1
El concepto de amor en Josef Pieper
The Concept of Love in Josef Pieper
https://doi.org/10.46543/ISID.2635.1014
Carlos Beltramo
Universidad de Navarra
Pamplona, España
cbeltramo@unav.es
https://orcid.org/0000-0001-8382-8134
José Carlos Ortiz Muggenburg
Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla
Puebla de Zaragoza, México
josecarlos.ortiz@upaep.mx
https://orcid.org/0009-0001-8305-4156
Resumen: Se analiza la idea de amor en el pensamiento de Josef Pieper, destacando
algunos de sus elementos y su lugar entre las virtudes fundamentales. Sobre el amor se
destacan claves fundamentales del acercamiento pieperiano: la complejidad idiomática
en torno a la idea del amor en diferentes lenguas y épocas; los conceptos de afirmación y
aprobación de la persona, tanto fenomenológica como existencial; el análisis de la
relación entre ágape y eros, así como sus deformaciones en el pensamiento
contemporáneo, y la relación que existe entre el movimiento amoroso indigente del
hombre frente al movimiento de amor de parte de Dios.
Abstract: The concept of love in Josef Pieper’s thought is examined, highlighting its key
elements and its position among the fundamental virtues. Fundamental keys to Pieper’s
approach to love are highlighted: the linguistic complexity surrounding the idea of love
in different languages and eras; the concepts of affirmation and approval of the person,
both phenomenological and existential; the analysis of the relationship between agape
and eros, as well as their distortions in contemporary thought; and the relationship
between man's love of need movement and God's movement of love.
Palabras clave: Amor, persona, aprobación de la persona, amor indigente, Eros, Ágape
Keywords: Love, person, person approval, love of need, Eros, Agape
Recibido: 13 de noviembre de 2025
Aceptado: 19 de enero de 2026
1. INTRODUCCIÓN
El amor es un tema central tanto para la filosofía como para muchas otras ciencias,
algunas incluso alejadas del humanismo. Analizar cómo un filósofo aborda el tema del
2
amor puede ser una buena manera de medir la profundidad y los elementos fundamentales
de su pensamiento. Es el caso de Josef Pieper (1904-1997).
Pieper escribió específicamente sobre el amor en un opúsculo que forma parte de una
serie de reflexiones publicadas entre 1934 y 1971 y escritas por él a instancias del editor
Jakob Hegner. A partir de un primer monográfico sobre la virtud de la templanza que el
joven Pieper le envió a Hegner, el editor le propuso que continuara escribiendo sobre las
diferentes virtudes humanas hasta completar una colección de siete obras breves, tarea
que desarrolló durante más de 35 años
1
. En 1976, la editorial española Rialp unificó por
primera vez estos escritos en un solo volumen que hoy se conoce como Las Virtudes
fundamentales
2
, un libro con unidad temática y, al mismo tiempo, una gran independencia
de cada uno de sus capítulos. El del amor es el último capítulo, tanto por su ubicación en
la obra general como por el momento en que fue escrito, por lo que constituye un producto
maduro del pensamiento de Pieper.
El propio autor reconoció que no le resultó fácil escribir sobre el amor: “Me encontraba
desanimado a empezar el tratado sobre el amor, el más difícil, y reservado de todos modos
para el final”
3
. Incluso le contó a un amigo que había decidido no escribirlo. Felizmente,
una circunstancia inesperada para él lo puso nuevamente sobre el tema, esta vez de
manera definitiva: entre 1968 y 1969, una serie de coloquios en la universidad incluyó,
durante dos semestres y por votación de los propios estudiantes, el tema del amor. El
entusiasmo de sus alumnos por escucharlo hablar de esta cuestión fue la motivación
definitiva. Pero su resistencia ante el tema se mantuvo hasta el final: incluso llegó a
rehacer un manuscrito ya terminado para la imprenta porque no estaba satisfecho. De este
modo, el capítulo del amor, el punto final de sus reflexiones sobre las virtudes
fundamentales, estuvo listo recién en el verano de 1971 y fue publicado en alemán en
1972
4
.
2. LÍNEAS GENERALES DEL PENSAMIENTO DE JOSEF PIEPER
Para ubicar las coordenadas de las reflexiones de Pieper sobre el amor, es necesario
identificar algunos aspectos generales de su obra y de su pensamiento. Lo primero que se
puede y debe decir es que Pieper fue un apasionado de la filosofía en la que se embarcó,
entre otras cosas, mediante una relectura de Tomás de Aquino
5
. Su vasta producción —
traducida a más de una decena de idiomas— explora diversas realidades de la existencia
humana. La suya es una propuesta a la vez profunda y sencilla —simple, que no
simplista—, que suele aterrizar en cuestiones muy cercanas a la vida cotidiana. Para Jean
Lauand, amigo del autor y estudioso de su pensamiento, en los escritos pieperianos
subyace el gran tema de la antropología filosófica y su método consiste en acceder a las
verdades más radicales del ser humano “por caminos indirectos”
6
.
