontera, donde no estuvo mucho tiempo porque dos años más tarde, el 13 de noviembre, fue
revocado, viéndose así interrumpida su carrera en el Santo Oficio
17
. Jiménez Monteserín
calificaba a Antonio del Corro como “hombre de Cisneros a todas luces”, pero a la muerte del
cardenal debió de buscar otro valedor. Antes de la fecha de su cese Antonio del Corro ya era
oficial y vicario general del arzobispo fr. Diego de Deza
18
, con el que quizá hubiera tenido
relación en una primera etapa anterior a su aparición en Cuenca. Gracias a ese oficio o, lo que
sería lo mismo, al apoyo del prelado, obtendría una media ración en la catedral de Sevilla, de
la que tomó posesión el 5 de enero de 1519 y que lograría mantener en su poder, pese a que
tuvo que soportar la competencia de otros nueve aspirantes cuyos procuradores se presentaron
ante el cabildo provistos con todo el aparato de bulas y procesos exigibles para ocupar la
vacante
19
.
Estamos, por consiguiente, muy bien informados de la llegada del licenciado del Corro
al cabildo sevillano como medio racionero, en el escalón inferior de su composición, pero, por
ahora, no es posible determinar con seguridad cuándo dejó de ejercer en aquel puesto que
16
“E dixo que el Inquisidor del Corro hera un villano rufián, vellaco robador y que quando vino a este
ofiçio no tenía que comer y que agora está medrado y le sobran bienes de lo que ha robado e que sy
le quitasen el ofiçio que él pornía las manos en él. Y que más hereje era él que los que quemava e
que hazía dos mil falsedades e maldades. Ytem se alabó que él avía escrito una carta a Ferrando de
Valdés, su padre, a la corte que si supiese lo en ella contenido que merecería ser quemado”: PÉREZ
RAMÍREZ, “Los orígenes de la Inquisición en Cuenca”, xxxi, n. 69.
17
Le sustituyó Andrés Sánchez de Torquemada, cf. GARCÍA DE YÉBENES Y PROUS, El Santo Oficio de
la Inquisición de Sevilla. Burocracia y Hacienda, 836. Para la fecha de su nombramiento también
cf. PÉREZ RAMÍREZ, “Los orígenes de la Inquisición en Cuenca”, 21.
18
El 5 de agosto de 1518 el cabildo catedralicio cometía a tres de sus prebendados para que entendiesen
en el diputado que debía participar en la información que se había de hacer sobre los beneficiados
del mismo cabildo “que ayan exçedido en algund delicto” según había propuesto el licenciado del
Corro de parte del prelado, Archivo Catedral de Sevilla, Fondo Capitular (en adelante ACS, FC), I.
Secretaría, lib. 07058, f. 162. Como vicario general, ante él alegó el 15 de septiembre de ese año una
apelación del cabildo Diego Matute, procurador del mismo, de un breve de León X que había
presentado el obispo de Scalas don Baltasar del Río, arcediano de Niebla y canónigo. El asunto
reviste un interés particular, pero ahora interesa subrayar el oficio que sustentaba entonces Antonio
del Corro, ib., ff. 176v-177.
19
A diferencia de lo que harían sus competidores, Antonio del Corro, doctor en decretos, título del que
no volvería a presumir, oficial y vicario general del arzobispo, se presentaría en persona ante el
cabildo para ocupar la vacante que había dejado con su muerte un tal Miguel de Pastrana el 3 de
enero con una bula de gracia expectativa datada en Roma, el 1 de noviembre de 1517. Aunque la
consecución de estas gracias pontificias en expectativa era normal, la fecha indica que Antonio del
Corro pensó en la posibilidad de gozar de una prebenda catedralicia desde mucho antes tal como
procuraban hacer muchos de sus colegas de la Inquisición. El proceso fulminado sobre la bula no se
llevó a cabo hasta el 29 de octubre de 1518. La posesión y el juramento de los estatutos, tras la
aceptación y acto de obediencia del cabildo, fueron dos días después, el 5 de enero, ib., ff. 204-205.
El mismo día 3 fue cuando se presentaron los papeles de los otros nueve pretendientes, ib. ff. 205-
206.
8
dependía de la confianza extrema del arzobispo. Todavía en diciembre de 1519 una real
provisión emitida por la Chancillería de Granada se dirigía a él como vicario general de la
iglesia y arzobispado de Sevilla
20
. Puede que continuara siéndolo durante un tiempo. Cuando
el 28 de septiembre del año siguiente tomó posesión de una canonjía, la que dejara vacante
quien había sido deán y canónigo, don Fernando de la Torre, era juez del consistorio, el tribunal
arzobispal
21
. Esto no puede significar más que seguía contando con la confianza de fr. Diego
de Deza y quizás fuese a él a quien también debiese el canonicato. Desafortunadamente, no se
puede asegurar que fuera de esta manera porque no se han conservado las actas capitulares de
la catedral de Sevilla de ese año y, en las de los cuatro siguientes, hay muchos vacíos. En
contrapartida, cuando se reanudan con continuidad en 1525, Antonio del Corro reaparece
participando activamente en la vida capitular con todo lo que ello implicaba, mientras que con
su prebenda aseguraba la percepción de los ingresos necesarios para ahorrar el capital necesario
con el que financiaría sus futuras dotaciones
22
. Pero, en aquello que nos compete ahora, reviste
más importancia que el 15 de diciembre de 1525 el Consejo de la Inquisición le nombrase de
nuevo inquisidor de Sevilla. El nombramiento, que suponía la reanudación de una carrera que
no volvería a verse interrumpida, fue emitido por los consejeros
23
, pero en las circunstancias de
entonces no se hubiese producido sin la anuencia del Inquisidor General, don Alonso Manrique,
quien, habiendo sido provisto como arzobispo de Sevilla el 31 de agosto de 1523 y su
procurador, el canónigo Pedro Pinelo, tomado posesión el 13 de mayo siguiente, aún no había
pisado su sede
24
. Si hubo alguna recomendación de por medio, Antonio del Corro hubo de
ingeniárselas para lograr un acercamiento a Manrique. En cualquier caso, el cabildo entendió
que la designación de uno de los suyos para esa plaza obraba en su beneficio. Sólo habían
pasado dos semanas y los prebendados cometieron al mismo Pedro Pinelo que escribiese al
arzobispo “regraçiándole la provisión que hizo al señor liçenciado del Corro de inquisidor de
Seuilla”
25
.
20
Granada, 19 de diciembre de 1519, Archivo Histórico Provincial de Sevilla, Protocolos Notariales
(en adelante AHPSPN), leg. 4897, cuaderno 21, s. f.
21
Libro de entrada de prebendados, ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07433, f. 2.
22
No atenderemos esta cuestión porque no queremos extendernos mucho más allá de 1533. Como
tantos otros que tuvieron esa posibilidad, Antonio del Corro invirtió parte de su dinero en juros. En
octubre de 1523, cuando ya había muerto fr. Diego de Deza y no era más que medio racionero,
invirtió 212.134 mrs. en la compra de un juro sobre la renta del pan y vino de San Vicente de la
Barquera que. le iba a dar 15.422 mrs. de rentabilidad anual. La carta de privilegio es de Burgos, 15
de diciembre de 1524, Archivo General de Simancas (AGS), Contaduría Mayor de Hacienda,
Contaduría de Mercedes, leg. 1, exp. 30, ff. 312-317. El 18 de marzo de 1525, en Sevilla, el licenciado
Antonio del Corro apoderaba a tres parientes, vecinos de San Vicente de la Barquera, para que
reclamasen el importe de este juro, AHPSPN, leg. 3.259, ff- 532v-533.
23
Los consejeros “proveyeron por inquisidor apostólico en la ciudad de Sevilla y su partido al
licenciado Antonio del Corro, canónigo de Sevilla”, cf. PÉREZ RAMÍREZ, “Los orígenes de la
Inquisición en Cuenca”, 21; también en GARCÍA DE YÉBENES Y PROUS, El Santo Oficio de la
Inquisición de Sevilla. Burocracia y Hacienda, 836, y, por último, cf. Juan GIL, Los conversos y la
Inquisición sevillana, II, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2000, 227.
24
Cf. Guilelmus VAN GULICK – Conradus EUBEL, Hierarchia Catholica Medii et Recentioris Aevi,
Padua, 1960, 211. La fecha de la posesión sólo en Diego ORTIZ DE ZÚÑIGA, Anales eclesiásticos y
seculares de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla, Metrópoli de la Andalucía, III, Madrid,
1796 (reimp. Sevilla, 1988), 334. Algunos, basándose en la ambigua redacción que de esta noticia
hizo Ortiz de Zúñiga han dado por hecho que Manrique pasó por Sevilla unos días de 1525, pero el
arzobispo no entraría en Sevilla y en su catedral hasta el 9 de marzo de 1526, cuando llegó con
motivo de las bodas del emperador, ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07059, ff. 122-123v.
25
29 de diciembre de 1525, ib., f. 104v.
9
Antonio del Corro rondaría los 60 ó 61 años cuando se desarrolló el proceso de Juan de
Ávila y, aunque quizás pueda discutirse la pertinencia de la visión beatífica de su carácter, nadie
pondría en duda que era un funcionario experimentado y que tenía detrás de sí todo el acervo
de la que era una larga carrera. Tanto que todavía le esperaba casi un cuarto de siglo más de
vida porque murió en 1556 con 84 años. Dispuso, por tanto, como se verá en otra ocasión, de
tiempo más que suficiente para seguir ejerciendo su profesión de inquisidor y continuar
cumpliendo sus obligaciones capitulares
26
. Pero no tenemos noticias que permitan siquiera
suponer algún tipo de contacto con aquel clérigo que una vez juzgó. Lo más próximo a esa
posibilidad se encuentra en su testamento en 1553, que dedicó a decidir su sepultura y a la
dotación de sus fundaciones en San Vicente de la Barquera, porque entre sus tres albaceas
nombró al licenciado Pedro de Corral, quien compartiera con él un puesto en el tribunal que
absolvió a Juan de Ávila.
27
Menos de un mes antes de que Antonio del Corro tomara posesión de su canonjía, el
licenciado Juan Fernández Temiño había conseguido otra gracias a la voluntad de don Alonso
Manrique. Había sido el arzobispo quien lo había traído de la Universidad de Salamanca para
que le sirviera precisamente como oficial y vicario general. Hijo natural de un clérigo, no podía
ciertamente alardear de una ascendencia familiar de la que pudiera presumir. Constancio
Gutiérrez, en las notas que ilustran la biografía que contiene el manuscrito que editara,
demuestra que su lugar de nacimiento fue la Puebla de Alcocer, de la diócesis toledana, hoy en
la provincia de Badajoz, y muestra cómo en su testamento, además de declararse obligado a la
memoria de Francisco Hernández de Valdivieso, cura que había sido de la villa, se expresa con
unas palabras que dan pie a sospechar que existiese con este clérigo una relación que iba más
allá que la de una mera protección. Se entiende que reconociera que le debía todo, después de
Dios, “aliende del deudo muy propinquo” que le tenía, y que había sido quien le había pagado
los estudios y los grados obtenidos en la Universidad salmantina
28
. Fernández Temiño ya era
licenciado en cánones y regente de la cátedra de Código, cuando el obispo de Oviedo, Diego
de Muros, lo escogió para que integrara el primer contingente de colegiales del Colegio de San
Salvador, pronto conocido como de Oviedo, que fundó en 1524
29
, donde residiría apenas unos
meses porque, como se ha adelantado, el arzobispo lo reclutó para ponerlo a su servicio en
Sevilla. El proceso por el que se hizo con la canonjía no fue sencillo y constituye un ejemplo
26
Antonio del Corro llegó a asistir unas semanas antes de morir a las oposiciones de la canonjía
magistral sevillana que obtuvo Constantino, cf. José Antonio OLLERO PINA, “Clérigos, universitarios
y herejes. La Universidad de Sevilla y la formación académica del cabildo eclesiástico”, en Luis E.
RODRÍGUEZ-SAN PEDRO BEZARES – Juan Luis POLO RODRÍGUEZ (eds.), Universidades Hispánicas.
Modelos territoriales en la Edad Moderna (I) Miscelánea Alfonso IX, Salamanca, Universidad de
Salamanca, 2006, 107-195.
27
Un traslado de su testamento, Sevilla, 1 de agosto de 1553, en AHPSPN, lib. 12624, ff. 1.291-1.334.
Ya recogió gran parte del mismo, M. ESCAGEDÓN SALMÓN, Solares montañeses, tomo IV,
Torrelavega, Artes Gráficas Fernández, 1930, 220-222. Desde otra fuente lo edita completo, cf.
Tomás LÓPEZ MUÑOZ, La Reforma en la Sevilla del siglo XVI (Corpus Documental), doc. 280, 475-
491, y sus dos codicilos, 28 y 29 de julio de 1556, 491-501.
28
Cf. Constancio GUTIÉRREZ SJ, “Dominus Joannes Fernández Temiño († 9 nov. 1556) / Don Juan
Fernández Temiño († 9 nov. 1556)”, Españoles en Trento, Valladolid, CSIC, 1951, 612 (612-616).
29
A esto añade C. Gutiérrez que regentaba la cátedra en el curso 1523-1524 (cf. GUTIÉRREZ SJ,
“Dominus Joannes Fernández Temiño”, 612-614). También como colegial de Oviedo, Ana María
CARABIAS TORRES, “Catálogo de Colegiales del Colegio Mayor de Oviedo (Siglo XVI)”, Studia
Historica Moderna 3 (1985) 67 (63-105). El 24 de septiembre de 1523, en Sevilla, el bachiller
Rodrigo de Soria, que se decía vecino de Huelva, apoderó al licenciado Temiño, catedrático de la
Universidad de Salamanca, para que cobrase en su nombre cualquier dinero que se le debiese,
especialmente del mercader Diego Sánchez, AHPSPN, leg. 2243, f. 2.174.
10
de la capacidad que tenían los prelados para imponer sus candidatos en una prebenda
catedralicia y de la resistencia que podían ofrecer los cabildos.
El 23 de octubre de 1525, dos días después del fallecimiento de Alonso de Porras,
arcediano de Niebla y anterior poseedor del canonicato, el provisor de Manrique, el licenciado
García Ibáñez de Mondragón, que era también canónigo de Sevilla
30
, se dirigió al cabildo in
sacris para, en nombre de su señor, ofrecerle que se decidiera para ocupar la vacante entre
Sebastián Ponce y el licenciado Juan Fernández Temiño. Que ambos fueran familiares del
arzobispo, el primero como secretario y el segundo como su oficial y vicario general, explica
que se le hiciera una oferta tan anómala porque no era costumbre de los prelados que dejaran
en manos de los prebendados la selección del candidato. De todas formas, la respuesta fue
negativa. Los canónigos in sacris, que eran quienes constituían ese tipo de cabildos, dijeron que
no admitirían a ninguna persona que se les presentara a la colación y posesión de la canonjía
31
.
La oposición corporativa tuvo un éxito relativo porque hubo que esperar hasta principios de
noviembre para que Ibáñez de Mondragón volviera a hacer acto de presencia ante el cabildo
llevando una carta de Manrique. Gracias a ella sabemos que el empeño del arzobispo se había
reducido a que se aceptara como canónigo a su secretario y que el cabildo había alegado que
no había cedido porque había regresado a la canonjía. Ahora el prelado le escribía afirmando
que los regresos estaban revocados y asegurando que poseía la alternativa otorgada por el Papa,
el privilegio pontificio que le facultaba para intervenir en los nombramientos de las prebendas
en determinados meses que quedaran vacantes.
