Formas de sinodalidad en los Hechos de los Apóstoles
Lección inaugural del curso 2024-2025 (3-10-2024)
Ways of synodality in the Acts of the Apostles
Inaugural lecture for the academic year 2024-2025 (3-10-2024)
https://doi.org/10.46543/ISID.2534.1003
Giuseppe card. Betori
Arcivescovo emerito di Firenze
Firenze, Italia
Resumen: El artículo es la versión escrita que el card. Betori pronunció como lección
inaugural del curso 2024-2025 en la Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla. En ella,
se analiza algunos rasgos de la sinodalidad en diversos pasajes de los Hechos de los
Apóstoles: la elección del sustituto de Judas en el colegio de los Doce (Hch 1,15-26); la
institución de los Siete (Hch 6,1-6); la evangelización y el bautismo de Cornelio (Hch 10-
11); la llamada a la misión de Bernabé y Saulo (Hch 13,1-3); y la asamblea de Jerusalén
(Hch 15,1-35). En resumen, los Hechos de los Apóstoles no ofrecen una definición de la
sinodalidad, sino que reflejan un camino de comprensión y vivencia. Es en la historia
donde se hace la Iglesia y no en definiciones rígidas.
Palabras clave: sinodalidad, Hechos de los Apóstoles, eclesiología
Abstract: The article is the written version of the inaugural lecture delivered by Cardinal
Betori at the San Isidoro of Sevilla Faculty of Theology for the 2024-2025 academic year.
It analyses some features of synodality in various passages from the Acts of the Apostles:
the election of Judas' replacement in the college of the Twelve (Acts 1:15-26); the
institution of the Seven (Acts 6,1-6); the evangelisation and baptism of Cornelius (Acts
10-11); the call to mission of Barnabas and Saul (Acts 13,1-3); and the assembly in
Jerusalem (Acts 15,1-35). In short, the Acts of the Apostles does not offer a definition of
synodality, but rather reflects a path of understanding and experience. It is in history that
the Church is formed and not in rigid definitions.
Keywords: synodality, Acts of the Apostles, ecclesiology
Quisiera, ante todo, expresar mi profundo agradecimiento por la invitación a presentar
esta lectio y, con ella, extiendo mi deferente y cordial saludo a su excelencia
reverendísima monseñor José Ángel Saiz Meneses, arzobispo de Sevilla y Gran Canciller
de esta Facultad, que me honra con su invitación —también le doy gracias, Excelencia,
por las amables palabras con las que me ha presentado—. Saludo con deferencia y
cordialidad a los excelentísimos Obispos presentes, al reverendo prof. don Manuel Palma
Ramírez, Presidente-decano, y a los distinguidos profesores que componen el cuerpo
académico de la Facultad, a las autoridades civiles, a los alumnos y a todos los presentes.
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Se me ha propuesto que aborde en esta lección inaugural el tema de la sinodalidad,
de gran actualidad, en referencia a la vida de la Iglesia primitiva, tal como la relee el
evangelista Lucas en el segundo volumen de su obra, los Hechos de los Apóstoles. Es
importante precisar, antes que nada, que sería vano esperar encontrar en el texto lucano
definiciones o descripciones de prácticas establecidas relativas a las formas de vida
eclesial, incluida, por tanto, la dimensión sinodal. Más bien, debido a la naturaleza de este
libro, se nos ofrecerán, a lo largo del recorrido de la narración, experiencias emblemáticas,
huellas; en definitiva, las teselas de un mosaico que puede ser recompuesto. Los Hechos
de los Apóstoles, en efecto, son un relato histórico, como afirma su autor en el prólogo
del evangelio (Lc 1,1-4), pero no en el modo en que podríamos concebirlo nosotros, es
decir, como un relato completo y concatenado de los acontecimientos. Los Hechos —
según un modelo muy difundido en la historiografía helenística y judeohelenística,
especialmente entre las monografías históricas— se presenta como un texto que pretende
ilustrar la realidad de un sujeto, en su caso el camino de la Palabra, a través de la conexión
de cuadros ejemplares, con el uso de un estilo que suele definirse como “narración en
episodios dramáticos”.