Rafael Alvira destaca otra nota fundamental de su pensamiento: “Pieper habla siempre
de temas que nos afectan vitalmente, que los encontramos —los vivimos— en nuestra
1
Cf. Josef PIEPER, Escritos autobiográficos, Madrid, Cristiandad, 2023.
2
Cf. Josef PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 13a ed., Madrid, Rialp, 2022.
3
PIEPER, Escritos autobiográficos, 100.
4
Cf. Josef PIEPER, Über die Liebe, München, Kösel, 1972.
5
Cf. Josef PIEPER, Introducción a Tomás de Aquino: doce lecciones, Madrid, Rialp, 2005; Josef
PIEPER, “Tomás de Aquino, un maestro para nuestro tiempo”, Revista de Derecho Público
41/42 (2016) 201-208, https://doi.org/10.5354/0719-5249.1987.43669.
6
Jean LAUAND, “Método y lenguaje en el pensamiento de Josef Pieper”, Sapientia 59/216
(2004) 433-453, aquí 437.
3
existencia diaria”
7
. Hay en los escritos pieperianos una “conexión entre el lenguaje vivo
y posibilidad de ver a la realidad”
8
que le permite al autor entrelazar grandes verdades
con la cotidianidad. Su estudio sobre el amor pasará por este tamiz metodológico y
filosófico.
Otra nota singular de Pieper es su lenguaje vivo y dinámico que “resulta atrayente para
el lector no avezado en materias especulativas, a la vez que manifiesta una estructura
coherente de pensamiento no exenta de originalidad personal”
9
.
La forma de hacer filosofía de Pieper le permite rescatar lo sustancial ante un creciente
vaciamiento, el aburguesamiento, las omisiones y/o la confusión de conceptos esenciales
en muchos planteos filosóficos del siglo XX. Una primera lectura de cualquier asunto
tratado por él puede parecer obvia e incluso carente de originalidad filosófica,
precisamente porque no apela a la grandilocuencia. Pero no hay que dejarse engañar:
detrás de esa sencillez se oculta una gran profundidad. Es un autor que entendió y vivió
lo que Fernando Inciarte y Alejandro Llano llaman “metafísica mínima”, que no es más
que la filosofía más elevada haciendo su trabajo como debe hacerlo, con pobreza y
sencillez: “Conceptos que son nuestros conocimientos más próximos a la realidad: que
no median la realidad, sino que nos la acercan”
10
.
3. EL AMOR Y LAS VIRTUDES
Pieper sitúa su reflexión sobre el amor en el marco de las virtudes. Es una decisión
contrastante con algunos abordajes de la segunda mitad del siglo pasado, que tendían a
situar este fenómeno en otras coordenadas, más o menos psicologistas o existenciales.
Para él, el horizonte de la virtud es el lugar natural del amor, ya que “la virtud es el
desarrollo supremo de las posibilidades del alma espiritual (ultimum potentiae), su
realización”
11
y el amor es, precisamente, el eje de la realización del alma espiritual y, al
mismo tiempo, su resultado.
Hay que recordar, como señala Schumacher, que durante la segunda mitad del siglo
XX Pieper fue pionero en el rescate del estudio de las virtudes y de su importancia en la
plenificación de la persona, incluso antes de que el tema se pusiera de moda, impulsado
por autores como Alasdair MacIntyre. Por tanto, no es casual la unión indisoluble que el
autor alemán estableció entre el amor y la virtud.
Otra clave fundamental es la contraposición entre la theoria y la praxis. Para Pieper,
centrarse en la theoria es enfocarse, sobre todo, en la contemplación. En contrapartida,
denuncia que la praxis —a la que define como pura acción— es una actitud que conduce
a una frenética obsesión por hacer
12
. Schumacher resume la manera en que Pieper
imaginaba, proféticamente, un mundo centrado por completo en la praxis:
7
Rafael Alvira, “Sobre la edición de las «Obras» de Josef Pieper”, Anuario Filosófico 35 (2002)
223-227, aquí 227, https://doi.org/10.15581/009.35.29472.
8
LAUAND, “Método y lenguaje”, 450.
9
Fernando MARTÍN DE BLASSI, “Vista de reflexiones en torno a Josef Pieper y la naturaleza del
quehacer filosófico”, Philosophia 75 (2015) 105-133, aquí 107.
10
Fernando INCIARTE – Alejandro LLANO, Metafísica tras el final de la metafísica, Madrid,
Cristiandad, 2007, 25.
11
Andrea BLAŠČÍKOVÁ – Rastislav NEMEC, “The Question of Heroism and Heroic Virtue in the
Philosophy of Education of Josef Pieper”, Religions 14/900 (2023) 8,
https://doi.org/10.3390/rel14070900.
12
Cf. Josef PIEPER, El ocio y la vida intelectual, Madrid, Rialp, 1998.
4
Ya no habrá entonces verdadera poesía, música, ocio, fiesta, ni filosofía bien entendida. El
hombre de la theoria debe ser eliminado ya que su presencia recuerda que la totalidad de
lo real no se reduce al tener y al hacer, que existe una apertura que trasciende a la praxis
13
.