Como prometía la misma carta, el provisor, escudándose en que la canonjía había
vacado en octubre, mes comprendido en la alternativa, habló para nombrar en virtud del poder
que tenía para ello a Sebastián Ponce. La conclusión parecía inmediata. Sin embargo, los
canónigos in sacris se las arreglaron para postergarla respondiendo que, como la llegada del
arzobispo estaba próxima, “que será bien que venga e saber de Su Sª Rma. por entero su
voluntad” y que, cuando la supieran, harían lo que estuvieren obligados
32
. Además, las cosas
se complicaron cuando el 17 de noviembre el medio racionero Diego López de Cortegana,
procurador del arzobispo de Bari y obispo de Jaén, Esteban Gabriel Merino
33
, presentó en su
30
García Ibáñez de Mondragón, o Báñez de Mondragon, como aparece escrito algunas veces, había
sido canónigo de Santiago de Compostela antes de que Manrique lo llevara a Sevilla para que fuera
su provisor. Había tomado posesión de un canonicato por provisión y colación simultánea, es decir,
por designación conjunta del arzobispo y el cabildo, el 23 de mayo de 1524, ACS, FC, I. Secretaría,
lib. 07053, ff. 360v-361. Esta fecha es sólo diez meses después de que el canónigo Pedro Pinelo
tomara posesión de la sede en nombre de don Alonso Manrique, cf. ORTIZ DE ZÚÑIGA, Anales
eclesiásticos, III, 334. Lo cita como canónigo de Santiago de 1501 a 1524, donde la parentela de su
apellido formaba una auténtica saga en la posesión de prebendas, cf. Arturo IGLESIAS ORTEGA, La
catedral de Santiago de Compostela y sus capitulares: funcionamiento y sociología de un cabildo en
el siglo XVI, Universidad de Santiago de Compostela, Tesis doctoral, 2010, 514. Hay edición con el
mismo título de La Coruña, Diputación Provincial de A Coruña, 2012.
31
ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07059, ff. 90v-91.
32
Cabildos de 13 y 14 de noviembre de 1525, ib., ff.88v-89v. De la venida del emperador a Sevilla,
que traía consigo la del arzobispo, se estuvo hablando en cabildo por lo menos desde el 23 de octubre,
ib., f. 77rv.
33
No es necesario encarecer la importancia excepcional de Esteban Gabriel Merino (1462-1535) en la
política pontificia e imperial del primer tercio del siglo XVI. Voraz consumidor de beneficios
eclesiásticos, entre otros procuró coleccionar también algunas prebendas de la catedral de Sevilla.
Remito a dos buenas síntesis biográficas entre una amplia bibliografía sobre el personaje, cf. José
GOÑI GAZTAMBIDE, “MERINO, Esteban Gabriel», en Diccionario de Historia Eclesiástica de
España. Suplemento, 1975, 483-489; Santiago FERNÁNDEZ CONTI, “MERINO, Esteban Gabriel”, en
José MARTÍNEZ MILLÁN (dir.) – Carlos Javier de CARLOS MORALES (coord.), La corte de Carlos V.
11
nombre ante el cabildo una bula del legado de Clemente VII ante el emperador, el cardenal
Giovanni Salviati, fechada el primer día del mes en Toledo y el proceso fulminado sobre ella
por el provisor, que le otorgaba la misma canonjía
34
. Se trataba de un poderoso adversario al
que veremos enseguida concurrir con Pedro de Corral, que es como debe llamarse, por otro
canonicato, pero el cabildo prefirió posponer la respuesta. Al día siguiente, el mismo García
Ibáñez de Mondragón volvió a presentarse ante los canónigos in sacris con una nueva carta del
arzobispo y ratificaba la presentación de los dos que se les había ofrecido y les rogaba que le
obedeciesen. Esta vez sí fue la definitiva. El 21 el provisor y el cabildo hicieron la provisión y
colación simultánea de la canonjía en el licenciado Juan Fernández Temiño, quien tomó la
posesión
35
. Inmediatamente después se respondía al procurador de Esteban Gabriel Merino que
la prebenda ya estaba en manos de su nuevo ocupante y a él le daban por su competidor
36
. Con
esta respuesta, el cabildo, como en tantas otras ocasiones similares, se inhibía de la cuestión y
remitía el futuro litigio a la curia papal. Se entiende así que se encomendara justamente al
licenciado Antonio del Corro para que escribiera a su procurador en Roma, García de
Gibraleón, sobre el asunto de esta canonjía
37
.
Si hubo pleito, debió resolverse a favor de Juan Fernández Temiño porque mantuvo la
canonjía y siguió sirviendo a don Alonso Manrique como su oficial y vicario general y, después
del fallecimiento, el 5 de diciembre de 1528, de García Ibáñez de Mondragón, como su
provisor
38
. Éste ya de por sí era inquisidor
39
, mientras que para él sería en el servicio de ambos
oficios donde adquiriría, como representante del ordinario, esto es, de la autoridad episcopal,
experiencia en los procesos inquisitoriales, siempre al lado del canónigo magistral, o a la
inversa, que es lo que ocurriría con el proceso y la votación de la sentencia de Juan de Ávila
40
.
Su presencia, por tanto, como miembro del tribunal que concluyó la causa se justifica por su
Segunda parte, Los consejos y los consejeros de Carlos V, Madrid, Sociedad Estatal para la
Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000, 283-284.
34
ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07059, f. 93rv. Salviati había sido nombrado legado el 5 de mayo de 1525
y en octubre estaba en Toledo. Permanecería en España, acompañando los movimientos de la corte,
hasta su regreso a Roma en julio del año siguiente, cf. Ricardo de HINOJOSA, Los despachos de la
diplomacia pontificia en España. Memoria de una misión oficial en el Archivo Secreto de la Santa
Sede, Madrid, Imp. De la Fuente, 1896, 58-59. Pero también sobre la legación, cf. Pierre HURTUBISE,
Une famille-témoin: les Salviati, Cittá del Vaticano, Biblioteca Apostolica, 1985, 170-177. Él fue
quien trajo la dispensa pontificia para el matrimonio de Carlos con Isabel de Portugal y quien lo
bendijo el 11 de marzo de 1526 en el Alcázar sevillano.
35
ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07059, ff. 91v, 91v-93. Sebastián Ponce no llegaría a ocupar hasta 1529.
36
ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07059, ff. 93v-94.
37
5 de diciembre de 1525, ib., f. 98. El 30 del mismo mes el cabildo le daba horas para que acudiera a
la Chancillería de Granada, pero desconocemos si se le reclamaba por una cuestión que competiera
a la prebenda, ib., f. 105rv,
38
Libro de entrada de prebendados, ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07433, f. 16. El servicio de estos
oficios presenta problemas de interpretación que aquí no vamos a analizar. Al igual que Ibáñez de
Mondragón aparece en ocasiones como provisor, oficial y vicario general, cuando este último oficio
lo tenía Fernández Temiño, éste figura como provisor antes de la muerte del primero. Lo que es
seguro es que le sucede en el provisorato.
39
Lo era desde que fuese nombrado el 29 de diciembre de 1523, cf. Juan GIL, Los conversos, II, 226.
El 24 de septiembre de 1526 el cabildo le dio horas hasta año nuevo por inquisidor, ACS, FC, I.
Secretaría, lib. 07059, f. 163v.
40
El 2 de mayo de 1526 el cabildo le daba horas para que fuese con el maestro Navarro, el canónigo
magistral, para que viera los procesos en el castillo de Triana, ib., f. 133. Es de suponer que así se
haría en los años siguientes. El 12 de noviembre de 1529, siendo ya provisor, se le dieron horas con
el canónigo magistral, el doctor Sancho de Carranza, para lo mismo, ACS, FC, I. Secretaría, lib.
07060, f. 82.
12
oficio eclesiástico. No se ha localizado el nombramiento de Fernández Temiño como
inquisidor. Sin embargo, en el Missale diuinorum secundum consuetudinem sancte ecclesie
hispalen[sis], impreso por Juan Varela de Salamanca en Sevilla, que se fecha el 5 de febrero
de 1534, ordenado por Manrique y del que fue el editor, su nombre es acompañado por la
relación de su cualificación profesional. En el colofón del libro se le titula canónigo, inquisidor
y provisor, mientras que en el proemio el orden de los cargos está invertido y se añade en
segundo lugar el de prior (provisor, prior, canónigo, inquisidor), quizás porque fuera
incorporado un año después por la razón que se deduce a continuación
41
. Esta tarea formaba
parte de sus obligaciones como provisor. Después el licenciado Juan Fernández Temiño
proseguiría su carrera. En 1535 accedió, sin abandonar el canonicato y manteniéndose siempre
como provisor, también por provisión simultánea, al priorato de la iglesia de Sevilla y con ello
vería incrementados notablemente sus ingresos
42
. Pero quizás tenga mayor interés que
continuara siendo después de la muerte de Alonso Manrique provisor con el cardenal don
García de Loaysa
43
. Como ocurre con los que fueron sus compañeros en aquella junta de
asesores, queda fuera de nuestro interés ahora demorarnos en su carrera después de 1533, pero
no está de más para ubicar mejor su personalidad recordar que fue él quien tomó la posesión de
la silla en nombre de Fernando de Valdés en Sevilla el 29 de septiembre de 1546, cuando ya
había sido provisto con el obispado de León y a solo dos semanas de que se hallara en esa
ciudad como su prelado
44
. Es de suponer que Fernández Temiño se desenvolvió en los más de
veinte años que estuvo en Sevilla con ese mismo carácter fuerte que demostraría en su
enfrentamiento con su cabildo leonés en 1553-1554 después de su regreso de Trento
45
.
Aunque no mencionó a los dos arzobispos a los que había servido con tanto celo, no
pocas cosas de esa etapa sevillana de su vida afloraron en el testamento que hizo en Tolosa en
41
Manejo el ejemplar de la BCC, 17-3-3. Atribuimos la fecha de la edición porque es la que figura en
el colofón ad instantiam, f. CCLXXIv. En la edición de 1537, con el mismo título, consta que se
imprime por mandato del licenciado Juan Fernández Temiño, provisor, prior, canónigo de Sevilla,
provisor del arzobispado e inquisidor en el colofón, 25 de julio de 1537, Biblioteca Capitular y
Colombina (BCC), 17-3-15. González Novalín, que manejó un ejemplar de la Biblioteca Vaticana,
recoge un título diferente: Missale secundum ordine almae ecclesiae hispalensis ad laudem et
honorem sanctissime Trinitatis. Lo juzga como un misal “muy depurado, excesivamente sobrio para
aquel tiempo” y lo calificaba de obra de humanista. Cf. José Luis GONZÁLEZ NOVALÍN, El inquisidor
general Fernando de Valdés (1483-1568). Su vida y su obra, I, Oviedo, Universidad de Oviedo,
1968, 176.
42
19 y 21 de junio de 1535, ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07062, ff. 93v-94, 95v-96.
43
La bula de provisión del arzobispado en García de Loaysa fue de 21 de mayo de 1539 y tomaría
posesión de la sede en su nombre su sobrino Cristóbal de Loaysa, deán de Sigüenza, el 11 de julio
del mismo año, ib., lib. 07064, ff. 178-179. En este acto el citado procurador mostró todo el aparato
de bulas que portaba, entre ellas la de provisión. Para ésta véase también, EUBEL, Hierarchia
Catholica, III, 211.
44
El 19 de mayo de 1546 ya se le llamaba obispo de León y prior como miembro de una comisión de
prebendados diputada por el cabildo para elegir los fieles del pan de ese año, ACS, FC, I. Secretaría,
lib. 07066, f. 78. Pero la bula de provisión del episcopado es de 19 de julio, según EUBEL, Hierarchia
Catholica, III, 221. Siguiendo a Risco (España Sagrada), C. GUTIÉRREZ (Españoles en Trento, 614)
hace referencia a que el 10 de septiembre de 1546 tomó posesión de la silla de Sevilla en nombre de
Fernando de Valdés, pero fue el 29 de septiembre y se titulaba obispo de León, ACS, FC, I.
Secretaría, lib, 07066, 95. De aquí también, José Luis GONZÁLEZ NOVALÍN, El inquisidor general
Fernando de Valdés (1483-1568). Su vida y su obra, I, 167, con la salvedad de que Fernando de
Valdés no le envió a Sevilla para que tomara posesión, sino que ya estaba allí. Para este autor,
Fernández Temiño era amigo de Valdés (ib., 213).
45
Cf. Constancio GUTIÉRREZ, SJ, Trento, un problema: la última convocación del Concilio (1552-
1562). Vol. I: Estudio, Madrid, Universidad Pontificia Comillas, 1995, 37-42.
13
1551 yendo de camino al concilio
46
. Tampoco se puede decir que los 200 ducados que
Fernández Temiño dejó a la iglesia de Sevilla porque en ella había sido beneficiado fuese un
gran legado. Más cuidadoso y generoso estuvo con las amistades que había adquirido en su
tribunal del Santo Oficio. A una hija de Juan de Alcocer, secretario que había sido de la
Inquisición sevillana, ya difunto cuando testaba, le rebajó los 500 ducados que le tenía
prometido como dote para entrar en religión a 300, pero a cambio destinó, para paliar su
pobreza, los 200 ducados sobrantes a una hermana doncella y a un hermano menor de la misma
más otros 600 ducados que debían comprarse en renta para ayudarles a que se sustentasen. La
inversión de este dinero la encomendó a Bartolomé de Vizcarra y Cebrián de Caritate y, si éstos
no estuvieran en condiciones de cumplir con el encargo, pidió a los inquisidores de Sevilla,
Antonio del Corro y Pedro Díaz, que los sustituyeran. Al nuncio de la Inquisición sevillana, un
tal Juan Delgado, un empleado menor, le legó cien ducados porque era pobre.
Sería exagerado decir que estas menciones abarcasen el mundo completo de las
amistades y relaciones que Juan Fernández Temiño dejó en la ciudad del Guadalquivir, pero es
innegable que los que figuran formaban su círculo más cercano. A ellos se deben agregar
algunos de sus albaceas, como los licenciados Beltrán de Galarza y Otalora, ambos consejeros
de Castilla
47
, y a Pedro de Corral, arcediano de Niebla, que no de Écija, como se transcribió
erróneamente en el testamento, y canónigo de Sevilla, y el citado Bartolomé de Vizcarra. La
relación con este último se habría cultivado en el entorno de la Inquisición. Al igual que él debía
su llegada a Sevilla a don Alonso Manrique, Vizcarra debió su oficio de alcaide de las cárceles
secretas del castillo de Triana, que ejercía también desde 1524, al mismo arzobispo
48
.
Fernández Temiño reconoció en su testamento que todo aquello “que un amigo puede deber a
otro çierto yo se lo debo” y esta declaración de amistad se justificaba por su ocupación en el
edificio del monasterio femenino que había ayudado a fundar en la Puebla de Alcocer y el
cuidado que había demostrado por su hacienda. Además, de él había recibido préstamos muchas
veces y, aunque habían cerrado cuentas en 1550, creía que aún le adeudaba más de mil ducados.
Tanta confianza tenía de su persona, que dictaba que se le creyese en todo lo que dijese y
concluía que “todo lo que él se a ocupado en mis negoçios no se le podré yo pagar”, para legarle
después cien ducados para que los diese en limosna o emplease en lo que quisiere, pidiendo su
perdón por tan poca cosa porque “sé que no tenía él atençión a cosa de ynterés que por mí él no
lo abía de haçer”
49
. El obispo de León sabía que la disponibilidad económica de Bartolomé de
Vizcarra no procedía de los ingresos de su oficio, sino de su actividad en el negocio indiano
46
Del ejemplar del testamento conservado en la catedral de León, Tolosa, 30 de marzo de 1551, toma
noticias Constancio Gutiérrez. Utilizamos aquí un traslado, Béjar, 10 de septiembre de 1625, Archivo
Histórico de la Nobleza (AHNOB), Osuna, C. 400, D. 53, accesible en PARES, que es por donde
citamos.
