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Si se trae el poema de Machado a estas páginas es para evidenciar que la necesidad del
sevillano de percibir y aprehender lo oculto y de adentrarse, por lo tanto, en las vías de la
trascendencia, lo condujo a releer a aquellos autores de su tradición en quienes ya latía
una inquietud semejante. En el poema XCIV de Soledades (titulado “Pesadilla” en su
primera aparición) el espacio de la plaza desierta, la caída de la tarde, la elevación del
ciprés y el sonido del agua configuran un ámbito de trágica serenidad “donde el alma
pasea su traza de alma en pena”, y donde la conciencia se confronta, mediante la
descripción de lo observado, con una realidad que se oscurece progresivamente sin
ofrecer respuesta. La inquietud no se formula de manera explícita, pero se percibe en la
atmósfera misma del poema: en la calma inerte, en las vidrieras que relucen con “ecos
mortecinos de sol”, en las formas que parecen “confusas calaveras”. El paisaje entero se
convierte en escenario de una búsqueda espiritual que se intensifica a medida que la luz
declina, y cuyo resultado es una espera sin resolución, una tensión que permanece abierta
bajo el “aire en sombra”. En este punto, resulta pertinente recordar aquella actitud
machadiana de estar “siempre buscando a Dios entre la niebla”, expresión que viene a
resumir ese modo de relación con lo trascendente: la presencia divina se intuye, pero
permanece velada; el misterio se deja percibir, aunque no se ofrece como experiencia
cumplida. La naturaleza yerta participa, pues, de un estado anímico concreto,
melancólico, y adquiere un tono sombrío, en consecuencia.
Desde esta perspectiva, puede afirmarse que “Atardecer en la catedral” prolonga y
transforma esa línea moderna de interiorización religiosa. La soledad machadiana, que
pasea su angustia velada por la plaza en penumbra, se convierte en Cernuda en un
movimiento resuelto hacia el recinto sagrado. El mismo conjunto de elementos —paraje
vacío, ocaso, últimas luces sobre las casas, elevación de los chopos, calma, soledad, el
sonido de un agua misteriosa— se dispone según un movimiento más definido, con
dirección. La naturaleza continúa reflejando un estado interior, pero la trayectoria del
poema conduce desde el espacio abierto hacia el interior de un templo, y con ello hacia
una experiencia que se va recogiendo y profundizando. Además, el escenario natural que
aparece en los primeros versos de la composición de Cernuda, aun funcionando como
indicio de una dimensión suprasensible (del mismo modo que en el poema de Machado),
se sitúa en un punto de encuentro entre dos tradiciones que confluyen. Hallaríamos, por
un lado, la herencia de la doctrina cristiana, que entiende la naturaleza como ámbito donde
se revela la grandeza de Dios, consideración ampliamente tratada y difundida entre los
místicos españoles, como, por ejemplo, fray Luis de Granada en su Introducción al
símbolo de la fe, que Cernuda conoce; por otro, el legado del idealismo renacentista de
línea neoplatónica, que concibe el orden natural como manifestación de una belleza ligada
al amor, “que va desde lo más bajo hasta lo más alto, hasta Dios”