En muchos pasajes Pieper deja claro que la apertura a todo aquello que trasciende la
praxis es una condición necesaria para la vivencia auténtica del amor. No resulta
sorprendente, entonces, que su diagnóstico de lo que sucede cuando la praxis desplaza
totalmente a la theoria sea compatible con el que utiliza, por ejemplo, Byung-Chul Han
al analizar la “agonía del eros”
14
. Para Pieper, “la actitud del hombre de la praxis pura es,
en el fondo, el rechazo de una metafísica del don, de una verdadera apertura a lo otro, del
amor verdadero y de la esperanza fundamental”
15
. Para B.-C. Han, el eros agonizante es
el resultado de la imposibilidad del ser humano contemporáneo de encontrar y vivir el
amor por haber borrado la dinámica de salida de uno mismo hacia la otra persona.
Retomar el concepto que propone Pieper —un amor que se centre en la actitud de la
theoria— es una de las posibles medicinas para los dramas del mundo contemporáneo
que tan bien denuncia Han.
4. EL AMOR PARA PIEPER: UN TEMA INCONMENSURABLE
En sus escritos, Pieper no oculta que analizar el amor le resulta complejo: “es un tema
inconmensurable”
16
, reconoce. A pesar de esta sensación, aborda la cuestión en su
complejidad, sin ceder a la tentación de simplificarla.
Así, comienza estableciendo que el amor, más que un tema, es todo un conjunto de
significaciones en torno a una idea amplia subyacente. En otras palabras, no plantea la
cuestión a partir de una sola definición, simple y unívoca, sino que acepta el desafío de la
multiplicidad de significados.
4.1. La complejidad del concepto amor se ve en la (aparente) dispersión lingüística
La lengua es el primer campo en el que Pieper encuentra la compleja e inconmensurable
realidad del amor. Las diferencias idiomáticas pueden verse como limitantes al intentar
expresar de manera categórica qué es el amor. Pieper utiliza la aparente limitación de
contar con tantos matices terminológicos como puerta de acceso inicial a la complejidad
de la realidad del amor. Lo importante es no perder de vista que palabras distintas aportan
matices que, lejos de confundir, permiten comprender mejor algún aspecto concreto de la
realidad del amor. La clave está en buscar siempre el elemento común que mantiene a
todos estos significados bajo el mismo paraguas.
Pieper analiza, en algunos casos de manera aguda, los peligros de cambios de sentido,
de estrechamientos de significación o de desgaste de las palabras. Pero encuadra
claramente su intención: “no se trata de aclarar si el conjunto de vocablos de que se puede
echar mano es pobre o rico; lo que importa es que uno se dé cuenta, en la mayor medida
posible, de la complejidad del fenómeno que llamamos «amor»”
17
. No se trata de una
tarea academicista o teórica: la variedad de vocablos relacionados ayuda a expresar la
amplitud del amor humano y su calidad personal y espiritual.
13
Bernard SCHUMACHER, Una filosofía de la esperanza: Josef Pieper, Pamplona, EUNSA,
2005, 27.
14
Cf. Byung-Chul HAN, La agonía del Eros, Barcelona, Herder, 2014.
15
SCHUMACHER, Una filosofía, 27.
16
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 492.
17
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 498.
5
El propio Pieper hace un recuento de una larga lista de palabras sobre el amor en
diferentes lenguas y épocas. Repasa el latín, por ejemplo, distinguiendo entre amor,
caritas, pietas, dilectio, affectio y studium. En el caso del griego, destacan eros, phília,
storgé y ágape, términos que crearon categorías de la experiencia del amor que mantienen
vigencia hasta nuestros días
18
. En relación con el francés y el inglés, anota referencias
latinas en palabras como chanté, charity, affection, to like, to love. En alemán son züchen,
liebe, y en ruso, luvovatsja y blágost.
Este recorrido no es un esfuerzo meramente descriptivo de una variedad inconexa de
significaciones. En el fondo, Pieper busca establecer aquello que está presente en todas
las formas de decir amor. Así, llega a un resumen, una comprensión transversal de la
palabra amor que conecta con muchas y muy variadas situaciones humanas.
[El amor es] algo que nosotros mismos “verificamos” como sujetos activos, (...) algo que
nos sobreviene y de nosotros se apodera como un hechizo, (...) conmoción que tiende a
poseer y gozar, (...), actitud de entrega y donación que se olvida de sí misma, “que no busca
las cosas propias”; (...) inclinación que puede buscar a Dios, pero también a otras personas
(al amigo, a la amada, al hijo, o incluso al desconocido que necesita nuestra ayuda), como
también los múltiples y heterogéneos bienes de la vida (deporte, ciencia, vino y canto)
19
.
4.2. El amor es aprobación y afirmación de la persona
Frente a una variedad tan amplia de significados, Pieper encuentra uno central que él
engloba en una palabra: aprobación.
En todos los casos imaginables del amor, amar quiere decir aprobar. (...) Amar algo o a
alguna persona significa dar por “bueno”, llamar “bueno” a ese algo o a ese alguien.
