capaz de discernirla, porque todavía le falta el Espíritu. Nos encontramos ante una
sinodalidad, por así decirlo, imperfecta.
Todo cambia después de Pentecostés, ya que el don del Espíritu permite a la
comunidad de discípulos discernir en virtud de su luz y gracia. Esto resulta palpable ya
en el segundo texto sobre el que se llama la atención, el relato de la institución de los Siete
(Hch 6,1-6), que el autor de los Hechos de los Apóstoles presenta a primera vista como
una renuncia de los Doce a los deberes en el servicio de la caridad en la comunidad,
mientras se reservan para sí el servicio de la oración y de la Palabra. Los acontecimientos
que siguen a la historia, sin embargo, muestran que la nueva articulación dada al rostro
de la comunidad de discípulos de Cristo es más profunda, en el sentido de que los Siete
elegidos son presentados —primero Esteban y luego Felipe— no en el ejercicio de la
atención a los pobres, sino en el acto mismo de anunciar el Evangelio. El Sanedrín parece
tener una conciencia precisa de que el papel de los Siete se configura como guía de una
parte de la comunidad de los discípulos de Jesús, la de origen judeo-helenístico, hasta el
punto de que la persecución que comenzó tras el martirio de Esteban no afectó a toda la
comunidad cristiana, al contrario, de ella se salvan los Doce: “Aquel día, se desató una
violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se
dispersaron por Judea y Samaría” (Hch 8,1). Lo que nos interesa aquí, sin embargo, es el
modo en que llegamos a una forma de Iglesia, por así decirlo, que no es monolítica. Surge
en primer lugar de la escucha, por parte de quienes dirigen la comunidad, que no
abandonan una cuestión planteada por sus miembros. Los Doce deben tomar en
consideración las tensiones que se extendían entre los que pertenecían a la comunidad de
Jerusalén: “En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega
se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus
viudas” (Hch 6,1). La forma “plural” que está adoptando la Iglesia naciente no deriva de
una decisión de altas instancias, es decir, de una medida tomada de forma autónoma por
los Doce, sino de la escucha de lo que algunos de los discípulos “murmuraban”. También
hay que señalar que este cambio tiene su origen en el reconocimiento de una fragilidad:
el pecado de la división, en la medida en que se reconoce, es el germen de un nuevo rostro
de la Iglesia. Este rostro brota de la confluencia de las indicaciones de toda la comunidad
y de la elección por los Doce: “Escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama,
llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea” (Hch 6,3). A la
comunidad se le atribuye la capacidad de reconocer los signos del Espíritu presentes en
sus miembros, mientras que la decisión forma parte de un diálogo que involucra a todos
los discípulos y, al mismo tiempo, reconoce a los Doce un papel específico en la dirección
de la Iglesia: de forma que serán ellos los que impongan las manos sobre los Siete.
Proceder de este modo es la propuesta de los Doce, pero a ella se une la adhesión de la
comunidad: “La propuesta les pareció bien a todos” (Hch 6,5). Por último, observamos
cómo de este proceso brotan nuevas formas de encarnación del Evangelio, como se
muestra en la defensa de Esteban ante el Sanedrín y en la misión de Felipe de ir más allá
de las fronteras del mundo judío para llevar el Evangelio en primer lugar entre los
samaritanos (Hch 8,5-8), después entre los temerosos de Dios —como el eunuco en el
camino de Jerusalén a Gaza (Hch 8,26-39)—, finalmente entre las ciudades de la costa
mediterránea, habitadas en su mayoría por pueblos paganos (Hch 8,40). El autor de los
Hechos lo resume así: “Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro
anunciando la Buena Nueva de la Palabra” (Hch 8,4). El proceso sinodal, puesto en
marcha a partir de una murmuración y perfeccionado en una elección en la que todos se
expresan y pueden hacer sus propuestas, pero en la que la decisión final está garantizada
por los Doce, genera una forma “plural” de Iglesia y se dispone, junto con la persecución,
a un decisivo cambio hacia la mision. Los horizontes de la sinodalidad no se detienen en