47
Beltrán de Galarza, que ingresó en el Colegio de San Bartolomé en 1528, sería más joven que él,
pero el conocimiento personal pudo venir de los años universitarios en Salamanca. Galarza también
fue catedrático de Código, aunque entre 1531-1534. Sobre este consejero, cf. Ignacio Javier
EZQUERRA REVILLA – Henar PIZARRO LLORENTE, “GALARZA, Beltrán [López] de”, en José
MARTÍNEZ MILLÁN (dir.) – Carlos Javier de CARLOS MORALES (coord.), La corte de Carlos V.
Segunda parte, Los consejos y los consejeros de Carlos V, Madrid, Sociedad Estatal para la
Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000, 142-147.
48
Nombrado para el cargo el 28 de julio de 1523, en él estuvo hasta el 28 de enero de 1553 en que fue
sustituido por Francisco de Naveda de Alumano, cf. GARCÍA DE YÉBENES Y PROUS, El Santo Oficio
de la Inquisición de Sevilla. Burocracia y Hacienda, 1002, 1008.
49
Del ejemplar del testamento citado, f. 23.
14
como mercader, aunque no alcanzara la importancia que llegó a tener Cebrián de Caritate en la
comunidad mercantil, con quien también parece que guardaba amistad
50
.
Pero mayor interés posee para nosotros que hiciesen acto de presencia en su testamento
los nombres de algunos de los que le acompañaron en la junta que votó la sentencia de Juan de
Ávila. De Antonio del Corro ya hemos hablado. Pedro Díaz no estuvo porque todavía no era
inquisidor de Sevilla, destino para el que fue nombrado en 1534. En el tribunal volvería
Fernández Temiño a coincidir con él porque los dos también habían sido colegiales de Oviedo
al mismo tiempo
51
. Más adelante nos centraremos en el licenciado Otalora; ahora vayamos al
licenciado Pedro de Corral, canónigo de Sevilla, prebenda que no tenía cuando llegó a la ciudad
después de que fuera nombrado inquisidor el 27 de febrero de 1529
52
. Una vez más cabe
suponer que el puesto no lo hubiera conseguido sin la intervención de don Alonso Manrique,
quien tal vez contara con referencias de su persona de los años en que fue obispo de Córdoba
(1516-1523). Además, si no a la par, no pasarían muchos meses sin que lo situara en su curia
para que le sirviera como su juez y vicario general ocupando el lugar que había dejado vacío
Fernández Temiño tras su paso al provisorato
53
. Pedro de Corral era natural de Almorox, un
pueblo de la diócesis de Toledo de donde procedía su familia, según él mismo atestigua en su
testamento, pero la ciudad con la que se identificaba era Córdoba. En su catedral sus parientes
más cercanos, tíos y sobrinos, constituyeron una saga que llegaría a monopolizar la tesorería
durante un siglo desde que, siendo canónigo, Juan Álvarez de Almorox hacia 1503 accediera a
la dignidad en la que le sucedería, además de en la canonjía, un sobrino, Antonio de Corral,
hermano de Pedro, quien, a su vez, después de su muerte, sería reemplazado por dos de sus
sobrinos, hermanos entre sí, primero, por su homónimo Antonio de Corral y, después, por
50
Como es fácilmente comprobable, Cebrián de Caritate debió tener una cierta prelación entre los
mercaderes de Sevilla del segundo cuarto del siglo XVI que comerciaban con Indias porque
encabezaba y tomaba su representación en algunos de los memoriales que confeccionaron como
universidad o comunidad. Su nombre se encuentra con frecuencia en los estudios sobre el comercio
indiano en el siglo XVI. Baste recordar que fue quien “en nonbre de los mercaderes de todas las
naçiones que residen en la dicha çibdad de Seuilla” aparece como peticionario en la real provisión
de la fundación del Consulado de Sevilla, Valladolid, 23 de agosto de 1543, cf. José Joaquín REAL
DÍAZ, “El Consulado de cargadores a Indias: Su documento fundacional”, Archivo Hispalense 147-
158 (1968) 279-292. Sitúa al personaje en el contexto de los demás mercaderes, Antonia HEREDIA
HERRERA, “El Consulado de mercaderes de Sevilla, una institución «retrasada» del descubrimiento”,
en Congreso de Historia del Descubrimiento (1492-1556), IV, Madrid, Real Academia de la
Historia, 1992, 40-41 (35-51). Ya en este trabajo se vislumbra su papel en la trata, donde lo ubican
Manuel FERNÁNDEZ CHAVES – Rafael PÉREZ GARCÍA, “La élite mercantil judeoconversa andaluza
y la articulación de la trata negrera hacia las Indias de Castilla, ca. 1518-1560”, Hispania LXXVI/253
(2016) 407-408 (385-414) (https://doi.org/10.3989/hispania.2016.012).
51
Pedro Díaz, o Díaz de la Plaza, ingresó en el colegio mayor de Oviedo, elegido por el fundador, el
21 de agosto de 1524, cf. CARABIAS TORRES, “Catálogo de Colegiales del Colegio Mayor de Oviedo
(Siglo XVI)”, 69. Su nombramiento como inquisidor para el tribunal de Sevilla fue el 27 de marzo de
1534, donde estuvo hasta 1548, según GARCÍA DE YÉBENES Y PROUS, El Santo Oficio de la
Inquisición de Sevilla. Burocracia y Hacienda, 837-838; Juan GIL (Los conversos, II, 227-228), no
obstante, fecha su fallecimiento en Sevilla en 1551, siendo precisamente Bartolomé de Vizcarra
quien subastó en almoneda sus bienes.
52
Cf. GARCÍA DE YÉBENES Y PROUS, El Santo Oficio de la Inquisición de Sevilla. Burocracia y
Hacienda, 835-836; GIL, Los conversos, II, 227.
53
A los dos, cada uno con sus oficios, vicario general y provisor de Sevilla, se dirigía una cédula real
ordenándoles que admitiesen una apelación interpuesta con Francisco de Barrionuevo, un vecino del
Puerto de la Plata, en pleito con el obispo de la isla de San Juan por una cuestión de diezmos, Madrid,
26 de septiembre de 1530, Archivo General de Indias (AGI), Indiferente, 1952, lib. 1, f. 148rv.
15
Jerónimo de Corral
54
. De este último, no obstante, lo notable no es tanto que fuera, como lo
había sido su hermano y su tío, tesorero y canónigo de la iglesia de Córdoba, como que
recorriera una carrera de letrado que culminaría con el Consejo de Castilla y con la presidencia
de la Chancillería de Valladolid, plaza que estaba ocupando cuando murió en Medina del
Campo en 1602
55
. Pero ni con mucho se agotó en él la progresión social de una familia que,
como han explicado Antonio Díaz Rodríguez y Enrique Soria Mesa, en el plazo de tres
generaciones encontró sitio en la oligarquía municipal cordobesa, se incrustó en la nobleza y
logró que algunos de sus miembros llegaran hasta las plazas más apreciadas de la
administración de la Monarquía.
Claro es que, aunque Pedro de Corral no podía vislumbrar todo lo que reservaba el
futuro a su parentela, sí fue consciente de cuánto contribuyó a cimentar las bases de su
prosperidad material. Gracias a su condición de capellán y cantor de la capilla real aragonesa
de Fernando el Católico desde 1482, Juan Álvarez de Almorox fue siendo agraciado con la serie
de beneficios y prebendas, de las que consolidó en su poder la canonjía y tesorería de Córdoba,
como mínimo, que le convirtieron en un eclesiástico de ingresos saneados
56
. Aunque no se haya
54
Para estos individuos como prebendados en Córdoba y su presencia en el cabildo catedralicio, cf.
Antonio J. DÍAZ RODRÍGUEZ, El clero catedralicio en la España moderna: los miembros del cabildo
de la catedral de Córdoba (1475-1808), Murcia, Universidad de Murcia, 2012, 301-302, passim; y
Antonio J. DÍAZ RODRÍGUEZ, “Diccionario biográfico de la catedral de Córdoba (I): los miembros
del cabildo en la época moderna” Historia y Genealogía 5 (2015) 180, 211-212 (175-232)
(https://doi.org/10.21071/hyg.v0i5.437). Como grupo familiar también, cf. Enrique SORIA MESA, El
cambio inmóvil. Transformaciones y permanencias en una élite de poder (Córdoba, siglos XVI-XIX),
Córdoba, Ayuntamiento de Córdoba, 2000, 95-96.
55
Para su carrera, cf. Ignacio Javier EZQUERRA REVILLA, “CORRAL, Jerónimo de”, en José MARTÍNEZ
MILLÁN – Carlos J. de CARLOS MORALES (dir.), Felipe II (1527-1598). La configuración de la
Monarquía Hispana, Salamanca, Junta de Castilla y León, 1998, 352-353. Como presidente de la
Chancillería de Valladolid (1597-1602), cf. María de la Soterraña MARTÍN POSTIGO, Los presidentes
de la Real Chancillería de Valladolid, Valladolid, Institución Simancas, 1982, 55-57, 163-164.
56
Su nombre, como miembro de la Capilla Real de los Reyes Católicos y compositor presente en el
Cancionero de Palacio, con datos biográficos claves, sobre todo, cf. Tess KNIGHTON, Música y
músicos en la Corte de Fernando el Católico, 1474-1516, Zaragoza, Institución Fernando el
Católico, 2002, 171-186, 322. Esta autora desconoce su introducción en el cabildo cordobés. La
última noticia que trae de él es percibiendo la nómina de la capilla aragonesa en enero-abril de 1510,
donde se le llama “el tresorer”. Knighton no da cuenta de que este apelativo respondería a su
condición de tesorero de la iglesia de Córdoba. Pero, según Kenneth Kreitner, Juan Álvarez de
Almorox, traduzco, “sirvió a Fernando desde 1482 hasta 1506 y esporádicamente después, aunque
parece que vivió, primero trabajando y después retirado, en la catedral de Segovia hasta 1551”, si
Tess Knighton —continúa— no menciona esto último es porque no tuvo acceso a la fase segoviana
de su carrera. Cf. Kenneth KREITNER, “Music for the Royal Chapels”, in Tess KNIGHTON (ed.),
Companion to Music in the Age of the Catholic Monarchs, Boston MA – Leiden, Brill, 2016, 33 (21-
59) (https://doi.org/10.1163/9789004329324_003). Cf. antes Kenneth KREITNER, “Spain Discovers
the Mass”, Journal of the Royal Musical Association, 139/2 (2014) 280 (261-302)
(https://doi.org/10.1080/02690403.2014.944783). Kreitner se basa para colocarlo en Segovia,
llamándose Juan de Almorox, como cantor y maestro de capilla, con noticias documentales desde 25
de septiembre de 1504, siendo recibido como maestro de capilla desde el 1 de octubre de ese año, a
21 de noviembre de 1551, en que el cabildo segoviano trata sobre los gastos de su enterramiento, en
José LÓPEZ CALO, Documentario musical de la Catedral de Segovia. I. Actas capitulares, Santiago
de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 1990, referencias docs. 67, 68, 70, 81, 83,
84, 88, 90, 119, 138, 169, 273, 304, 324, 396, 397, 399, 404-406, y en doc. 7 del apéndice, pp. 430-
431. Para la serie de sus beneficios eclesiásticos las páginas citadas de Antonio J. DÍAZ RODRÍGUEZ,
que lo da como fallecido en Córdoba en 1518, cf. “Diccionario biográfico de la catedral de Córdoba
16
aludido a ello, es posible que su sobrino, Antonio de Corral, le debiera su entrada en la corte.
Ya Hazañas dio cuenta de que él sería el Corral, “lindo tiple”, que, siendo muchacho, cantaba
con otros y bajo la dirección de Juan de Anchieta para el príncipe don Juan que mencionaba
Gonzalo Fernández de Oviedo
57
. Los musicólogos han repetido esta cita, si bien sin reconocer
que tal vez fuera Joaquín Hazañas quien primero lo relacionara con Antonio de Corral. Para su
biografía en la capilla del príncipe y después en las de la reina Isabel y el rey Fernando hay que
remitirse a Tess Knighton. La historiadora y musicóloga británica lo presenta como ejemplo de
cantor al servicio real que fue recibiendo sucesivamente los beneficios eclesiásticos de los que
los reyes podían disponer para sus cantores y capellanes en virtud de los indultos pontificios
que les habían sido concedidos desde Sixto IV
58
. Por recordar algunos, entre ellos se cuenta la
capellanía mayor del monasterio de Santo Domingo de Madrid que en 1505 le resignara Juan
Álvarez de Almorox, en una transacción que no debió de ser ajena al hecho, que Knighton
ignoraba, de que éste era su tío. Por fin, la misma autora documenta que, aunque Antonio de
Corral no logró que fructificara la provisión de sendas canonjías en Córdoba y Valencia para
las que tenía la presentación real, todavía el rey, antes de morir, le agració con el priorato de El
Puerto de Santa María y demuestra, además, que la protección regia se extendió a los primeros
años del reinado del emperador
59
.
Pero a su relación hay que sumar los canonicatos de la catedral Sevilla que, aunque por
poco tiempo, llegó a poseer. Para alcanzarlos la intervención real fue también decisiva y el
procedimiento de presentación parece modélico de este tipo de situaciones. El 8 de mayo de
1514, Juan Ruiz compareció ante el cabildo con un poder de Antonio de Corral escriturado
poco más de dos años antes en Burgos y con el nombramiento que el rey hacía de su capellán
y cantor para la primera canonjía que vacase en la iglesia de Sevilla, asimismo fechado en la
ciudad castellana en abril de 1513, junto con el proceso fulminado sobre él por el obispo de
Palencia, don Juan Rodríguez de Fonseca, y sobre el indulto otorgado por Julio II de 7 de marzo
de 1508. El procurador, que no era más que un broslador, vecino de Sevilla, hacía demostración
entonces de todo este aparato documental para pedir la canonjía que había dejado vacante con
su fallecimiento Lope Rodríguez de Madrigal. Por si no fuera bastante, en el mismo acto
compareció el Asistente de la ciudad, don Juan de Silva de Ribera, que traía una cédula del rey.
Datada en Valladolid, el 4 de junio de 1513, en ella el monarca, atendiendo a su solicitud, daba
a Antonio de Corral su amparo frente a cualquier opositor que surgiera a que tomara posesión
de la prebenda que se le había concedido
60
. Los capitulares obedecieron de inmediato y
prometieron que cumplirían todo lo que en derecho debiesen, pero su respuesta no evitó que se
presentaran ante ellos dos procuradores que enarbolaron sus bulas exigiendo la posesión de la
canonjía. Uno de ellos, además, el medio racionero Fernán Ruiz de Hojeda, lo hizo en nombre
(I): los miembros del cabildo en la época moderna”, 180. Cabe deducir que el Juan de Almorox de
Segovia y el Juan Álvarez de Almorox de Córdoba serían dos personas distintas.
57
La mención, en efecto, en el Libro de la cámara real del príncipe Don Juan e offiçios de su casa e
seruiçio ordinario, Madrid, Imp. viuda e hijos de Galiano, 1870, 182-183, cf. HAZAÑAS, Maese
Rodrigo, 330.
58
Sobre este sistema de recompensa real, los nombramientos en diversos beneficios eclesiásticos
facultados a los reyes por los indultos pontificios, cf. KNIGHTON, Música y músicos en la Corte de
Fernando el Católico, 1474-1516, 79-86.