Ponerse de cara a él y decirle: “Es bueno que existas, es bueno que estés en el mundo”
20
.
Aprobar es estar de acuerdo, asentir; es la afirmación de un deseo realizado, de una
glorificación. No se trata de una aprobación discursiva, reducida al mundo de las palabras:
“el amor es un acto de la voluntad, el acto por excelencia”
21
. De este modo, el amor
expresa, mediante las palabras y las acciones de una persona, la bondad de la existencia
del otro. Un sujeto humano se sorprende, se entusiasma y se conmueve ante el hecho de
que el otro exista y concibe esa existencia como algo muy bueno. El que ama comunica
al amado una forma de expresar un acto de querer que reafirma la existencia incondicional
del otro: “yo quiero que existas”.
Amar es, entonces, una forma de mover la voluntad para reclamar algo —querer,
desear, anhelar— en favor de la existencia del otro. “Sólo el amor subraya nuestra
existencia, sólo el amor justifica nuestra existencia, sólo el amor conoce a fondo el sentido
de nuestra existencia”
22
. La aprobación, al ir más allá de las palabras, involucra a la
totalidad de un sujeto que es persona humana.
18
Cf. John Alan LEE, Colours of Love: An Exploration of the Ways of Loving, New York, A
Bantam Book, 1976.
19
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 513.
20
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 514.
21
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 518.
22
Martín Miguel RUBIO ESTEBAN, El amor en Joseph Pieper, El Imparcial, 2015,
https://www.elimparcial.es/noticia/152960/opinion/el-amor-en-joseph-pieper.html [consulta:
11 de noviembre de 2025].
6
Pieper encuentra el amor como aprobación en muchos grandes pensadores que han
abordado el tema, como Santo Tomás, Vladimir Soloviev, Maurice Blondel, Gabriel
Marcel, José Ortega y Gasset, entre otros.
De Ortega y Gasset destaca una nota característica que lleva el movimiento del amor
a una dimensión cósmica: “Amar una cosa es estar empeñado en que exista; no admitir,
en lo que dependa de uno, la posibilidad de un universo donde aquel objeto esté
ausente”
23
. Son dos realidades: el reconocer que el amor da sentido a todas las cosas y el
moverse intencionadamente a que eso que es amado, exista siempre. Aplicado a las
personas, Pieper pone en juego la profundidad poética de Gabriel Marcel, con una
sentencia que termina de dar sentido a todo lo que el alemán pretende expresar sobre el
amor: “Amar a una persona es decirle: tú no morirás”
24
.
No es una expresión externa a sí mismo: el amante, al decir “tú no morirás”, lo hace
al desear unirse a esa persona amada. Es decir, en el amor, yo tampoco moriré. Rashad
Rehman señala que Pieper, así como Kierkegaard un siglo antes, ve en esta relación con
la muerte una de las expresiones más altas en las que la fenomenología del amor resuelve
las aparentes contradicciones entre la incertidumbre y la trascendencia.
Tanto para Kierkegaard como para Pieper, es inconcebible que no haya un sustento de
nosotros mismos —por parte de Dios— después de nuestras respectivas muertes. La
naturaleza del amor como don exige que el don no sea quitado. Si el don es quitado,
podemos preguntarnos razonablemente si nos reuniremos con él de nuevo. […] Por lo tanto,
nuestra fenomenología del amor apunta más allá de la realidad empírica, en dos sentidos.
En primer lugar, señala que la fuente del amor no se encuentra en este mundo; en segundo
lugar, se refiere al poder sustentador del amor más allá de la muerte
25
.
Solo es posible pensar esta superación de la lógica de la muerte si la persona se abre
al encuentro con el otro con un impulso ardiente a salir de sí y a darse; se da cuenta de
que es bueno que el otro exista y, por tanto, elige amarlo, y amarlo bien y en totalidad.
Hay un momento de percepción —ver que el otro es bueno y maravilloso— y otro de
querer de manera efectiva, aunque no automáticamente —la moción de una voluntad que
se dispara en un movimiento que va más allá de las dimensiones biológica, pulsional o
psicológica emocional—.
La experiencia del otro, la percepción de su ser, que nos lleva a apreciar que su
existencia es buena y maravillosa, constituye el primer paso del amor. Es una
connaturalidad que trasciende las cualidades de esa persona, aunque estas podrían ser las
primeras razones del amor. Pero el amor no se agota en ellas, porque lo que finalmente
mueve al que ama es la persona del otro, de manera integral y esencial, en lo más profundo
de sí. Es este núcleo, más allá de sus características, el que llama al amante a reconocerle
y a decirle: “¡qué maravilla que tú existas!” y no “¡qué maravilla es que tú existas de
determinada manera!”.
Pieper también detecta que ver a una cosa o a una persona como amable y amarla son
movimientos distintos: no es lo mismo ver la bondad que amar. Aunque la visión del bien
del otro es imprescindible para el proceso, amar no es una deducción lógica forzosa que
brota de la actividad de la inteligencia. Entre la inteligencia y el amor está la
espontaneidad del querer —de índole emocional— y el movimiento de la libertad —
23
José ORTEGA Y GASSET, Estudios sobre el amor, 16ª ed., Madrid, Revista de Occidente, 1966,
72.
