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La muerte es semejante a un sueño porque vivir supone un esfuerzo constante para
hacerse digno de ser hijo de Dios, de tal modo que se define en los siguientes términos:
“sé que és, a tot o res, disposar-se a la Veu, / un absolut buidar-se per sentir-la…” (vv.
113-114). Es, por lo tanto, necesario “buidar-se” vaciarse de sí, de todo cuanto sobra
de un modo paralelo a las tres vías místicas para lograr llenarse de Dios, y así,
disfrutar la gloria de escuchar la voz divina. De manera semejante a Lázaro, quien resucitó
al oír la voz de Jesús, las almas cristianas alcanzarán la salvación y la vida eterna.
Seguidamente continúa explicando su salida con dificultades de la tumba, así
como su unión mística con la divinidad (“fins a tocar salut i paradís”, v. 159). Los
destinatarios del milagro son aquellos que creen, pero también los incrédulos, así como
aquellos que en un futuro puedan llegar a creer (como el náufrago o los mismos lectores
del poema).
La muerte se convierte, así, en una experiencia colectiva. También hay lugar en el
poema para exaltar nuevamente la figura de Jesús:
Sí, Crist era la vida unint tots els camins,
faç mateixa de la vida, on totes les semblances
es feien fraternals; en aquells trets divins,
jo em veia jo, acceptat amb les meves mancances. (vv. 179-182)
Jesús ofrece a Lázaro una nueva vida hacia la autoconsciencia a través de un camino
nada fácil, “seguint Jesús però fent els passos sol” (v. 206). El protagonista aprovecha la
ocasión para responder a la pregunta del náufrago sobre la reacción de la gente al milagro
(los fariseos no lo aceptan porque pone en duda sus creencias y privilegios). En la parte
final de su relato, Lázaro pone en contacto y encara, de nuevo, su experiencia respecto de
la del marinero: ambos han temido a la muerte y han luchado contra ella para participar
finalmente de la gracia divina. El suyo, por tanto, es un dios compasivo que ha salvado al
náufrago aunque no sea creyente, un dios que le facilitará un barco con el que podrá,
finalmente, regresar a casa.
En la tercera parte el epílogo (vv. 269-288), el náufrago, todavía escéptico,
expone sus dudas a Lázaro sobre la resurrección; con todo, conmovido por el relato,
acepta meditar sobre les “coses torbadores” (v. 275) que le ha explicado Lázaro, mientras
este se reafirma en sus creencias, pese a la naturaleza sobrenatural de los hechos
relatados
. Aun así, Riba no narra la conversión del marinero. Como bien afirma Sullà,
Crec que és un encert del poema que el diàleg acabi així, amb la declaració del nàufrag que
pensarà en tot el que li ha dit Llàtzer, però sense precipitar una conversió que només
resultaria versemblant si fos el final d’un procés o la conseqüència d’una evident
predisposició (que és, tanmateix, notable); com que no hi ha res d’això, el més lògic és que
el nàufrag es limiti a dir que hi pensarà
SULLÀ, “Lectura de «Llàtzer el ressuscitat» de Carles Riba”, 405. Malé (“La poesia de Carles
Riba”, 50-51), a manera de conclusión, considera que “el poema posa per davant dues maneres
diferents d’afrontar l’existència de la fe en Déu, com Llàtzer, sabent quin és el seu fi últim, o
des de la manca de fe, com l’Africà. Dues maneres que, amb tot, convergeixen en un punt: la
llibertat d’actuar”.