59
Cf. KNIGHTON, Música y músicos en la Corte de Fernando el Católico, 1474-1516, 86, 88. Y los
documentos que edita referentes a sus beneficios eclesiásticos que van de 1505 a c. 1529, 303 (D34),
307 (D41), 308 (D 43), 314 (D 56), 316-316 (D57). Sin embargo, Antonio DÍAZ RODRÍGUEZ lo sitúa
en un primer periodo como canónigo de Córdoba de 25 de agosto de 1512 a 17 de junio de 1516, cf.
“Diccionario biográfico de la catedral de Córdoba (I): los miembros del cabildo en la época
moderna”, 211.
60
ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07056, ff. 92-93.
17
del cardenal Jaume Serra
61
. No obstante, el cabildo se mostró fiel a la voluntad que había
expresado y Juan Ruiz tomó posesión de la canonjía en nombre de Antonio de Corral
62
.
Aparentemente, el negocio se había resuelto a su favor y podría a partir de ese momento
disfrutar de los frutos y rentas de una prebenda que no tenía intención de residir, pero no
ocurriría de ese modo tan placentero porque pronto se iban a poner de manifiesto las
limitaciones de las facultades reales. El bordador Juan Ruiz, que seguía siendo su procurador,
tuvo que presentar en el último mes del año ante el cabildo una inhibición del mismo Juan
Rodríguez de Fonseca, que ya era obispo de Burgos, en su calidad de juez apostólico del indulto
sobre la canonjía que poseía Antonio de Corral
63
. Los prebendados respondieron de la manera
que siempre lo hacían cuando recibían conminaciones que ponían en riesgo su estado jurídico.
Esto es, se mostraron dispuestos a cumplir aquello en que estuviesen obligados y,
precavidamente, apelaron de los posibles perjuicios con que les amenazaba la inhibitoria
apelando ante el papa y la sede apostólica, apelación que el procurador del cabildo interpondría
ante el provisor
64
.
La ambigüedad de la respuesta se compadecía con lo que sabrían que iba a ocurrir
porque, unos días después, un tal Luis de Vargas hacía acto de presencia en cabildo con un
breve emitido en Roma el 28 de octubre de ese mismo año que otorgaba un beneficio en Alcalá
del Río y la misma canonjía a Cristóbal de los Ríos. Este clérigo sevillano, cubiculario y
continuo comensal de León X, no era un desconocido para los prebendados. En diciembre de
1507, también sin moverse de la capital pontificia, su padre, valiéndose de la bula que portaba,
había tomado posesión de una canonjía en su nombre
65
, pero no había pasado un año y medio
cuando la perdió en beneficio de un tercero después de que se hubiera sostenido un pleito entre
ambos
66
. Ahora, cuando terminaba 1514, se le daba la canonjía que parecía destinada a Antonio
de Corral
67
, quien pudo consolarse unos meses después, en abril de 1515, porque, sirviéndose
también del indulto real que había utilizado anteriormente, logró que se le diese posesión de
otra canonjía recientemente vacada por el fallecimiento de Juan de Medina, el viejo
68
. Tampoco
la residiría ni la disfrutaría más que unos meses pues el cabildo tuvo que admitir en la prebenda
al sobrino homónimo de éste, apenas un niño, que venía provisto con un juego de letras
pontificias que resultaba imbatible
69
.
Aunque no es imprescindible, hubiera sido útil conocer la edad que tenía entonces
Antonio de Corral. No es descabellado pensar que, si no sobrepasaba los 15 años cuando
entretenía el ocio del príncipe Juan, quizás rondara los 35 en 1515. Parece que su hermano
61
11 y 12 de mayo de 1514, ib., ff. 93rv, 94.
62
13 de mayo de 1514, ib., f. 94rv.
63
4 de diciembre de 1514, ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07054, f. 124.
64
9 de diciembre de 1514, ib., f. 125v.
65
El padre, el jurado Pedro de los Ríos, se anotó como vecino de Constantina. La presentación y la
posesión, 17 y 20 de diciembre de 1507, ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07053, f. 258rv.
66
El tercero era Diego Rodríguez de Padilla. La presentación ante el cabildo de las bulas de este clérigo
la hizo su procurador, Francisco Suárez, el 2 de mayo de 1509, que tomó posesión de la prebenda
cinco días más tarde, ib., ff. 206v, 207. El pleito terminaría con la concesión de León X, de 1 de
septiembre de 1514, de regreso del canonicato a Cristóbal de los Ríos una vez que Rodríguez de
Padilla lo dejara, cf. J. A. G. HERGENRÖTHER, Leonis X Pontificis Maximi Regesta gloriosis auspicis
Leonis D. P.P. XIII (…), Friburgo de Brisgovia, 1884, nº 11.333.
67
20 de diciembre de 1514, ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07053, ff. 126v-127.
68
Juan de Medina murió el 8 de abril de 1515, ib., lib. 07057, f. 9. El 16 se tomaba la posesión en
nombre de Antonio de Corral, ib., lib. 07056, f. 114v. HAZAÑAS (Maese Rodrigo, 288), por error, da
6 de abril.
69
La presentación y la posesión, 26 y 29 de noviembre de 1515, ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07056, ff.
69v-70; 70v-71v.
18
Pedro sería más joven, pero, además de desconocer su edad, tampoco sabemos nada de él antes
de su aparición en Sevilla en 1529, excepto que, como Fernández Temiño, había sido estudiante
en la Universidad de Salamanca y era un jurista, licenciado seguramente en cánones
70
.
Manteniéndolo como su vicario, Manrique aprovecharía una ocasión propicia para premiarle
con un canonicato, el que había dejado vacante con su muerte Juan de Sevilla. El proceso de su
nombramiento fue, en principio, el propio de las provisiones y colaciones simultáneas. El 23
de mayo de 1531 el provisor, el licenciado Juan Fernández Temiño, presentaba ante el cabildo
in sacris la provisión de la prebenda que, en virtud del indulto pontificio del que gozaba, había
hecho el arzobispo en su juez y oficial, el licenciado Pedro de Corral, y pidió que los canónigos
le diesen la posesión. Pero las cosas se complicaron. Antes, un procurador había presentado en
nombre de Esteban Gabriel Merino, al que todavía se le llamaba arzobispo de Bari, habiendo
dejado de serlo, unas bulas de regreso a la misma prebenda. Los capitulares, no obstante, al día
siguiente, se adhirieron al nombramiento que hizo el provisor en Pedro de Corral y se procedió
al ritual de la colación, la posesión y el juramento
71
. Parece que las amenazas para la
conservación de la canonjía que vinieron por la parte de Esteban Gabriel Merino desaparecieron
o quedaron en un segundo plano ante la competencia de otro aspirante, no tan poderoso, pero
también temible, el maestro Juan Montesdoca. Como estudiamos esta cuestión en otro lugar,
no vamos a detenernos ahora en ella. Sólo señalar que este clérigo curial, de origen sevillano,
por cierto, venía pretendiendo desde dos años antes la canonjía magistral cuando la
desempeñaba Sancho de Carranza Miranda, para, tras la muerte de éste, sucederle, tomando su
procurador el 14 de julio de 1531 posesión de la prebenda, que no llegaría a disfrutar porque
fallecería en Roma sin que se hubiera desplazado a Sevilla
72
.
Ésta era, por consiguiente, la situación institucional del licenciado Pedro de Corral
cuando participó en el proceso de Juan de Ávila: inquisidor, oficial, juez y vicario general de
Sevilla al servicio de su arzobispo, don Alonso Manrique, y canónigo de su cabildo catedral.
De su actividad posterior como inquisidor apenas sabemos que a fines de 1534 el cabildo le dio
las horas mientras estuviese en Llerena como tal enviado por una comisión del Inquisidor
General, es decir, del mismo arzobispo
73
. Por el contrario, naturalmente, se mantuvo como
vicario general hasta la muerte de su señor cuatro años después. El cabildo en sede vacante,
como era costumbre por lo demás con los antiguos oficiales de un prelado difunto, no le
prorrogó en el oficio, pero García de Loaysa, el nuevo arzobispo, como hizo con Juan
Fernández Temiño, lo repondría en el puesto, en el que, casi con toda seguridad, estaría hasta
el final de su pontificado
74
. No guardó, sin embargo, el mismo aprecio por los dos. En su
70
Hay un Pedro Ruiz de Corral que se bachilleró en decretos en Salamanca el 21 de agosto de 1526,
pero no se puede asegurar que se trate de la misma persona, cf. AUSA, Registros de pruebas
testificales de cursos, lecciones y grados de las diversas Facultades, 1526-1527, lib. 560, f. 71.
71
ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07061, ff. 40rv, 41-42.
72
Pese a los litigios anteriores, la provisión y colación fue por simultánea, con el nombramiento del
provisor Fernández Temiño y la anuencia del cabildo, 14 de julio de 1531, ib., f. 55. Sobre Juan de
Montesdoca, cf. HAZAÑAS, Maese Rodrigo, 368-369. Nicolás ANTONIO (Bibliotheca Hispana Nova,
I, Madrid, 1783, 745-747) ignoraba que hubiera sido canónigo magistral de Sevilla y, sobre todo,
Antonio PÉREZ MARTÍN, Proles Aegidiana. I. Introducción. Los colegiales desde 1368 a 1500,
Bolonia, Real Colegio de España, 1979, 464-466.
73
11 de noviembre de 1534, ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07062, f. 13v.
74
García de Loaysa fue provisto como arzobispo de Sevilla el 21 de mayo de 1539 y fallecería el 22
de abril de 1546, cf. EUBEL, Hierarchia Catholica, III, 211. El 11 de julio de 1539 tomó posesión
del arzobispado el doctor don Cristóbal de Loaysa, deán de Sigüenza, en nombre de su tío, de quien
sería, aunque brevemente, su primer provisor, ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07064, ff. 178-179. El
primer testimonio de Pedro de Corral como juez y vicario general de García de Loaysa que tenemos
es de 11 de marzo de 1540 y el último de 22 de junio de 1545, ib. lib. 07065, folio sin paginar entre
19
testamento, que escribió disfrutando de plena salud, con su propia mano en el verano de 1550,
Pedro de Corral recordó al “cardenal don Alonso Manrique, mi señor” para encomendar su
ánima en algunas de las centenares de misas que ordenó. También lo llamó “mi señor” en otra
de sus cláusulas, mientras que en esa misma se refería al cardenal Loaysa simplemente como
“a quien ansí mesmo yo seruí”
75
. Ciertamente, escribió el testamento y los codicilos que le
siguieron, que ahora citaremos, a una distancia considerable de su participación en el juicio de
Juan de Ávila, pero nos valdrán para reforzar nuestro conocimiento de su persona y su familia,
que constituía la parte de su vida que más le preocupaba. Dando por supuesto que moriría en
Sevilla, ordenó en su testamento que su cuerpo fuera depositado en la sepultura en la catedral
que le señalara el cabildo a la espera de que sus albaceas y sus herederos lo llevasen a la que ya
estaba preparada en la capilla principal del santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta, en
Córdoba, donde ya yacía Antonio de Corral, su hermano, el tesorero, al que llamaba siempre
“mi señor”, signo de la reverencia que le guardaba. La capilla y las capellanías formaban la
dotación funeraria fundamental que los dos habían establecido vinculando su patronazgo al
mayorazgo de un tercer hermano, Francisco de Corral
76
. Pedro dedicó varios de sus legados
sucesivamente incorporados en el mismo testamento y sus codicilos a incrementar la dotación
de esa fundación familiar con vasos litúrgicos y ropa rica de culto. Pero no olvidó el lugar
originario del linaje. En la iglesia de Almorox había fundado “el tesorero, mi señor tío”, esto
es, Juan Álvarez de Almorox, una capilla con un altar de Jesús de la columna, donde estaban
enterrados su madre y su padre, de quien había heredado nombre. Aprovechaba ahora la ocasión
para aumentar la dote de la capellanía y de las misas pro anima de sus padres y llevar a su
cumplimiento el que había decidido con su hermano Antonio para ese fin.
Cuando testaba, en agosto de 1550, Pedro de Corral, además de las del canonicato,
percibía rentas de tres beneficios, uno de Santa María de Carmona y los otros dos de las iglesias
sevillanas de San Pedro y San Juan de la Palma, además de una prestamera de la de Burguillos,
un lugar de la diócesis. En octubre tomaría posesión del arcedianato de Niebla tras una
concordia con su titular, Martín Godoy de Loaysa, un joven clérigo que era deán de Sigüenza,
que se lo había resignado con reserva de regreso, requisito que puso en vigor cuando llegó su
momento, obligándose al devengo de una sustanciosa pensión de 236 ducados anuales
77
.
Después, hasta la fecha de su tercer codicilo, el 12 de octubre de 1555, seis días antes de su
fallecimiento, las cosas de su familia fueron cambiando y, en consecuencia, fue modificando
las disposiciones testamentarias que afectaban a sus parientes, sobre todo a su hermana y a sus
hermanos y sobrinos. Tal como la dejó ordenada en el testamento, la herencia la dividió entre
ff. 17-18 y lib. 07067, ff. 223v-224. El 23 de septiembre de ese año consta como provisor, ib., f.
246v.
75
Pedro de Corral entregó el testamento, ológrafo, cerrado y sellado, a Alonso de Cazalla, escribano
público de Sevilla, ante varios testigos el 23 de agosto de 1550 en la sacristía mayor de la catedral,
AHPSPN, leg. 9176, ff. 1.137-1.148.
76
Gómez Bravo ya relata la historia de la relación de los hermanos con el santuario. En 1522 el cabildo
cordobés concedió a Antonio de Corral que construyera su capilla mayor y su patronato y entierro
para él y sus hermanos Pedro, canónigo de Sevilla, y Francisco y descendientes en 1533, ratificando
la concesión al año siguiente, cf. Juan GÓMEZ BRAVO, Catálogo de los obispos de Córdoba y breve
noticia histórica de su Iglesia Catedral y Obispado, I, Córdoba, 1778, 434. Para la capilla, patronato
y entierro de los Corral en las páginas que dedicó a Nuestra Señora de la Fuensanta, cf. Teodomiro
RAMÍREZ DE ARELLANO Y GUTIÉRREZ, Paseos por Córdoba o sean Apuntes para su historia, II,
Córdoba, 1875, 189-190.
77
La posesión, 20 de octubre de 1550, ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07433, f. 6. La concordia y el monto
de la pensión lo confesó el mismo Pedro de Corral en el segundo de sus codicilos, Sevilla, 12 de
enero de 1555, AHPSPN, leg. 9176, ff. 1.147-1.154 (pero por error la foliación salta del f. 1.149v al
f. 1.153), en f. 1.153.
20
su hermana, María Vázquez de Corral, avecindada con su marido, Francisco de Villaquirán, en
San Martín de Valdeiglesias, y sus hermanos, Lope de Corral, vecino de Almorox, y el
mencionado Francisco, vecino de Córdoba. Además, impuso unas condiciones muy estrictas en
el caso de que alguno de ellos muriese antes que él en cuanto a su distribución entre sus
sobrinos, porque para las sobrinas previó legados en dinero para sus dotes. Así ocurrió.
Francisco, casado con doña Ana de Frías y el único que tuvo descendencia, ya había fallecido
a la fecha de su primer codicilo y Lope antes de que hiciera el tercero.