24
Gabriel MARCEL, El misterio del ser, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1953, 288.
25
Rashald REHMAN, “Love as Divine Gift in Kierkegaard and Pieper: A Phenomenological
Analysis”, Midwest Journal of Undergraduate Research 9 (2018) 105-131, aquí 126.
7
campo de la voluntad—. Claro que el impulso del querer influye en la libertad, pero no le
quita su función ni la reemplaza. En esto Pieper establece una diferencia notable tanto
con los esquemas emotivistas como con los racionalistas.
La afirmación radical de la existencia del otro hasta los máximos extremos, tanto de
palabra como de obra, abre la puerta a otros dos componentes antropológicos que, para
Pieper, son parte imprescindible de la experiencia de amar y ser amados: el corazón —
sede del querer— y la libertad.
El peso de mi amor me arrastra a lo que vale y si lo que vale es la propia existencia, me
conduce a velar por ella y esto sólo puede hacerse desde el corazón. Estamos afirmando
nada menos que para ser verdaderamente libres necesitamos de la experiencia del amor
humano
26
.
El amor resulta ser una fuerza centrípeta porque hace que el ser humano no solo fije
su mirada en el otro sino también en sí mismo, preste atención a su propia existencia, lo
que conduce directamente a una noción antropológica fundamental: el corazón. Pieper,
siguiendo a Louis Lavelle, postula que la captación de los valores permite romper la
indiferencia afectiva del ser humano y le da forma al amor. La base que sustenta esta
ruptura de límites y esta apertura es el corazón, no limitado a núcleo afectivo: Pieper
entiende el corazón como algo más. Su visión no descarta que sea el origen de los
movimientos afectivos, pero, más que nada, lo concibe como una fuerza centralizadora
del amor, el centro de las decisiones personales. Como diría Marisa Mosto, para Pieper
el amor “conduce al yo del ser amado a su centro, lo ubica en el corazón para que pueda,
desde allí, ejercer su libertad. (…) Si mi vida es valiosa, me siento atraído
irresistiblemente a hacerme cargo de ella”
27
. En sentido contrario, en la medida en que
el yo se aleja de su centro interior, de su corazón, el señorío sobre su conducta disminuye
y el amor corre peligro.
Por otro lado, frente a este amor, el ser humano es, a la vez, sujeto activo —ama porque
quiere— y pasivo —el amor le sobreviene como un hechizo—. Así, el amor es, al mismo
tiempo, una conmoción que tiende a hacer que un sujeto busque, posea y goce, y una
actitud de entrega y donación. Pieper concluye que el amor nos mueve a una inclinación
hacia Dios, hacia las demás personas y hacia los bienes de la vida. Amar es, también,
elegir.
Toda elección implica aceptación, compromiso y renuncia. Aceptación y compromiso
con lo elegido y renuncia a todo lo demás. Para elegir amar bien es necesario un
discernimiento personal armónico que genere una preferencia: tratar al otro como alguien
excepcional y ser tratado por el amante de la misma manera. Preferir a una persona en el
amor no aísla: si es vivido a fondo, tiñe y amplía toda la experiencia de la realidad.
Precisamente ese amor dedicado a una única persona con exclusión de todas las demás, que
nos llena hasta los bordes y que parece que no deja espacio para ningún otro amor, es el
que hace posible la universalidad de una afirmación que hace decir al amante: “¡Qué
maravilloso es el mundo!”
28
.
4.3. Ser en el amor (confirmación)
26
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 550.
27
Marisa MOSTO, “Aprobación creadora: un aspecto de la dimensión social del bien de la
persona”, Sapientia 59/216 (2004) 461-468, aquí 463.
28
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 558.
8
Amar implica necesariamente ser amante y ser amado. Más allá de la intencionalidad del
amante, hay que considerar igualmente al amado. Saberse amado es fundamental para la
existencia del ser personal. Desde el vientre materno así lo experimenta todo ser humano.
Para el niño, incluso antes de nacer, “el ser amado por su madre es rigurosamente la
condición indispensable de su crecimiento”
29
.
En este punto, resulta interesante cómo Pieper relaciona su aproximación al amor con
la teoría del apego —aludiendo a las investigaciones de René Spitz, quien recién
comenzaba a difundir sus ideas—. Una lectura atenta de este desarrollo no puede dejar
indiferente a ningún psicólogo ante los fundamentos antropológicos del apego, ni a
ningún filósofo ante las consecuencias psicológicas de una adecuada reacción al amor. Es
que, para Pieper, que el amor esté inserto en el contexto de las virtudes no excluye sus
otras dimensiones.
Ahora bien, al ver el enfoque pieperiano, queda claro que, en el contexto del amor, la
teoría del apego es mucho más que un recurso psicológico: se fundamenta en una
metafísica.