El rostro de la sinodalidad —que la Comisión Teológica Internacional ha señalado
como “la específica forma de vivir y obrar (modus vivendi et operandi) de la Iglesia
Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos,
en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en su
misión evangelizadora”
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— puede buscarse, por tanto, en los Hechos de los Apóstoles, no
en el enunciado de una definición, ni siquiera en la descripción de una praxis codificada,
sino más bien en las huellas de la vida eclesial, que emergen en varios pasajes
significativos del relato, los cuales constituyen verdaderos puntos de inflexión en la
conciencia y en la misión de la Iglesia naciente.
El primero de los textos que llama nuestra atención es el relato que se refiere a la
elección del sustituto de Judas en el colegio de los Doce (Hch 1,15-26). Pedro resume la
historia del traidor y concluye con la cita del Salmo 109,8: “Que su cargo lo ocupe otro”
(Hch 1,20). Las palabras de Pedro se dirigen a todos: la cuestión de la sustitución de Judas
no se limita al grupo de los Once, sino que involucra a toda la comunidad, “los hermanos”,
“unas ciento veinte personas” (Hch 1,15), hombres y mujeres. Para llegar a la decisión,
se apela a dos datos diferentes. El primer dato procede de la Palabra de Dios y Pedro
vuelve a ser el portavoz, reconociendo en esta Palabra la clave para interpretar tanto la
traición de Judas como la necesidad de recomponer en su totalidad el número (Hch 1,17),
Doce, de los que, como colegio, deberán ser testigos de Jesús y de su resurrección. El
segundo dato se refiere a la experiencia humana de todos los hermanos que deben
expresarse sobre las cualidades de algunos de ellos, identificados dentro de un círculo
restringido, que, como dice Pedro, debe incluir solo a “los que nos acompañaron todo el
tiempo en que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan
hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo”; este “se asocie a nosotros como
testigo de su resurrección” (Hch 1,21-22). De acuerdo con ellos, dos son designados:
“José, llamado Barsabá, de sobrenombre Justo, y Matías” (Hch 1,23). Sin embargo, la
comunidad no puede elegir entre los dos. La decisión se deja a las “suertes” (Hch 1,26),
en que se manifestará la voluntad de Dios. El proceso sinodal, que involucró a todos, en
diferentes niveles y con diferentes papeles, se detiene antes de la decisión final. La
comunidad, aunque poseedora de la Palabra y capaz de captar los signos de la vida, no es
1
COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia,
2 de marzo de 2018, n. 6
(https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_20180302_
sinodalita_sp.html).
3
capaz de discernirla, porque todavía le falta el Espíritu. Nos encontramos ante una
sinodalidad, por así decirlo, imperfecta.