Uno de los sobrinos, hijo de Lope, Antonio de Corral, homónimo de su hermano, y que
no debe confundirse con el del mismo nombre que, como ya adelantamos, sucedió en la
tesorería de Córdoba, fue destinado a heredarle en la canonjía sevillana. Este negocio, tan
característico de la estrategia familiar, debió resolverse antes de la suscripción de su testamento
porque así lo afirma en el mismo cuando le promete su mula con sus guarniciones o la mejor
que las tuviere, si fuera más de una cuando muriese, y le legaba parte de su vajilla de plata, las
camas, mobiliario, sus sobrepellices y sus libros. Pero, sobre todo, Pedro de Corral le mandaba
que “por el amor que él sabe que yo le he tenido que se ordene de misa lo más en breue que
pudiere y celebre a menudo y se acuerde en sus sacrificios y oraciones de rogar a Nuestro Señor
por mi ánima”. Esta recomendación se completaba con el encargo de que cuidara el orden de
los capellanes que había dotado con su hermano, el tesorero, en Nuestra Señora de la
Fuensanta
78
. Por fin, en su último codicilo lo añadió entre sus herederos en sustitución de Lope
de Corral, su difunto hermano
79
. Así que, después de todo lo que había hecho por él, aunque es
de suponer que Antonio de Corral cumpliría con los mandatos que le había encomendado su
tío, todavía en el testamento que escrituró el mismo día que falleció, el 6 de junio de 1569, se
preocupaba por advertir a su albacea que se mirase lo que faltaba para concluir su voluntad
empleando en ello lo que procediese de sus bienes antes de cualquier otra cosa
80
. Salvaba de
este modo los escrúpulos que pudieran quedarle de la tarea que le había confiado a él y a los
otros albaceas. Pedro de Corral lo había nombrado en su primer testamento para que llevaran a
efecto su última voluntad al lado de su hermano Francisco con tres canónigos, uno de ellos
Antonio del Corro, con quien había compartido tantos años de coro y de obligaciones
inquisitoriales, y del que ya sabemos que a su vez lo había designado su albacea
81
. Fue el único
que mantuvo como tal porque por diferentes motivos fue cambiándolos e incorporando otros
nombres de personas de su confianza en sus dos primeros codicilos, mientras que no dijo nada
en relación a nuevos albaceas en el tercero. En el primero ya no pudo contar con dos de los
canónigos, pero siguió con el canónigo e inquisidor Antonio del Corro y añadió al licenciado
Almorox, con el que debía unirle como mínimo la naturaleza, y, por si acaso falleciera en
Córdoba, también nombró a sus sobrinos Antonio, el tesorero de Córdoba, y Juan de Corral,
que sucedió a su padre Francisco, siendo, como mayorazgo, patrono de las capellanías de la
Fuensanta
82
. En su segundo codicilo, que recordemos se dató el 12 de enero de 1555, conservó
estos nombres, excepto el de Antonio del Corro, que desapareció por razones que ignoramos y
78
Testamento, f. 1.141v. Hubo un Antonio del Corral matriculado en cánones en la Universidad y
Colegio de Maese Rodrigo en mayo de 1546, pero no se puede asegurar que se trate de la misma
persona, Archivo Histórico de la Universidad de Sevilla (en adelante AHUS), lib. 478, f. 58.
79
Codicilo de 12 de octubre de 1555, f. 1.156. Pedro de Corral todavía tuvo fuerzas para comenzar a
escribir de su mano este último codicilo, pero tuvo que dejar que su amigo, el notario apostólico
Antonio Ramos, lo acabara.
80
AHPSPN, lib. 12397, ff. 96-97.
81
Testamento, f. 1.144.
82
Codicilo de 30 de enero de 1553, f. 1146rv. Don Gabriel Manrique, que había sido uno de los
canónigos sevillanos nombrados, había permutado su canonicato en 1551 y abandonado Sevilla. El
segundo canónigo, Fernando de la Torre, fallecería en 1552.
21
por el que, a cambio, designó al doctor Egidio, en una demostración de lo poco que le había
importado el proceso y condena que tres años antes le había impuesto una institución, la
Inquisición, a la que había servido.
II. Los teólogos
Los teólogos estuvieron en clara minoría —de dos a cinco— en la junta que dictó la sentencia
en el proceso de Juan de Ávila frente a la clara mayoría de juristas. Lo que se sabe de fr.
Domingo de Párraga es gracias, sobre todo, al historiador del Colegio de Santo Tomás de
Sevilla, Diego Ignacio de Góngora
83
. Necesariamente, todos los autores que, con este motivo,
han tratado de este dominico se remiten a la información que aquel suministra
84
. Góngora, que
lo hace natural de Jerez de la Frontera, en cuyo convento de Santo Domingo profesó, afirma
que fue también colegial de San Gregorio de Valladolid. Estaba allí cuando, luciendo ya la
titulación de maestro, el capítulo general que celebró la orden en 1515 lo nombraba regente en
el mismo
85
. Es Góngora quien señalaba que el regente del Colegio de Santo Tomás “es uno de
los electores y jueces para los concursos de las oposiciones a las colegiaturas y sus provisiones”
y registraba que, según los estatutos del mismo, presidía determinados actos universitarios, sin
que tuviese obligación de enseñanza. Su nombramiento se hacía por elección mayoritaria de los
colegiales y él, a su vez, gozaba de voto activo, junto con los lectores de Teología y Artes, en
las elecciones y resoluciones del Colegio. Para terminar, subrayaba que al regente de Santo
Tomás se le podía considerar el teólogo de los provisores y vicarios general de Sevilla,
consultor ineludible para las aprobaciones de la impresión de libros y sermones y como
calificador del Santo Oficio. Escrito en torno a 1700, no obstante, cabría proyectar, con matices,
lo que decía este autor al estado que regía un siglo y medio antes. Góngora precisa que fr.
Domingo de Párraga, que moriría en 1550, fue elegido para que ocupara ese oficio el 15 de
julio de 1523, juró los estatutos el 28 de agosto y se mantuvo en él hasta el 18 de diciembre de
1536, para pasar después a mero colegial y volver a leer Artes y Teología, tarea de la que fue
dispensado en los últimos años de su vida
86
.
Con estos datos se certifica que Domingo de Párraga era regente del Colegio dominico
cuando participó en el proceso de Juan de Ávila y se hace probable que interviniera, como
quería Álvaro Huerga, “en muchos procesos inquisitoriales”, aunque no hay por qué seguir a
este autor cuando dictamina, sin mayor justificación, “que fue en su época el mejor teólogo de
Sevilla”
87
. No tenemos tampoco forma de comprobar la afirmación de Góngora cuando
aseguraba que “fue muy fervoroso predicador, deduciendo siempre moralidades de los asuntos,
aunque fuesen panegíricos” porque no se conocen sus sermones, pero el hecho de que predicara
en la catedral de Sevilla juega a su favor en cuanto al aprecio que pudieran tenerle los fieles
83
Cf. Diego Ignacio de GÓNGORA, Historia del Colegio Mayor de Santo Tomás de Sevilla, Sevilla, E.
Rasco, 1890, II, 62-64.
84
Cf. ABAD SJ, “El proceso inquisitorial contra el Beato Juan de Ávila”, 137-138; SALA BALUST,
“Introducción biográfica”, San Juan de Ávila. Obras completas. I, 32; FERNÁNDEZ CORDERO, Juan
de Ávila (1499?-1569), 135.
85
“Collegio s. Gregorii Vallisoletano assignamus in regentem fr. Dominicum de Parraga magistrum,
ad legendum sententias fr. Dominicum Velazquez”, Cf. Fr. Benedictus Maria REICHERT (ed.),
Monumenta Ordinis Fratrum Praedicatorum Historica. Tomus IX. Acta Capitulorum Generalium
(vol. IV), Roma, 1901, 151.
86
Asignado como regente de Santo Tomás por tres años en el capítulo general de Roma de 1532, ib.
252.
87
Álvaro HUERGA, “Estudio preliminar” a Agustín de ESBARROYA, Purificador de la conciencia,
Madrid, Fundación Universitaria Española, 1973, 95.
22
como predicador. Era normal que los dominicos se subieran a los púlpitos catedralicios. Así
estaba también previsto en la propia regla de la iglesia sevillana. No obstante, sólo existe
constancia de que fr. Domingo de Párraga lo hiciera en 1538 y 1539. Sabemos que en octubre
del primero de esos años el cabildo le pagó un ducado por un sermón que predicó entre los dos
coros y que predicó otro en las honras de un canónigo
88
; en el segundo, el 25 de junio se mandó
que le librasen los importes de tres sermones que había pronunciado, uno a un ducado y los
otros dos a medio, y el 11 de noviembre el mandamiento fue para que se le pagasen los sermones
predicados sin especificar su número ni el importe
89
. Predicaría también en otras ocasiones,
quedando su nombre inmerso en denominaciones generales como dominico. Pero mayor interés
tiene ahora recordar que la literatura hagiográfica de Juan de Ávila reserva para él un papel
singular. Tras encomiarlo como persona de letras, edad y santidad, fr. Luis de Granada, dejó
escrito en la biografía del maestro que fr. Domingo de Párraga le contó que había aconsejado a
Juan de Ávila, sin éxito, que debía tachar a los testigos que deponían contra él en el proceso
90
.
Si esta anécdota es cierta, y no hay por qué dudar que no lo fuera, no se deduce
necesariamente del hecho que refiere que el fraile dominico hubiera sostenido alguna relación
con Juan de Ávila antes de que se viera encausado. Más verosímil sería que Pedro Alexandro,
el segundo de los teólogos que formó parte de la junta que lo juzgó, lo conociera antes incluso
de que llegara a Sevilla o, mejor, que Juan de Ávila supiera quién era él. No podía ser de otra
manera porque Alexandro no hizo acto de presencia en la ciudad hasta que el cardenal don
Alonso Manrique le hizo venir para que ocupara la canonjía magistral de su catedral, que estaba
sin titular tras la desaparición del siempre ausente Juan de Montesdoca. No vamos a
extendernos aquí en Pedro Alexandro porque nos detenemos en él abundantemente en un
estudio que esperamos que sea de pronta publicación, pero esto no excusa que no haya que ser
muy preciso con las fechas. El 23 de enero de 1533 el mismo arzobispo en persona anunció al
cabildo in sacris su voluntad de que fuese el nuevo magistral y al día siguiente, pese que algunos
capitulares mostraron su renuencia a la aceptación del nombramiento alegando que para ellos
era un desconocido, cosa que no era del todo verdad, votó favorablemente. El resultado estaba
cantado porque el nuevo canónigo esperaba fuera de la sala donde el cabildo estaba reunido,
así que entró y se procedió a la colación y la posesión
91
. Es difícil imaginar que Pedro Alexandro
tuviese noticias de cuál había sido la ocupación de Juan de Ávila en los últimos años, ni siquiera
de sus movimientos más recientes porque apenas hubo margen entre su llegada a Sevilla y la
participación en el proceso, pero sí se habían dado las circunstancias para que ambos se
hubiesen conocido con anterioridad en Alcalá de Henares.
Natural de Córdoba, es posible que Pedro Alexandro fuese el familiar del Colegio de
San Ildefonso del mismo nombre que figura como testigo en un poder otorgado por sus
colegiales en agosto de 1519
92
. Dos años después seguía siendo familiar cuando estallaron los
tumultos comuneros que tanto afectaron a la fundación de Cisneros y ya debía de ser maestro
en Artes cuando en el otoño de 1524 sustituyó en la lectura de su cátedra al maestro Rodrigo
88
ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07064, f. 76v; ib. IV. Fábrica, lib. 09394, f. 15.
89
ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07064, ff. 171, 220.
90
Cf. SALA BALUST, “Introducción biográfica”, San Juan de ÁVILA, Obras completas. I, 44. La cita la
toma de la Vida de fr. Luis de Granada, en Fr. Luis de GRANADA OP, Licenciado Luis MUÑOZ, Vidas
del Padre Maestro Juan de Ávila, 93-94. Repite la noticia Luis Muñoz: “Aconsejábale el maestro
Párraga, de la Orden de Santo Domingo, varón de grandes letras, edad y santidad, que tachase los
testigos” (ib., 175-176).
91
Cf. ACS, FC, I. lib. 07061, f. 221rv. Ya recogido, en parte, por HAZAÑAS, Maese Rodrigo, 369-370.
92
El poder, 11 de agosto de 1519, Archivo Histórico Nacional (en adelante AHN), Universidades, lib.
2, f. 282. Se le liquidaron un ducado como parte de su salario de familiar el 8 de septiembre de 1519
y 306 mrs. el 27 de agosto de 1520 por el mismo concepto, ib., lib. 83, ff. 104v, 129v.
23
de Cueto
93
. Siendo entonces colegial del colegio de los teólogos de Madre de Dios, su condición
de maestro le permitió encontrarse entre los asistentes, como Francisco de Vargas, Constantino
y Juan Gil, a la serie de claustros de la Universidad que se convocaron en los tres primeros
meses de 1525 para tratar los pleitos con la colegial de los Santos Justo y Pastor
94
. Así pues,
como no podía ser de otra manera, Pedro Alexandro estaba en la Universidad alcalaína desde
años antes de que lo localizase por primera vez Bataillon entre los examinadores de los
bachilleres de Artes en abril de 1525
95
. Ese mismo año, el 9 de diciembre, junto con Juan Gil,
fue electo colegial de San Ildefonso
96
. Antes de que se sucedieran en el rectorado ambos
ejercieron oficios en el Colegio mientras que avanzaban en su carrera académica. Pedro
Alexandro recorrió todo el ciclo de las regencias de las cuatro cátedras de Artes desde el curso
1528-1529, en que explicó Súmulas, al de 1531-1532, en el que enseñó Metafísica, pero
previamente, en agosto de 1527 había superado los ejercicios del tercer principio que le
convertían en bachiller formado en teología
97
. Todavía tendrían que pasar algo más de tres años
para que adquiriese la licenciatura, el 20 de noviembre de 1530, el mismo día que Juan Gil, y
doctorarse, por fin, en la epifanía del año siguiente, un mes más tarde que lo hiciera este
último
98
. En esos días, desde que el 17 de octubre anterior fuese elegido en un capítulo colegial
del que formó parte también Pedro Alexandro, el mismo Juan Gil era el rector de San Ildefonso
y, por ende, de la Universidad complutense
99
. Es durante su rectorado que Alvar Gómez de
Castro, el biógrafo del cardenal Cisneros e historiador del Colegio, situó la última ofensiva que
impulsó don Alonso de Fonseca para lograr el control de la Universidad. Conviene repasar esa
historia tal como la contó porque trazó al mismo tiempo un modélico retrato de Pedro
Alexandro.
De acuerdo con su versión, el arzobispo de Toledo ideó para conquistar su objetivo una
estrategia que se basaba en aprovechar la fractura de la comunidad colegial entre dos partidos
irreconciliables, castellanos y béticos, en beneficio de sus propios intereses, y el colegial en el
que confió que podía valerse fue Pedro Alexandro porque “era tenido por más prudente y
cauto”. Gómez de Castro recreó un diálogo entre el prelado y el teólogo cordobés en el que
puso en boca del primero un discurso cuya capacidad persuasiva resultaba irresistible. Fonseca
le prometió a su interlocutor para el porvenir una canonjía de Toledo si se ponía a su servicio y
93
Cf. AHN, Universidades, lib. 814, ff. 125, 126v.
94
Cf. AHN, Universidades, lib. 1.223, f. 8rv, 9-12v, 13rv, 14-15, 5v-16.
95
23 de abril de 1525, ib., lib. 397, f. 7v, cf. Marcel BATAILLON, Erasmo y España. Estudios sobre la
historia espiritual del siglo XVI, México, 1966, 524.
96
La elección en AHN, Universidades, lib. 397, f. 12, de la que hay siempre referencia en la bibliografía
para Egidio, pero no para Alexandro, cf. BATAILLON, Erasmo y España, 524; Vicente BELTRÁN DE
HEREDIA, “La Teología en la Universidad de Alcalá”, en Miscelánea Beltrán de Heredia. Colección
de artículos sobre historia de la teología española, Salamanca, San Esteban, 1973, IV, 117 (62-157);
original, en Revista Española de Teología 5 (1945) 145-178, 405-432, 497-527, 117; del mismo,
Domingo de Soto. Estudio bibliográfico documentado, Salamanca, Instituto de Cultura Hispánica,
1960, 415. Las actas de recepción de ambos con sus respectivas rúbricas en Libro de recepciones de
colegiales de San Ildefonso de Alcalá, Real Biblioteca, DIG/II/1980-B, f. 20
[https://rbdigital.realbiblioteca.es/s/realbiblioteca/item/12853], ff. 65v y 66v.