Solo por la “configuración en el amor” que viene de otro consigue el ser humano existir
del todo, sentirse en el mundo arropado dentro de su verdad. Y, sobre todo, la capacidad
misma de amar, en la cual recibe la humana existencia su más alta sublimación, supone
experimentar en sí la vivencia de ser amado por otro
30
.
Muchos autores definen este fenómeno como la confirmación del ser en el amor. Piper
menciona, por ejemplo, la propuesta de Erich Fromm
31
. Pero también se encuentra este
concepto en el pensamiento de Karol Wojtyła, fraguado en Polonia en la misma época en
que Pieper cristalizaba sus reflexiones en Alemania. Wojtyła utiliza el término
afirmación.
Así que, en toda situación en que sentimos los valores sexuales de una persona, el amor
exige su integración en el valor de la persona, incluso su subordinación a este valor. Y en
esto es en lo que se manifiesta el principal rasgo moral del amor: éste es afirmación de la
persona o no es amor
32
.
Saberse querido es una nota esencial del amor, la manera en que la persona recibe “el
aliento y la confirmación de la propia existencia”
33
. Pieper, citando a Sartre, comprueba
que el amor hace que la persona humana sienta justificado su ser y allí reside,
precisamente, la fuente de alegría del amor.
Cada uno potencia la vida del amado al amarlo y al afirmar: “¡qué bueno que existas!”.
El hueco del otro en el mundo lo crea el amador y el amado se despliega si tiene ese
hueco, porque el universo es mudo sin la existencia personal. Por sí mismos, el universo
y la naturaleza tienden al anonimato. Solo el acto creador del amante, “qué bueno que
existas”, saca al ser humano del anonimato y lo acerca a su propio yo. Es que el ser amado
impacta en la experiencia de la existencia.
Negar el amor es ir en contra de la integridad humana. Cuando el ser humano no es
amado, no encuentra sentido, pierde la idea de sí mismo y se vuelve agresivo con el
mundo o contra sí mismo. Si una persona no es amada, su conexión con la existencia se
debilita. Al ser humano no le basta existir; necesita ser confirmado. Sin la confirmación
29
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 527.
30
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 529.
31
Cf. Erich FROMM, El arte de amar, Buenos Aires, Paidós, 1974.
32
Karol WOJTYŁA, Amor y Responsabilidad, Madrid, Palabra, 2008, 133.
33
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 534
9
explícita, incluso la propia existencia está en cuestión. Es una falta de conexión, cada vez
más frecuente, que puede estar en la base de la explicación del aumento de los suicidios
y, en general, de la actual expansión de la depresión y la ansiedad.
Siguiendo a Pieper, podría decirse que, al haber menos amor, hay menos confirmación
de la propia existencia y de la experiencia vital de que “a mí me merece la pena” existir.
La existencia sola, desnuda, no alcanza; es pobre. Los humanos somos seres de sentido y
sin el sentido más radical que nos da la confirmación en el amor, la existencia se vuelve
una carga. Por eso, no basta con reconocernos explícitamente el derecho a existir; es
necesario que se nos diga: “Qué bueno que existes”. Entender que la falta de amor mata
el sentido de la existencia es una manera de conectar los actuales problemas de salud
mental con la forma en que Pieper explica el amor.
Para Pieper, la actitud más contraria al amor no sería el odio sino la indiferencia. Para
comprender su aproximación es bueno que consideremos que cuatro son las posibles
actitudes de una persona respecto a otra: a) la indiferencia —“me da igual que existas,
eres invisible”—, la actitud más contraria al amor; b) el odio —“quiero que no existas”—
, hay un deseo de que el otro pierda la existencia, pero, al menos, se lo ve, no es invisible;
c) el reconocimiento del otro como sujeto de derechos —“tienes derecho a existir”—,
este sería el movimiento más elemental del amor, uno básico, pero no suficiente; d) la
afirmación/confirmación de la persona —“qué bueno que existas”—. Es evidente que
solo este último es realmente adecuado para la persona y le sirve para su plenitud y
florecimiento: el amor auténtico. Solo la afirmación y la confirmación en el amor dan
salud mental; los dos primeros —indiferencia y odio— son destructivos; el tercero —el
reconocimiento de derechos— es insuficiente.
4.4. Benevolencia: elección de amar bien
Otro concepto que Pieper relaciona con el amor es la benevolencia. Por la benevolencia,
quien ama quiere el bien de la persona. Dos raíces integran esta palabra: bien y voluntad.
Del latín benevolens, se compone de bene (bueno) y volo (querer). Pieper, además, resalta
que, para que la benevolencia, con su querer el bien y hacerlo, se convierta en amor,
también hace falta la unión afectiva. Y aquí reside una de las notas más características del
planteamiento pieperiano. La relación entre lo bueno y su puesta en práctica muestra que
el amor es una decisión consciente de la persona. No es algo que solo se perciba como
bueno; el amor llama a la realización, a la puesta en práctica. La persona no solo es capaz
de discernir el bien de su actuación mediante su inteligencia, sino que, al amar, realiza
esa actuación buena y pone en juego su voluntad.