Todo cambia después de Pentecostés, ya que el don del Espíritu permite a la
comunidad de discípulos discernir en virtud de su luz y gracia. Esto resulta palpable ya
en el segundo texto sobre el que se llama la atención, el relato de la institución de los Siete
(Hch 6,1-6), que el autor de los Hechos de los Apóstoles presenta a primera vista como
una renuncia de los Doce a los deberes en el servicio de la caridad en la comunidad,
mientras se reservan para sí el servicio de la oración y de la Palabra. Los acontecimientos
que siguen a la historia, sin embargo, muestran que la nueva articulación dada al rostro
de la comunidad de discípulos de Cristo es más profunda, en el sentido de que los Siete
elegidos son presentados —primero Esteban y luego Felipe— no en el ejercicio de la
atención a los pobres, sino en el acto mismo de anunciar el Evangelio. El Sanedrín parece
tener una conciencia precisa de que el papel de los Siete se configura como guía de una
parte de la comunidad de los discípulos de Jesús, la de origen judeo-helenístico, hasta el
punto de que la persecución que comenzó tras el martirio de Esteban no afectó a toda la
comunidad cristiana, al contrario, de ella se salvan los Doce: “Aquel día, se desató una
violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se
dispersaron por Judea y Samaría” (Hch 8,1). Lo que nos interesa aquí, sin embargo, es el
modo en que llegamos a una forma de Iglesia, por así decirlo, que no es monolítica. Surge
en primer lugar de la escucha, por parte de quienes dirigen la comunidad, que no
abandonan una cuestión planteada por sus miembros. Los Doce deben tomar en
consideración las tensiones que se extendían entre los que pertenecían a la comunidad de
Jerusalén: “En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega
se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus
viudas” (Hch 6,1). La forma “plural” que está adoptando la Iglesia naciente no deriva de
una decisión de altas instancias, es decir, de una medida tomada de forma autónoma por
los Doce, sino de la escucha de lo que algunos de los discípulos “murmuraban”. También
hay que señalar que este cambio tiene su origen en el reconocimiento de una fragilidad:
el pecado de la división, en la medida en que se reconoce, es el germen de un nuevo rostro
de la Iglesia. Este rostro brota de la confluencia de las indicaciones de toda la comunidad
y de la elección por los Doce: “Escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama,
llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea” (Hch 6,3). A la
comunidad se le atribuye la capacidad de reconocer los signos del Espíritu presentes en
sus miembros, mientras que la decisión forma parte de un diálogo que involucra a todos
los discípulos y, al mismo tiempo, reconoce a los Doce un papel específico en la dirección
de la Iglesia: de forma que serán ellos los que impongan las manos sobre los Siete.
Proceder de este modo es la propuesta de los Doce, pero a ella se une la adhesión de la
comunidad: “La propuesta les pareció bien a todos” (Hch 6,5). Por último, observamos
cómo de este proceso brotan nuevas formas de encarnación del Evangelio, como se
muestra en la defensa de Esteban ante el Sanedrín y en la misión de Felipe de ir más allá
de las fronteras del mundo judío para llevar el Evangelio en primer lugar entre los
samaritanos (Hch 8,5-8), después entre los temerosos de Dios —como el eunuco en el
camino de Jerusalén a Gaza (Hch 8,26-39)—, finalmente entre las ciudades de la costa
mediterránea, habitadas en su mayoría por pueblos paganos (Hch 8,40). El autor de los
Hechos lo resume así: “Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro
anunciando la Buena Nueva de la Palabra” (Hch 8,4). El proceso sinodal, puesto en
marcha a partir de una murmuración y perfeccionado en una elección en la que todos se
expresan y pueden hacer sus propuestas, pero en la que la decisión final está garantizada
por los Doce, genera una forma “plural” de Iglesia y se dispone, junto con la persecución,
a un decisivo cambio hacia la mision. Los horizontes de la sinodalidad no se detienen en
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las relaciones dentro de la comunidad, sino que se proyectan fundamentalmente y de
forma decisiva en su misión evangelizadora.