97
9 de agosto de 1527, AHN, Universidades, lib. 397, f. 20v. Cf. Rafael RAMIS BARCELÓ – Pedro
RAMIS SERRA, Actos y grados de la Universidad de Alcalá (1523-1544), Madrid, Dykinson, 2020,
170, dando por error el 10 de agosto.
98
Todo, con el doctorado de Egidio, el 3 de diciembre de 1530, en AHN, lib. 397, f. 42rv. BATAILLON
(Erasmo y España, 524) ya indicaba la fecha de la licenciatura de Pedro Alexandro. También, aunque
haya que hacer algunas correcciones en las fechas, cf. RAMIS BARCELÓ – RAMIS SERRA, Actos y
grados de la Universidad de Alcalá, 170-171.
99
Cf. AHN, Universidades, lib. 397, f. 41.
24
que maniobraría para que, contando con su amigo Egidio, fuese elegido el próximo rector. En
la misma disertación el arzobispo le adelantó lo que haría el visitador del Colegio para eliminar
la facción contraria y, aunque su artimaña no dio resultado y retrasó la elección definitiva más
de un mes, Pedro Alexandro fue elevado al rectorado por sus compañeros el 22 de noviembre
de 1531
100
. Prosiguiendo su relato, Gómez de Castro cedió el protagonismo a uno de los
colegiales, Juan de Ubago, futuro inquisidor de Zaragoza, para que conmoviera la conciencia
del rector electo en una pieza oratoria en que defendía vigorosamente la independencia del
Colegio y de la Universidad como condición para el cumplimiento del ideal cisneriano. Tras su
discurso, Pedro Alexandro no pudo por menos que confesar la conspiración concebida por
Alonso de Fonseca y solicitar el perdón de sus compañeros por haberle prestado oídos. Gómez
de Castro corona esta parte de su relación de las intrigas del arzobispo en que le da un
protagonismo indudable a Pedro Alexandro diciendo que “se portó luego durante su rectorado
de tal manera que fue igualmente querido de los dos partidos, y terminado su cargo,
gustosamente se lo habrían ellos prorrogado, si las leyes lo hubieran permitido”
101
.
La investigación documental no ha permitido refrendar el juicio que hizo Gómez de
Castro de la labor de Pedro Alexandro como rector, pero tampoco justificaría su negación.
Cuando su libro, que no respondía exactamente al original manuscrito, se publicó
102
, todavía
vivían quienes conocieron aquellos años y podían contrastar la historia con sus recuerdos. Pedro
Alexandro era rector cuando el doctor Hernán Vázquez, canónigo de la magistral de los Santos
Justo y Pastor, como visitador, giró una visita sobre la institución que, siendo benevolente con
la Universidad, fue durísima con el Colegio. Todo el rectorado de Juan Gil fue sometido a
revisión y el juicio que expuso el visitador fue muy negativo, pero diluyó la responsabilidad
entre casi todos los miembros de la comunidad
103
. Aunque se haya insinuado por algunos
autores, la desaparición de Egidio de Alcalá no fue consecuencia de la visita, ni ésta, pese a la
cruda descripción que expuso Hernán Vázquez de las corruptelas de los colegiales, cambió la
evolución del Colegio de San Ildefonso. Pedro Alexandro, por su parte, no se vio implicado en
las conductas desordenadas de sus compañeros que fueron penados y, sin que se debiera a esa
100
Cf. AHN, Universidades, lib. 397, f. 49v.
101
Alvar GÓMEZ DE CASTRO, De las hazañas de Francisco Jiménez de Cisneros, ed. de José OROZ
RETA, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1984, 565-572; De rebus gestis a Francisco
Ximenio Cisnerio, Archiepiscopo Toletano, libri octo, Alcalá de Henares, Apud Andream de Angulo,
1569, ff. 232v-236. Gómez de Castro conocía el futuro profesional de Pedro Alexandro: “No mucho
después —escribe en la traducción de Oroz Reta—, lo llamó Alfonso Manrique, arzobispo, a la
iglesia de Sevilla y le concedió una canongía (sic) y la cátedra de teología” (ib., 572; f. 236), pero no
decía nada de su temprana muerte.
102
Sobre las correcciones a las que fue sometido el texto, cf. Ignacio J. GARCÍA PINILLA, “El humanista
ante la historia oficial: la podadera en el De rebus gestis a Francisco Ximenio Cisnerio de Álvar
Gómez de Castro”, en Eugenia FOSALBA – M. J. VEGA (eds.), Textos castigados. La censura literaria
en el Siglo de Oro, Berna, Peter Lang, 2013, 173-187. También, Ignacio GARCÍA PINILLA – Antonio
ALVAR EZQUERRA, “Para una edición del De rebus gestis a Francisco Ximeno Cisnerio de Alvar
Gómez de Castro”, en José Mª MAESTRE MAESTRE et al. (ed.), Humanismos y pervivencia del mundo
clásico. Homenaje al profesor Juan Gil, V. 1, Alcañiz – Madrid, Instituto de Estudios Humanísticos,
2015, 273-286.
103
La visita, iniciada el 30 de noviembre de 1531, en AHN; Universidades, lib. 748, ff. 44-114, pero
debe completarse, AHN, Universidades, 65, Exp. 6. La edición, con algunas salvedades, de José
GARCÍA ORO – María José PORTELA SILVA, Visitas ordinarias a la Universidad de Alcalá de
Henares en el siglo XVI. Visitas ordinarias e inventarios documentales durante el período de Carlos
V (1518-1558), Santiago de Compostela, El Eco Franciscano, 2006, 330-390. Las cláusulas más
duras dictadas por el visitador contra Egidio ya las editó BELTRÁN DE HEREDIA, “La Teología en la
Universidad de Alcalá”, 118-119.
25
razón, el 9 de marzo de 1532 fue nombrado por los consiliarios de la Universidad y el Colegio
catedrático de Santo Tomás en lugar de Juan Gil
104
. Pero lo realmente importante fue que
durante su rectorado se tomaron tres resoluciones trascendentales para la fundación de Cisneros.
La primera en el tiempo, en enero de 1532, fue la creación de la cátedra de Biblia. Ésta era una
facultad que correspondía exclusivamente a los colegiales, así que fueron ellos, los mismos
tachados por el visitador, con los consiliarios de aquel año bajo la presidencia de Pedro
Alexandro quienes tomaron esa decisión. Como también fueron los que decidieron darle la
posesión de la nueva cátedra a fr. Dionisio Vázquez, el hermano de Hernán Vázquez, más
conocido como predicador que como escriturario. Aunque Bataillon fue demasiado optimista
en su valoración de la cátedra y su impacto, es cierto que su erección parecía culminar el
humanismo bíblico que caracteriza el “movimiento complutense”
105
. Afectando a dos ámbitos
diferentes, las dos medidas siguientes guardaban semejanza entre sí. También debieron ser los
mismos colegiales los que negociaron y obtuvieron la bula de Clemente VII, fechada el 16 de
febrero de 1532, que imponía a los canónigos de los Santos Justo y Pastor la obligación de
demostrar limpieza de sangre para que fueran visitadores de San Ildefonso, un obstáculo que
no tenían que salvar para acceder a la prebenda
106
. De esta manera, al imponer esta
discriminación de genere, se trastocaba la relación entre la iglesia colegial y el Colegio
establecida por las constituciones originales. Otro alcance, pero inspirada en el mismo principio
discriminatorio, tuvo la última resolución. Un día antes de que abandonara el rectorado, el 16
de octubre de 1532, la Facultad de teología en un claustro presidido por Pedro Alexandro,
decidió imponer la exigencia de limpieza de sangre para el acceso a la licenciatura y al
magisterio o doctorado en teología
107
. El alcance del estatuto era menor que el que normalmente
se dice, pero es indiscutible que primó entonces la voluntad de extender la discriminación
rindiendo tributo al complejo de pureza de sangre.
Pese a su posición prevalente reconocida en las constituciones del Colegio como rector,
no cabe atribuir ninguna de estas medidas en particular a la iniciativa de Pedro Alexandro, pero
sería difícil encontrar un periodo rectoral de gobierno anterior al suyo en que se hubiese dado
una concentración comparable de decisiones tan importantes. Hay que preguntarse qué es lo
que hizo que el arzobispo Manrique se fijara en él para llevarlo a su iglesia como canónigo
magistral. A Pedro Alexandro se le localiza por última vez en el Colegio el 4 de noviembre de
1532 recibiendo 72 reales para que se comprase el paño para el manto y el capirote que le
correspondía
108
. Menos de tres meses después, como hemos visto, el 23 de enero estaba en
Sevilla.
Cuando Pedro Alexandro tomó posesión de la canonjía se le hizo jurar “que predicará
por su persona propia todos los sermones quel cabildo o el presidente le encomendare o dará
104
Cf. AHN, Universidades, lib. 397, f. 50v. Ya en Vicente BELTRÁN DE HEREDIA, “La enseñanza de
Santo Tomás en la Universidad de Alcalá”, La Ciencia Tomista 13 (1916) 258 (245-270); y “La
Teología en la Universidad de Alcalá”, 129.
105
20 y 23 de enero de 1532, cf. Vicente BELTRÁN DE HEREDIA, “Catedráticos de Sagrada Escritura en
la Universidad de Alcalá durante el siglo XVI”, La Ciencia tomista 18 (1918) 143-145 (140-155);
BATAILLON, Erasmo y España, 344.
106
Cf. Vicente BELTRÁN DE HEREDIA, Bulario de la Universidad de Salamanca (1219-1549),
Salamanca, Universidad de Salamanca, 1967, III, doc. 1.525, 462-463. Copia de la bula en AHN,
Universidades, lib. 1.095, N. 80, ff. 184v-185v.
107
El estatuto en BELTRÁN DE HEREDIA, “La teología en la Universidad de Alcalá”, 121-122 (AHN,
Universidades, lib. 396, f. 47), que lo editó de nuevo en Cartulario de la Universidad de Salamanca.
La Universidad en el Siglo de Oro, V, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1972, doc. 2.180, 417-
418.
108
Cf. AHN, Universidades, lib. 653, f. 142.
26
persona suficiente que los haga no estando él en disposición de los fazer”
109
. Es lo que haría,
pero vivió poco más de un año y medio más, viniendo a morir el 3 de agosto de 1534. La
caprichosa supervivencia de la documentación hace que las fuentes documentales catedralicias
ni siquiera recojan ese dato y tampoco hablan de su fallecimiento. Quizás el hecho más
significativo de su corta estancia en Sevilla sea precisamente su participación en la fase final
del proceso de Juan de Ávila. Sabemos que en agosto de 1533 el cabildo le dio horas para que
preparase el sermón de la Asunción, gracia que se daba inevitablemente a los canónigos
magistrales
110
. Se entiende que no se pueda juzgar hasta qué punto cumplió las expectativas
que en él se habían depositado porque, si vino a la ciudad, fue para que predicara. Su temprana
muerte cercenó esas esperanzas y abrió la puerta a que le sustituyera en la canonjía magistral
quien fuera su compañero y amigo en San Ildefonso, el doctor Juan Gil.
III. Los letrados
Los dos últimos componentes del tribunal eran letrados y compartían la condición de jueces u
oidores de los grados de Sevilla, miembros de una instancia judicial que había recibido una
nueva regulación en las ordenanzas de 1525 y que, según Bartolomé Clavero, todavía no
constituía Audiencia propiamente dicha, aunque pronto sería conocida como Audiencia Real
de los Grados
111
. De uno de ellos sabemos mucho menos que del otro. El licenciado Alonso de
Castilla estaba en Sevilla como juez de los Grados por lo menos desde 1529, que es cuando lo
encontramos por primera vez como inquilino de unas casas de la collación de La Magdalena
propiedad de la fábrica de la catedral
112
, en las que se mantendría viviendo, sin solución de
continuidad, hasta 1551
113
. No se puede descartar cualquier posibilidad, incluso que fuera
promocionado su carrera de letrado a otro destino, pero no deja de ser significativo que
desapareciese el año en que inició la visita de la Audiencia el doctor Hernán Pérez de la Fuente,
que acabaría transformándola en un tribunal completamente diferente
114
.
109
ACS, FC, I. Secretaría, lib. 07061, f. 221.
110
8 de agosto de 1533, ib., f, 262v; cf. HAZAÑAS, Maese Rodrigo, 370.
111
Para las peculiaridades del sistema judicial de Sevilla, cf. los trabajos de Aurelio ÁLVAREZ JUSUE,
“La justicia sevillana desde Alfonso XI hasta la Audiencia de los Grados”, Archivo Hispalense 60
(1953) 17-50; “La Audiencia de Sevilla, creación de Carlos I”, Anales de la Universidad Hispalense
18 (1957-1958) 67-87; y Bartolomé CLAVERO, “Presentación: Sevilla, Concejo y Audiencia:
invitación a sus ordenanzas de justicia”, Ordenancas (sic) de la Real Audiencia de Sevilla, ed.
facsímil, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1995.
112
Pagaba entonces por el arrendamiento 8.005 mrs., una cantidad que no subió en el futuro, cf. ACS,
FC, IV. Fábrica, lib. de receptoría de Fábrica, 04029, año 1529, s. f.
113
Cf. ACS, FC, IV. Fábrica, lib. 09388, año 1530, s.f.; ib., lib. 04031, año 1533, s. f.; ib., lib. 04032,
1534, s. f.; ib., lib. 04033, año 1535, s.f.; ib., lib. 04034, año 1536, s. f.; ib., lib. 04035, año 1537, s.
f.; ib., lib. 04036, año 1538; ib., lib. 04037, año 1539, s. f.; ib., lib. 0407, año 1540, s. f.; ib., lib.
04038, año 1541, s. f.; ib., lib. 04039, año 1542, s. f.; ib., lib. 04040, año 1543, s. f.; ib., lib. 04041,
año 1544, s. f.; ib., lib. 04042, año 1545, s. f.; ib., lib. 04043, año 1546, s. f.; ib., lib. 04044, año 547,
s. f.; ib., lib. 04045, año 1548, s. f.; ib., lib. 04046, año 1549, s. f.; ib., lib. 04048, año 1550, s. f.; ib.
04049. Año 1551, s. f.
114
ORTIZ DE ZÚÑIGA (Anales, III, 403, 413-414) ya se dio cuenta de la importancia de las consecuencias
de la visita de Hernán Pérez de la Fuente. Para la actuación del mismo en Sevilla como visitador de
la Audiencia, que vendría a ser del sistema judicial de la ciudad, y de la Casa de la Contratación, con
bibliografía, cf. Henar PIZARRO LLORENTE, “PÉREZ DE LA FUENTE, Hernán”, en José MARTÍNEZ
MILLÁN (dir.) – Carlos Javier de CARLOS MORALES (coord.), La corte de Carlos V. Segunda parte,
Los consejos y los consejeros de Carlos V, Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los
Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000, 333-335.