Si amar bien se tratara de algo simple y espontáneo, todo ser humano lo haría sin
problema alguno ni mayor complicación. Acostumbrados hoy en día a tener todo a un clic
de distancia en las pantallas, la tentación es trasladar esa misma lógica a las relaciones
humanas. Sin embargo, la vida y el encuentro personal llevan su tiempo y se desarrollan
por etapas. Una de esas primeras etapas o momentos tiene que ver con el descubrimiento
del amado, lo que mueve a la elección personal de amarle bien.
Amar conlleva elegir; implica una firme decisión, compromiso y esfuerzo. También
una renuncia y dejación. El amor no es todo el tiempo cómodo ni facilón, categorías
asociadas al bienestar. La experiencia de amar no puede excluir el dolor y el sacrificio,
tanto si amamos como si somos amados. “Ningún buen amante puede consentir que la
persona amada prefiera lo cómodo a lo bueno”
34
. Para Pieper, es fundamental la relación
34
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 544.
10
del amor con el bien y, por tanto, con la verdad antes que con la comodidad, lo cual tiene
consecuencias fundamentales para la salud de las relaciones de amor.
Amar implica afirmar a toda la persona: sus fortalezas y cualidades, así como sus
defectos y debilidades. El bienestar, como valor, no puede buscarse a toda costa, como si
fuera sinónimo de amor. “«Amar a una persona» no quiere decir desearle que viva sin
aflicción, sino que realmente esté en el bien y en la verdad”
35
. En el amor benevolente se
vive la elección constante de procurar el bien que la propia existencia llama a realizar en
un auténtico encuentro con el otro.
En contraste con la idea actual —que a menudo confunde el amor con un sentimiento
emparentado con el de bienestar—, Pieper sostiene que el amor es mucho más profundo.
Una persona que ama no duda en aceptar ciertas dosis de malestar con tal de conectar con
el verdadero bien, especialmente cuando evitar esas molestias implica desviarse del bien.
Pensar el amor desde coordenadas más allá del bienestar abre la experiencia amorosa
a la aceptación plena de la persona del otro. Pero para lograr una visión integral de la
persona amada que abarque lo agradable y lo desagradable, lo bueno e incluso lo malo,
es necesario agregar una variable adicional: la diferencia entre disculpar y perdonar. Para
Pieper, no es lo mismo “exonerar de la culpa” —es decir, disculpar, hacer como que la
culpa no existe, una actitud que podría originarse en la indiferencia— que “perdonar la
culpa”, la actitud de quien reconoce que una persona ha cometido un mal y, a pesar de
ello, la perdona. Al perdonar, el ser humano se hace capaz de acoger a la persona entera
del otro, que es humana como él, que se equivoca y puede mejorar.
Pieper señala que el amor nos transforma interiormente al abrir el espacio ontológico para
el perdón, la alegría y la felicidad (incluida la unión) y el amor activo. En el contexto
cristiano de Pieper, ese amor —y con él la felicidad y la alegría— es un don, aunque el don
debe ser aceptado y recibido libremente
36
.
Mucho le cuesta al ser humano elegir amar bien. Muchas veces, para el hombre actual,
lo más sencillo es ignorar la grandeza del amor y sus altas posibilidades de crecimiento
cuando ello implica aceptar una realidad incómoda. Amar bien conlleva implicarse y
donarse; es un esfuerzo constante y creciente en la búsqueda del bien del otro, algo que
solo puede encarnarse con una actitud de benevolencia.
4.5. Unidad de la persona en el amor: eros y ágape
Eros y ágape han sido, tal vez, la dupla más constante a lo largo de la historia para definir
los tipos de amor. Además, en muchas ocasiones se han visto estas dos manifestaciones
amorosas separadas de manera excluyente. Eros sería el amor ascendente, que reclama
para sí, busca satisfacerse en el amado, obtener algo de él. Sería el movimiento
egocéntrico y demandante del amor y, por tanto, más mezquino, menos noble.
Adicionalmente, a lo erótico se lo ha asociado con lo sexual, con lo sensual/sensitivo, con
esa parte corpórea que se mueve en busca de la plena satisfacción personal en la obtención
del otro. El eros no saca al sujeto de sí, sino que, más bien, trae hacia sí al amado con un
rasgo de necesidad individual.
En contrapartida, el ágape sería el amor de donación, el de generosidad. El ágape sería
el amor noble, desinteresado, que busca exclusivamente el bien del amado y encuentra su
plenitud en esa felicidad. Es todo generosidad. Es el amor que suele asociarse con la frase:
“Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35). Se entiende el ágape como un
35
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 547.
36
REHMAN, “Love as Divine Gift in Kierkegaard and Pieper”,116
11
amor descendente; por eso, sería el amor propio de Dios, que, como es perfecto, no
necesita poseer a nadie para ser feliz, por lo que toda su actividad es donación. En
contraste, el eros sería el amor del ser humano, contaminado por su tendencia a poseer.