El componente misionero está también presente en el tercer texto de los Hechos
de los Apóstoles que propongo para su consideración, los capítulos diez y once del libro,
que narran la evangelización y el bautismo de Cornelio, un centurión pagano. En el relato
del capítulo diez, un elemento que ya había aparecido en la institución de los Siete
adquiere una gran relevancia, a saber, el contexto de la oración. Mientras ora, Cornelio
escucha al ángel de Dios que le exhorta a invitar a Pedro a su casa; y, mientras ora, Pedro,
en éxtasis, recibe la visión que lo convencerá de aceptar la invitación de Cornelio. Pero
no son suficientes las voces celestiales, sino que necesitan entrelazarse con las voces
humanas. Estas son las de los criados enviados por Cornelio para pedirle a Pedro que se
reúna con él en Cesarea. Y así un entramado de voces humanas hilvana el diálogo entre
el mismo Cornelio y Pedro, una “conversación”, como la define el relato (Hch 10,27),
que abre el camino al anuncio del Evangelio. Sin embargo, no sólo tiene lugar la escucha
que caracteriza el principio del acontecimiento, sino también una implicación, a
diferentes niveles, de toda la Iglesia. Un primer nivel es el de “algunos de los hermanos
de Jafa” (Hch 10,23) que comparten la experiencia de la evangelización puesto que han
acompañado a Pedro a Cesarea. Este pasaje es decisivo en la comunicación del Evangelio
a los paganos, dado que tiene como protagonista al primero de los Doce, y se configura
como un acto eclesial, participativo y compartido. Es entonces un acto confirmado por el
signo que viene del Espíritu: “Todavía estaba exponiendo Pedro estos hechos, cuando
bajó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra” (Hch 10,44). Y Pedro
está dispuesto a reconocer en el signo la ratificación de la decisión que había tomado de
no poner obstáculos al anuncio del Evangelio a los gentiles: “¿Se puede negar el agua del
bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?” (Hch 10,47). La
culminación de este entrelazamiento entre gestos humanos y signos divinos, entre la
disponibilidad a escuchar incluso a los que están lejos y la apertura a compartir el
Evangelio con todos, se produce en el momento —y con esto llegamos al capítulo once—
en el que se invita a Pedro a rendir cuentas de sus acciones ante la comunidad de cristianos
de Jerusalén: “Cuando Pedro subió a Jerusalén, los de la circuncisión le dijeron en son de
reproche: «Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos»” (Hch 11,2-3).
Nótese que el reproche no se refiere al anuncio hecho a los paganos, ni siquiera al
bautismo conferido, sino a compartir la mesa. Sin entrar en la disputa que plantea la
cuestión, que permanece dentro de los esquemas que la historia está superando, Pedro no
rehúye la confrontación, sino que la orienta hacia la comprensión del sentido real e
innovador de la experiencia de la que fue protagonista: “Comenzó a exponerles los hechos
por su orden” (Hch 11,4). Se compromete a escuchar a quienes le reprochan y pide ser
escuchado en la aclaración de todo lo sucedido. Es una experiencia de escucha y de
diálogo, pero —y esto parece, sin duda, particularmente instructivo— el objetivo del
diálogo no es la condena o la aprobación de Pedro, sino la alabanza a Dios: “Oyendo esto,
se calmaron y alabaron a Dios diciendo: «Así pues, también a los gentiles les ha otorgado
Dios la conversión que lleva a la vida»” (Hch 11,18). También esto merece ser subrayado:
no se ocultan frente a las razones de las posibles laceraciones, sino que todos se proponen
reconocer la presencia de Dios en las acciones de los hombres. Vivir la sinodalidad no
tiene el propósito de hacer prevalecer una opinión sobre la otra, sino de reconocer el
horizonte que Dios abre a la Iglesia.
Un cuarto episodio en el que la dimensión de la sinodalidad parece hacerse
evidente es cómo, en la Iglesia de Antioquía, se vive la llamada a la misión de Bernabé
y Saulo (Hch 13,1-3), con la que inicia una nueva etapa de la evangelización, de particular
importancia para Lucas, ya que llevará el Evangelio a las ciudades de Asia Menor. La
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llamada no se describe como un momento de la vida personal de los dos evangelizadores,
sino que se presenta como un proceso que involucra a toda la comunidad: “Un día,
mientras celebraban la liturgia del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo dijo: «Apartadme
a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado»” (Hch 13,2). El contexto de la
oración es el lugar en el que la Iglesia madura una opción que marca su historia, y la
oración, en este momento, está acompañada por un signo penitencial, de conversión, el
ayuno. En este contexto, toda la comunidad está involucrada en la decisión de separar a
dos de sus miembros para la misión. La elección de los dos misioneros no es el resultado
de una simple decisión humana, sino que se configura como la respuesta de la Iglesia a la
voz del Espíritu: “Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los
enviaron” (Hch 13,3). Es la comunidad la que impone las manos a dos de sus miembros,
hasta ahora calificados como pertenecientes al grupo de los profetas y maestros, y los
constituye en misioneros, o apóstoles. Apóstoles en el sentido amplio que encontramos
en particular en el vocabulario paulino, y también se tienen rastros en los Hechos (Hch
14,4.14).