27
El licenciado Sancho López de Otalora era, como Alonso de Castilla, juez de los grados
en 1533, pero su carrera fue mucho más compleja. Se puede determinar con precisión su llegada
a Sevilla. Con sus estudios realizados en Salamanca y bachiller en Derecho en su Universidad,
quizás in utroque, tomó el hábito de colegial del Colegio de Santa María de Jesús el 27 de abril
de 1521 después de que hubiera superado la información de genere que hizo el comisario
informante, el también colegial, bachiller Pedro de Zalturri o de Mondragón, ante el alcalde
ordinario de la tierra y valle de Leniz, en Arechavaleta, su lugar de origen
115
. Era segundón de
una casa señorial y nobiliaria, destinado a una vida eclesiástica o de letrado, pues Juan, su
hermano mayor, era el señor de la casa de Otalora. Sancho López de Otalora sentó las bases de
su magnífica carrera estando todavía en el Colegio, del que fue rector, y por tanto de su
Universidad, dos años, en 1523 y 1529. Así, si en el primero de estos años ya ejercía como juez
de los grados de Sevilla
116
, en el segundo sumaba a este oficio el de juez de los bienes
confiscados del Santo Oficio de Sevilla
117
, en ambos casos años antes que los que consigna la
bibliografía. Ninguna de estas dos dedicaciones representaba un obstáculo para que en
ocasiones actuara como letrado al servicio del cabildo catedral
118
.
Esteban de Garibay, hombre tan preocupado por linajes e historias familiares de su
tierra, comenzando por su casa, no pudo por menos que escribir sobre los Otalora, a los que
dedicó en sus Memorias varias páginas, la mayor parte de ellas centrada en Sancho López de
Otalora
119
. Garibay recorrió su biografía rememorando los sucesivos oficios que fungió en su
ascendente y exitosa carrera burocrática de letrado desde que fuera designado en marzo de 1547
consejero en el de Castilla, del que fue también camarista, y los de Hacienda e Inquisición, en
éste como miembro del de Castilla, acompañándolo hasta que murió en 1570 en su casa
familiar, a donde se había retirado ocho años antes. Esa ejemplar carrera de letrado, impulsada
por el amparo de don Fernando de Valdés, ha sido suficientemente descrita y no necesitamos
115
Cf. AHUS, lib. Sº 2, ff. 35-52. Sobre López de Otalora, a lo ya expuesto en José Antonio OLLERO
PINA, La Universidad de Sevilla en los siglos XVI y XVII, Sevilla, Editorial Universitaria de Sevilla,
1993, 220-221, 263, 304-305, se debe añadir lo que aquí se irá diciendo.
116
Como tal en el arrendamiento de unas casas, 29 de octubre de 1523, cf. AHUS, leg. 613, 17.
117
Se puede dar numerosas referencias, por ejemplo, en un poder del Colegio de Maese Rodrigo que
encabezaba como rector, 16 de agosto de 1529, ib., leg. 615, 51/8. Felipe II en carta a Fernando de
Valdés, Toledo, 14 de noviembre de 1560, le informa de una cédula de 1 de agosto de 1559 en que
ordenaba que se le pagara a Sancho López de Otalora los nueve años o diez años que, siendo juez de
los grados, lo fue también de los bienes confiscados a razón de 30.000 mrs. anuales, cf. José Luis
GONZÁLEZ NOVALÍN, el Inquisidor General Fernando de Valdés (1483-1568). Cartas y documentos,
Oviedo, Universidad de Oviedo, 1971, doc. 177, 277.
118
Así, el 31 de mayo de 1529 los prebendados ordenaron un libramiento para que recibiera el pago del
trabajo que había hecho en unos negocios del cabildo con sus dos letrados, cf. ACS, FC, II. Mesa
Capitular, lib. 07645, f. 105.
119
Cf. Esteban de GARIBAY, Memorias de Garibay, Memorial Histórico Español, tomo VII, Madrid,
Real Academia de la Historia, 1854, 211-219.
28
volver sobre ella
120
. Disponemos, además, de una reciente biografía muy bien informada
121
. Su
paisano, el cronista, que lo conoció, lo hace nacer en 1498. Si fuera así, sería prácticamente
coetáneo de Juan de Ávila y tendría en 1533, cuando votó en el proceso, unos 35 años, edad
que no habría alcanzado todavía Pedro Alexandro, el canónigo magistral, y gozaba de la
cómoda medianía en la sociedad sevillana propia de un funcionario que aparte de las
obligaciones de su plaza se hacía cargo de las comisiones que se le encomendaban. En 1530 se
había casado con Catalina Jiménez de Bohórquez, de una rica familia de Utrera, cuya aportación
al matrimonio, muy superior a la suya, consolidó su posición económica
122
. Ese mundo social
reducido es el que se refleja en el testamento que otorgó todavía en Sevilla en 1539
123
, ciudad
que no abandonaría hasta su nombramiento de consejero, como juez de la Audiencia real de los
Grados. Quiso que sus albaceas fueran Diego de Zárate, contador de la Casa de la
Contratación
124
, el canónigo de Sevilla Francisco de la Cuesta y Bartolomé de Vizcarra, el
conocido alcaide del castillo de Triana. En el testamento legaba al Colegio de Santa María de
Jesús los libros de su biblioteca que no tenía en su librería, más 20 ducados para su
encuadernación. No fue el único recuerdo para la institución que lo había acogido como becario.
Le donó otros 50 ducados para la reja de la puerta de la capilla del Colegio y le pidió al rector
y colegiales que el día de su entierro, que había de ser en los conventos de San Pablo o de San
Francisco, a criterio de su mujer, le dijeren en dicha capilla una misa de réquiem. También de
su época de colegial vendría su amistad con el licenciado Mondragón, el que fuera comisario
de su información para su ingreso en el Colegio de Maese Rodrigo, del que fue su albacea y del
que aún tenía dinero en su poder que ordenó que se utilizase para los alimentos de dos sobrinos
del mismo. Por fin, reconoció que, aunque todavía no había hecho la carta de dote a su mujer,
tenía en su poder las casas y olivares que tenían en Utrera más otros bienes y numerosas cabezas
de ganado de diferentes especies. Propiedades todas, más las casas de la calle Catalanes que
había comprado después del matrimonio, que habían de heredar las cinco hijas y los dos hijos
que había tenido con su mujer
125
.
120
Salvando algunos detalles puntuales, cf. Henar PIZARRO LLORENTE – Ignacio Javier EZQUERRA
REVILLA, “LÓPEZ DE OTALORA, Sancho”, en José MARTÍNEZ MILLÁN (dir.) – Carlos Javier de
CARLOS MORALES (coord.), La corte de Carlos V. Segunda parte, Los consejos y los consejeros de
Carlos V, Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos
V, 246-247. Breve, pero muy bien informado, supera al anterior del mismo Ignacio Javier EZQUERRA
REVILLA, “LÓPEZ DE OTALORA, Sancho”, José MARTÍNEZ MILLÁN – Carlos J. de CARLOS MORALES
(dir.), Felipe II (1527-1598). La configuración de la Monarquía Hispana, Salamanca, Junta de
Castilla y León, 1998, 423. Del amparo de Fernando de Valdés, “gran amigo y valedor del mismo
licenciado Otalora”, ya habló Garibay. Sin embargo, esta dependencia, no impidió que fr. Bartolomé
Carranza, que lo consideraba su amigo, se dirigiese a él en diciembre de 1558 para que intercediera
por sus Comentarios, cf. José Ignacio TELLECHEA IDÍGORAS, “Los «Comentarios sobre el
Catechismo Christiano» de B. Carranza. Estudio sobre las correcciones autógrafas del autor (1559)”,
Bulletin Hispanique 61 (1959) 274 (273-287) (https://doi.org/10.3406/hispa.1959.3628).
121
Cf. Iñaki URRETA LETURIONDO, La casa de Otálora en el siglo XVI. El ascenso de un linaje,
Aretxabaleta, Ayuntamiento de Aretxabaleta, 2021, 98-158.
122
Cf. URRETA LETURIONDO, La casa de Otálora en el siglo XVI, 106-119.
123
El testamento, Sevilla, 20 de septiembre de 1539, AHPSPN, leg. 3334, ff. 236r-237v. Es Iñaki Urreta
quien informa de su localización documental.
124
Real provisión por la que se nombra a Diego de Zárate contador y juez de la Casa de la Contratación
en sustitución de Juan López de Recalde, Madrid, 1 de marzo de 1530, AGI, Indiferente, 1961, lib.
3, ff. 220v-221v.
125
Los padrinazgos pueden resultar indiciarios del círculo social en que se movía Sancho López de
Otalora en Sevilla. Catalina, la mayor de sus hijas y segunda de su progenie, el primero, Andrés, fue
un varón, según el orden en que figuran en el testamento, fue bautizada el 23 de febrero de 1534
29
IV. A modo de conclusión
Habría que conocer cuál fue la composición de otras juntas de asesores y tribunales que
actuaron en procesos del Santo Oficio, a ser posible también de estos años, para concluir si la
que votó en la causa de Juan de Ávila se adscribe a la norma. No se da el caso, pero esta
constatación no evita que llame la atención la escasa representación de frailes de órdenes
religiosas, reducida a uno solo, menos que la de letrados seculares, hasta tal punto que cabría
preguntarse si no se pretendió que fuera de este modo. En la votación de la primera sentencia
de Pedro Ruiz de Alcaraz, de 23 de julio de 1527, emitieron sus votos, junto con tres
inquisidores, el vicario de Toledo, un canónigo de su iglesia y un clérigo protonotario doctor
en Derecho, seis frailes, de los que cuatro eran dominicos y dos franciscanos
126
. Esta
composición, en que la mitad de los miembros de la junta eran frailes, parecería dar la razón a
aquella sospecha, pero sería una conclusión precipitada. El proceso de Juan de Vergara lo
votaron en noviembre de 1534 los tres inquisidores del tribunal de Toledo, el vicario, también
canónigo de su iglesia, tres teólogos y un octavo miembro, el abogado del fisco, que era doctor
jurista
127
. No hubo, por consiguiente, ningún fraile entre ellos y el número de teólogos fue
menor que el de juristas. No había regla ni costumbre que dictara los números y su distribución.
La proporción fue aún más pequeña en el proceso de Juan de Ávila, dos frente a cinco. Si se
dijera que una junta como ésa estaba escasamente preparada para valorar el nivel de la ortodoxia
de las proposiciones del reo que les fueron sometidas a juicio, habría que decir lo mismo de la
del canónigo toledano, cuyos componentes se vieron enfrentados a una investigación más difícil
y a problemas de interpretación mucho más complejos. Cabe alegar, además, que ninguna de
las proposiciones que se achacaron a Juan de Ávila ofrecía una excepcional dificultad que no
fuera resoluble con una sencilla y asequible consulta. Por otro lado, si bien se les podía acusar
de escasa formación teológica, todos ellos eran individuos con una aquilatada formación
jurídica, por mucho que no fuera ésta las más adecuada para enfrentarse a interpretaciones
doctrinales y se les pudiera presumir la atribución de una mentalidad más formalista.
Posiblemente, la acusación cuya respuesta exigía mayores conocimientos teológicos fuese la
de alumbradismo. ¿Qué podían saber aquellos hombres de esa corriente religiosa que había
florecido entre pequeños grupos de individuos, hombres y mujeres, en el este del valle del Tajo
por esa misma época en que Juan de Ávila predicaba? ¿Cómo habían llegado a Sevilla noticias
de su existencia y bajo qué formas? Es curioso comprobar que contra lo que escriben muchos
historiadores modernos sobre el contagio alumbradista o iluminista de Juan de Ávila, según una
terminología cuyo significado no siempre está bien definido, sus jueces no le dieran mayor
importancia. No se puede decir que eran unos ignaros en esa materia. Al menos dos de ellos la
conocían en mayor o menor medida. A diferencia del reo, el doctor Pedro Alexandro había
vivido en la Universidad de Alcalá la plenitud de la influencia erasmista, la fuga de algunos de
sus universitarios más conspicuos y la difusión del alumbradismo. Es más, todavía no había
siendo sus padrinos el provisor, es decir, el licenciado Juan Fernández Temiño, y tres canónigos de
la catedral. Juan e Inés, los dos últimos, seguramente mellizos, recibieron el bautismo el 16 de 1539,
cuatro días antes que testara, y fueron sus padrinos el doctor Pedro Díaz, el inquisidor, el mismo
canónigo Francisco de la Cuesta, el licenciado Argüello y Antón de Azoca, un vasco de Azcoitia que
era contador de don Fadrique Enríquez de Ribera, I marqués de Tarifa, Archivo de la Parroquia del
Sagrario de Sevilla, lib. 2 de bautismos, ff. 26v, 132v. Debo estas noticias al Dr. Francisco Núñez
Roldán.
126
Proceso de Pedro Ruiz de Alcaraz, AHN, Inquisición, 106, Exp. 5, ff. 371rv.
127
Cf. John E. LONGHURST, “Alumbrados, erasmistas y luteranos en el proceso de Juan de Vergara”,
Cuadernos de Historia de España XXXV-XXXVI (1962) 345-353 (337-353).
30
terminado el proceso de Juan de Ávila cuando, el 9 de mayo de 1533, el licenciado del Corro
interrogaba en el castillo de Triana a Mari Núñez de Vargas sobre las declaraciones que había
hecho años antes en la Inquisición de Toledo contra Pedro de Alcaraz, Isabel de la Cruz y María
de Cazalla. Los dichos de esta mujer habían sido fundamentales, como ella misma presumía,
en los procesos de los tres, las cabezas más prominentes del movimiento de los alumbrados.
Tres días después el licenciado del Corro escribía a los inquisidores toledanos que había
recibido el encargo de procurar la ratificación de Mari Núñez cuando andaba de visita en el
condado de Niebla
128
. No parece que el proceso de Ávila le ocupara mucho tiempo al señor
inquisidor, quien, después de todo, estaba ejerciendo su oficio.
Bibliografía
ABAD SJ, Camilo M., “El Proceso inquisitorial contra el Beato Juan de Ávila”, Miscelánea Comillas 6
(1946) 95-168.
AGUILERA BARCHET, Bruno, “El procedimiento de la Inquisición española”, en Joaquín PÉREZ
VILLANUEVA – Bartolomé ESCANDELL BONET, Historia de la Inquisición en España y América. II.
Las estructuras del Santo Oficio, Madrid, BAC, 1993, 460-467.
ALCALÁ GALVE, Ángel, “El apogeo del Santo Oficio (1569-1621): los hechos y las actividades
inquisitoriales en España. El último tercio del siglo XVI. Control de espirituales”, en J. PÉREZ
VILLANUEVA, Historia de la Inquisición en España y América, I, Madrid, BAC, 1984, 780-841.
ÁLVAREZ JUSUE, Aurelio, “La Audiencia de Sevilla, creación de Carlos I”, Anales de la Universidad
Hispalense 18 (1957-1958) 67-87.
ÁLVAREZ JUSUE, Aurelio, “La justicia sevillana desde Alfonso XI hasta la Audiencia de los Grados”,
Archivo Hispalense 60 (1953) 17-50.
BATAILLON, Marcel, Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI, México, 1966.
BELTRÁN DE HEREDIA, Vicente, “Catedráticos de Sagrada Escritura en la Universidad de Alcalá durante
el siglo XVI”, La Ciencia tomista 18 (1918) 140-155.
BELTRÁN DE HEREDIA, Vicente, “La enseñanza de Santo Tomás en la Universidad de Alcalá”, La
Ciencia Tomista 13 (1916) 245-270.
BELTRÁN DE HEREDIA, Vicente, “La Teología en la Universidad de Alcalá”, en Miscelánea Beltrán de
Heredia. Colección de artículos sobre historia de la teología española, Salamanca, San Esteban,
1973, IV, 62-157.
BELTRÁN DE HEREDIA, Vicente, Bulario de la Universidad de Salamanca (1219-1549), Salamanca,
Universidad de Salamanca, 1967, III.
BELTRÁN DE HEREDIA, Vicente, Cartulario de la Universidad de Salamanca. La Universidad en el
Siglo de Oro, V, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1972.
128
Cf. Milagros ORTEGA COSTA, Proceso de la Inquisición contra María de Cazalla, Madrid,
Fundación Universitaria Española, 1978, 449-450, 66, 62, por este orden. Los inquisidores Antonio
del Corro y el licenciado Pedro Díaz interrogaron de nuevo a Mari Núñez para ratificación de sus
declaraciones y la pusieron a tormento en el castillo de Triana en julio del año siguiente (pp. 451-
456).
31
BELTRÁN DE HEREDIA, Vicente, Domingo de Soto. Estudio bibliográfico documentado, Salamanca,
Instituto de Cultura Hispánica, 1960.
BOEHMER, Eduard Antonio del Corro, en su Bibliotheca Wiffeniana. Spanish Reformers of Two
Centuries from 1520, III, Strassburg – London, Trübner, 1904.
CABALLERO, Fermín, Alfonso y Juan de Valdés. Edición facsímil del original publicado en 1875,
introducción y notas de Miguel Jiménez Monteserín, Cuenca, Instituto Juan de Valdés, 1995.
CARABIAS TORRES, Ana María, “Catálogo de Colegiales del Colegio Mayor de Oviedo (Siglo XVI)”,
Studia Historica Moderna 3 (1985) 63-105.
CARO BAROJA, Julio “El señor inquisidor”, en El señor inquisidor y otras vidas por oficio, Madrid,
Alianza editorial, 21970, 27-28.
CASTRILLO BENITO, Nicolás, El “Reginaldo Montano”. Primer libro polémico contra la Inquisición
española, Madrid, CSIC, 1991.
CIVALE, Gianclaudio, “Con secreto y disimulación”. Inquisizione ed eresia nella Siviglia del secolo
XVI, Nápoles, Edizioni Scientifiche Italiane, 2007.
CLAVERO, Bartolomé, “Presentación: Sevilla, Concejo y Audiencia: invitación a sus ordenanzas de
justicia”, Ordenancas (sic) de la Real Audiencia de Sevilla, ed. facsímil, Sevilla, Universidad de
Sevilla, 1995.
CORRO, Antonio del, “Carta de Antonio del Corro al rey Felipe II fielmente traducida del original
francés y publicada por ahora por primera vez en español”, Revista Cristiana XXIII/531 (1902) 33-
35.
DÍAZ RODRÍGUEZ, Antonio J., “Diccionario biográfico de la catedral de Córdoba (I): los miembros del
cabildo en la época moderna” Historia y Genealogía 5 (2015) 180, 175-232
(https://doi.org/10.21071/hyg.v0i5.437).
DÍAZ RODRÍGUEZ, Antonio J., El clero catedralicio en la España moderna: los miembros del cabildo
de la catedral de Córdoba (1475-1808), Murcia, Universidad de Murcia, 2012.
ESBARROYA, Agustín de, Purificador de la conciencia, Madrid, Fundación Universitaria Española,
1973.
ESCAGEDÓN SALMÓN, M., Solares montañeses, tomo IV, Torrelavega, Artes Gráficas Fernández, 1930.
EZQUERRA REVILLA, Ignacio Javier – Henar PIZARRO LLORENTE, “GALARZA, Beltrán [López] de”, en
José MARTÍNEZ MILLÁN (dir.) – Carlos Javier de CARLOS MORALES (coord.), La corte de Carlos V.
Segunda parte, Los consejos y los consejeros de Carlos V, Madrid, Sociedad Estatal para la
Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000, 142-147.
EZQUERRA REVILLA, Ignacio Javier, “CORRAL, Jerónimo de”, en José MARTÍNEZ MILLÁN – Carlos J.
de CARLOS MORALES (dir.), Felipe II (1527-1598). La configuración de la Monarquía Hispana,
Salamanca, Junta de Castilla y León, 1998, 352-353.
EZQUERRA REVILLA, Ignacio Javier, “LÓPEZ DE OTALORA, Sancho”, José MARTÍNEZ MILLÁN – Carlos
J. de CARLOS MORALES (dir.), Felipe II (1527-1598). La configuración de la Monarquía Hispana,
Salamanca, Junta de Castilla y León, 1998, 423.
32
FERNÁNDEZ CHAVES, Manuel – Rafael PÉREZ GARCÍA, “La élite mercantil judeoconversa andaluza y
la articulación de la trata negrera hacia las Indias de Castilla, ca. 1518-1560”, Hispania LXXVI/253
(2016) 385-414 (https://doi.org/10.3989/hispania.2016.012).
FERNÁNDEZ CONTI, Santiago, “MERINO, Esteban Gabriel”, en José MARTÍNEZ MILLÁN (dir.) – Carlos
Javier de CARLOS MORALES (coord.), La corte de Carlos V. Segunda parte, Los consejos y los
consejeros de Carlos V, Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de
Felipe II y Carlos V, 2000, 283-284.
FERNÁNDEZ CORDERO, María Jesús, Juan de Ávila (1499?-1569). Tiempo, vida y espiritualidad (BAC
Normal 744), Madrid, BAC, 2017.
FERNÁNDEZ GIMÉNEZ, María del Camino, “La sentencia inquisitorial”, Manuscrits 17 (1999) 119-140.
FERNÁNDEZ GIMÉNEZ, María del Camino, La sentencia inquisitorial, Madrid, Ed. Complutense, 2000.
GARCÍA DE YÉBENES Y PROUS, Pilar, El Santo Oficio de la Inquisición de Sevilla. Burocracia y
Hacienda, Madrid, Tesis doctoral. Universidad Complutense, 1989.
GARCÍA ORO, José – María José PORTELA SILVA, Visitas ordinarias a la Universidad de Alcalá de
Henares en el siglo XVI. Visitas ordinarias e inventarios documentales durante el período de Carlos
V (1518-1558), Santiago de Compostela, El Eco Franciscano, 2006.
GARCÍA PINILLA, Ignacio – Antonio ALVAR EZQUERRA, “Para una edición del De rebus gestis a
Francisco Ximeno Cisnerio de Alvar Gómez de Castro”, en José Mª MAESTRE MAESTRE et al. (ed.),
Humanismos y pervivencia del mundo clásico. Homenaje al profesor Juan Gil, V. 1, Alcañiz –
Madrid, Instituto de Estudios Humanísticos, 2015, 273-286.
GARCÍA PINILLA, Ignacio J., “El humanista ante la historia oficial: la podadera en el De rebus gestis a
Francisco Ximenio Cisnerio de Álvar Gómez de Castro”, en Eugenia FOSALBA – M. J. VEGA (eds.),
Textos castigados. La censura literaria en el Siglo de Oro, Berna, Peter Lang, 2013, 173-187.
GARCÍA PINILLA, Ignacio J., “Valor de la Epistola ad potentissimum Philippum Austricaum regem de
Antonio del Corro”, Bibliotheque d’humanisme et renaissance: travaux et documents 70/3 (2008)
595-607
GARIBAY, Esteban de, Memorias de Garibay, Memorial Histórico Español, tomo VII, Madrid, Real
Academia de la Historia, 1854.
GIL, Juan, Los conversos y la Inquisición sevillana, II, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2000.
GILLY, Carlos, “Corro, Antonio del, il giovane”, en Adriano PROSPERI (dir.), Vincenzo LAVENIA e John
TEDESCHI (coll.), Dizionario storico dell’Inquisizione, I, Pisa, Scuola Normale Superiore, 2010, 418-
419.
GÓMEZ BRAVO, Juan, Catálogo de los obispos de Córdoba y breve noticia histórica de su Iglesia
Catedral y Obispado, I, Córdoba, 1778.
GÓMEZ DE CASTRO, Alvar, De las hazañas de Francisco Jiménez de Cisneros, ed. de José OROZ RETA,
Madrid, Fundación Universitaria Española, 1984.
GÓNGORA, Diego Ignacio de, Historia del Colegio Mayor de Santo Tomás de Sevilla, Sevilla, E. Rasco,
1890, II.
33
GONSALVIUS MONTANUS, Reginaldus, Sanctae Inquisitionis Hispanicae Artes aliquot detectae ac
palam traductae, Heidelberg, Michael Schirat, 1567.
GONZÁLEZ NOVALÍN, José Luis, El inquisidor general Fernando de Valdés (1483-1568). Su vida y su
obra, I, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1968.
GONZÁLEZ NOVALÍN, José Luis, El Inquisidor General Fernando de Valdés (1483-1568). Cartas y
documentos, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1971.
GOÑI GAZTAMBIDE, José, “MERINO, Esteban Gabriel», en Diccionario de Historia Eclesiástica de
España. Suplemento, 1975, 483-489.
GUTIÉRREZ SJ, Constancio, “Dominus Joannes Fernández Temiño († 9 nov. 1556) / Don Juan
Fernández Temiño († 9 nov. 1556)”, Españoles en Trento, Valladolid, CSIC, 1951.
GUTIÉRREZ, SJ, Constancio, Trento, un problema: la última convocación del Concilio (1552-1562).
Vol. I: Estudio, Madrid, Universidad Pontificia Comillas, 1995.
HEREDIA HERRERA, Antonia, “El Consulado de mercaderes de Sevilla, una institución «retrasada» del
descubrimiento”, en Congreso de Historia del Descubrimiento (1492-1556), IV, Madrid, Real
Academia de la Historia, 1992, 35-51.
HERGENRÖTHER, J. A. G., Leonis X Pontificis Maximi Regesta gloriosis auspicis Leonis D. P.P. XIII
(…), Friburgo de Brisgovia, 1884.
HINOJOSA, Ricardo de, Los despachos de la diplomacia pontificia en España. Memoria de una misión
oficial en el Archivo Secreto de la Santa Sede, Madrid, Imp. De la Fuente, 1896.
HURTUBISE, Pierre, Une famille-témoin: les Salviati, Cittá del Vaticano, Biblioteca Apostolica, 1985.
IGLESIAS ORTEGA, Arturo, La catedral de Santiago de Compostela y sus capitulares: funcionamiento y
sociología de un cabildo en el siglo XVI, Universidad de Santiago de Compostela, Tesis doctoral,
2010.
KINDER, Gordon A., “Antonio del Corro”, Bibliotheca Dissentium VII, Baden Baden, Valentin Korner,
1986, 121-176.
KINDER, Gordon A., “Reformadores sevillanos del siglo XVI”, Archivo Hispalense, 65/200 (1982) 87-
105.
KNIGHTON, Tess, Música y músicos en la Corte de Fernando el Católico, 1474-1516, Zaragoza,
Institución Fernando el Católico, 2002.
KREITNER, Kenneth, “Music for the Royal Chapels”, in Tess KNIGHTON (ed.), Companion to Music in
the Age of the Catholic Monarchs, Boston MA – Leiden, Brill, 2016, 21-59
(https://doi.org/10.1163/9789004329324_003).
KREITNER, Kenneth, “Spain Discovers the Mass”, Journal of the Royal Musical Association, 139/2
(2014) 261-302 (https://doi.org/10.1080/02690403.2014.944783).
LONGHURST, John E., “Alumbrados, erasmistas y luteranos en el proceso de Juan de Vergara”,
Cuadernos de Historia de España XXXV-XXXVI (1962) 337-353.
34
REICHERT, Fr. Benedictus Maria (ed.), Monumenta Ordinis Fratrum Praedicatorum Historica. Tomus
IX. Acta Capitulorum Generalium (vol. IV), Roma, 1901.
MARTÍN POSTIGO, María de la Soterraña, Los presidentes de la Real Chancillería de Valladolid,
Valladolid, Institución Simancas, 1982, 55-57.
MARTÍNEZ MILLÁN, José, “La formación de las estructuras inquisitoriales: 1478-1520”, Hispania 153
(1983) 23-64.
MCFADDEN, William, The Life and Works of Antonio del Corro, PhD thesis, Queen’s University,
Belfast, 1953.
MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, Historia de los heterodoxos españoles, Madrid, BAC, 1987, II.
OLLERO PINA, José Antonio, “Clérigos, universitarios y herejes. La Universidad de Sevilla y la
formación académica del cabildo eclesiástico”, en Luis E. RODRÍGUEZ-SAN PEDRO BEZARES – Juan
Luis POLO RODRÍGUEZ (eds.), Universidades Hispánicas. Modelos territoriales en la Edad Moderna
(I) Miscelánea Alfonso IX, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2006, 107-195.
OLLERO PINA, José Antonio, La Universidad de Sevilla en los siglos XVI y XVII, Sevilla, Editorial
Universitaria de Sevilla, 1993.
ORTEGA COSTA, Milagros, Proceso de la Inquisición contra María de Cazalla, Madrid, Fundación
Universitaria Española, 1978.
ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego, Anales eclesiásticos y seculares de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de
Sevilla, Metrópoli de la Andalucía, III, Madrid, 1796 (reimp. Sevilla, 1988).
PÉREZ MARTÍN, Antonio, Proles Aegidiana. I. Introducción. Los colegiales desde 1368 a 1500, Bolonia,
Real Colegio de España, 1979.
PÉREZ RAMÍREZ, Dimas, “Los orígenes de la Inquisición en Cuenca”, Anuario de Estudios Medievales
12 (1982) 399-410.
PÉREZ RAMÍREZ, Dimas, Catálogo del Archivo de la Inquisición de Cuenca, Madrid, Fundación
Universitaria Española, 1982.
PIZARRO LLORENTE, Henar – Ignacio Javier EZQUERRA REVILLA, “LÓPEZ DE OTALORA, Sancho”, en
José MARTÍNEZ MILLÁN (dir.) – Carlos Javier de CARLOS MORALES (coord.), La corte de Carlos V.
Segunda parte, Los consejos y los consejeros de Carlos V, Madrid, Sociedad Estatal para la
Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 246-247.
PIZARRO LLORENTE, Henar, “PÉREZ DE LA FUENTE, Hernán”, en José MARTÍNEZ MILLÁN (dir.) –
Carlos Javier de CARLOS MORALES (coord.), La corte de Carlos V. Segunda parte, Los consejos y
los consejeros de Carlos V, Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de
Felipe II y Carlos V, 2000, 333-335.
RAMÍREZ DE ARELLANO Y GUTIÉRREZ, Teodomiro, Paseos por Córdoba o sean Apuntes para su
historia, II, Córdoba, 1875, 189-190.
RAMIS BARCELÓ, Rafael – Pedro RAMIS SERRA, Actos y grados de la Universidad de Alcalá (1523-
1544), Madrid, Dykinson, 2020.
35
REAL DÍAZ, José Joaquín, “El Consulado de cargadores a Indias: Su documento fundacional”, Archivo
Hispalense 147-158 (1968) 279-292.
SORIA MESA, Enrique, El cambio inmóvil. Transformaciones y permanencias en una élite de poder
(Córdoba, siglos XVI-XIX), Córdoba, Ayuntamiento de Córdoba, 2000.
TELLECHEA IDÍGORAS, José Ignacio, “Los «Comentarios sobre el Catechismo Christiano» de B.
Carranza. Estudio sobre las correcciones autógrafas del autor (1559)”, Bulletin Hispanique 61 (1959)
273-287 (https://doi.org/10.3406/hispa.1959.3628).
URRETA LETURIONDO, Iñaki, La casa de Otálora en el siglo XVI. El ascenso de un linaje, Aretxabaleta,
Ayuntamiento de Aretxabaleta, 2021.
VALDÉS, Juan de, Diálogo de doctrina cristiana, Madrid, Editorial Nacional, 1979.
VAN GULICK, Guilelmus – Conradus EUBEL, Hierarchia Catholica Medii et Recentioris Aevi, Padua,
1960.
VERMASEREN, B. A., “The Life of Antonio del Corro (1527-1591) before his stay in England. I”,
Archives et Bibliothèques de Belgique – Archief- en bibliotheekwezen in België 57 (1986) 530-568.