Llegados a este punto, podemos recoger los elementos de un proceso sinodal tal y
como han surgido de la lectura de los textos examinados hasta ahora:
- un contexto de oración;
- una actitud penitencial, de conversión;
- una actitud concreta hacia la escucha dentro de la comunidad, pero también a las voces
que vienen de fuera;
- un entretejido de palabras y experiencias, voces y hechos;
- una confrontación en la que cada uno tiene su propio papel según el lugar y el cargo
que ostenta en la comunidad;
- manifestaciones del Espíritu que comunican su pensamiento y voluntad;
- decisiones que marcan cambios significativos en la historia de la comunidad,
especialmente en el camino de la misión.
Todo esto se encuentra orgánicamente en la asamblea de Jerusalén (Hch 15,1-35).
En el origen de este evento se halla el reconocimiento en la comunidad de Antioquía de
una experiencia —el modo de evangelizar de Pablo y Bernabé—, que cuestiona y al
mismo tiempo es rechazada por parte de los adversarios (Hch 15,1-2). En Jerusalén, la
confrontación se renueva en un contexto que involucra a toda la “Iglesia”, al comienzo y
al final del proceso (Hch 15,4.22), al mismo tiempo que se señala un pasaje en el que se
destaca la acción de los “apóstoles” y de los “presbíteros” (Hch 15,6), con un
entrelazamiento entre la implicación de todos y el papel específico de algunos. Esto se
aplica, en primer lugar, a la conexión entre las diferentes experiencias narradas. Lo que
relatan Pablo y Bernabé sobre su evangelización entre los paganos tiene su propia
importancia, ya que es precisamente a partir de sus viajes misioneros que el problema fue
puesto sobre la mesa de todos. Pero es la experiencia de Pedro con Cornelio la que asume
el papel central, porque, en la lógica de Lucas, la experiencia de los Doce tiene un peso
decisivo en la historia del anuncio evangélico, en virtud de su vínculo único con Jesús y
su resurrección. La experiencia de Pedro y, simultáneamente, la de Pablo y Bernabé dan
testimonio de la acción de Dios en la historia e iluminan la escucha de la Palabra,
interpretada por Santiago como una profecía del hoy de Dios, y se dejan iluminar por ella.
Uniendo la experiencia y la Palabra se llega a una indicación sapiencial, que reconoce la
novedad del Evangelio, pero al mismo tiempo garantiza la comunión entre todos los
hermanos: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que
las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de
animales estrangulados y de uniones ilegítimas” (Hch 15,28-29). También estamos ante
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una decisión que no es el resultado de un consenso, sino un asentimiento de todos, porque
en ella se reconoce la voz del Espíritu: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros”
(Hch 15,28). “Nosotros”, no la mayoría de nosotros, porque la decisión no es de unos
pocos, sino de la Iglesia, en virtud del Espíritu.
Cuanto acontece en el capítulo quince de los Hechos de los Apóstoles puede
comprenderse como el punto de llegada de un camino de sinodalidad que se completa allí
en una forma más definida de asamblea, pero a esta forma se llega a través de diferentes
etapas de un camino de sinodalidad que podríamos llamar cotidiano, que precisamente en
su informalidad tiene mucho que enseñar para la vida diaria de nuestras comunidades. Es
en la historia donde se hace la Iglesia y no en definiciones que corren el riesgo de
endurecer su rostro. A nosotros nos corresponde acoger los testimonios que Lucas nos ha
ofrecido de los acontecimientos de la Iglesia de los primeros tiempos y vivirlos según el
modo propio de la Iglesia de nuestro tiempo, sin traicionar el sentido y la finalidad.