Esta división ha llevado a muchos cristianos a creer que vivir el amor de Dios y a Dios
es un esfuerzo permanente para liberarse del eros y encarnar el ágape, para “amar como
Dios ama” y “amar como Dios merece ser amado: con un desinterés absoluto”. Pero
Pieper, dando por buenas las líneas generales de la diferencia entre eros y ágape, adjudica
a Anders Nygren y a Carl Barth una deformación de ambos conceptos que aún persiste
hoy.
El pensamiento pieperiano, posiblemente un tanto disruptivo para su época en los
círculos católicos, era que en el ser humano no puede haber ágape sin algo de eros y que
el eros, para alcanzar su plenitud, tiene que tener algo de ágape —y que, además, puede
hacerlo: el eros puede tener ágape sin dejar de ser eros—. Para que la persona humana y
el amor caminen juntos, es necesario comprender primero la relación armónica entre eros
y ágape.
La visión casi maniquea que se tenía a mediados del siglo XX sobre el eros y el ágape
como antagonistas no ha hecho otra cosa que terminar en posiciones extremas sin matices:
considerar que el eros es un amor totalmente egoísta, contrapuesto al ágape, que, a su
vez, es un amor entregado, noble, que implica la total negación del eros. Como sea, en la
mayoría de los casos, el eros fue relegado y despreciado. Pieper denuncia el error sutil
que subyace a esta contraposición y destaca la presencia fundamental del eros en todo
amor humano. Llega incluso a identificar al eros como la más pura esencia amorosa
humana y apunta a la comprensión integral de la naturaleza humana. Citando a C.S.
Lewis, se anima a afirmar:
Mientras existe el Eros, éste hace que se realice la más pura esencia del amor. Jamás se
dice con tanto corazón, siendo y haciendo tan feliz, y sobre todo con tanta libertad de todo
componente ajeno, aquel “¡maravilloso es que existas!” […] La plena y limpísima
afirmación amorosa se realiza únicamente en el amor erótico. Y en ninguna otra experiencia
se siente tan hondamente el carácter de regalo que tiene no sólo el ser amado, sino también
el amar y el poder amar
37
.
En sintonía con lo manifestado por Pieper, el pensamiento de Benedicto XVI hace
notar que resaltar el amor humano no implica rechazar el eros, más bien se trata de que
la persona viva un sentido de unidad: “El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo
y alma forman una unidad íntima; el desafío del eros puede considerarse superado cuando
se logra esta unificación”
38
. El Papa alemán invita a repensar la unidad presente en eros
y ágape, algo que Pieper ya había planteado 35 años antes:
En realidad, eros y ágape —amor ascendente y amor descendente— nunca llegan a
separarse completamente. Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida, la
justa unidad en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la verdadera esencia del
amor en general. Si bien el eros inicialmente es sobre todo vehemente, ascendente —
fascinación por la gran promesa de felicidad—, al aproximarse la persona al otro se
planteará cada vez menos cuestiones sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad
del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará “ser para” el otro. Así, el momento del
ágape se inserta en el eros inicial; de otro modo, se desvirtúa y pierde también su propia
naturaleza. Por otro lado, el hombre tampoco puede vivir exclusivamente del amor
37
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 622.
38
BENEDICTO XVI, Carta encíclica Deus caritas est (25 diciembre 2005), 18: AAS 98 (2006), n.
5.
12
oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien
quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don
39
.
Tanto Pieper como Benedicto XVI parten de una comprensión muy lúcida de la unidad
personal y muestran que nada puede excluirse ni negarse. El eros no es indigno del
hombre, al contrario, manifiesta una parte fundamental de su más pura esencia personal:
Quien considere al Eros como una fuerza mediadora; quien una en el hombre lo más bajo
con lo más alto, lo natural y sensual con lo ético y espiritual; quien intente impedir que una
de estas cosas se aísle de la otra y, sobre todo, atribuya a todas las formas de amor, desde
el sexual hasta el de Ágape, la cualidad de verdaderamente humanas, está ya diciendo que
ninguno de esos elementos puede excluirse como si fuera algo indigno del hombre, sino
que más bien “todo eso debe estar unido”
40
.
La visión pieperiana de eros y ágape hace de su pensamiento una referencia ineludible
para comprender mejor las dinámicas de la sexualidad. Fundamenta una salida de un
puritanismo que, revestido de buenas intenciones, establece una división artificial y no
humana de dos dimensiones que en el matrimonio encuentran su unidad, plenitud y
coherencia. No es una salida relativista o amoral, sino profundamente antropológica —y,
por tanto, ética— que permite comprender tanto los elementos más propios del eros y del
ágape como esa zona en la que las personas reales comparten vivencias reales con ambos
ingredientes. El mensaje de la sexualidad resulta más humano, más lógico, más
refrescante a partir de este análisis. Tal vez como en ningún otro pasaje brilla en este
apartado el concepto de virtud, aunque eso pueda sonar contrafáctico para alguna
mentalidad de la época en que el opúsculo fue escrito.
4.6. Amor indigente y felicidad de amar
Si las tesis reductivas de Nygren y Barth fueran ciertas, el amor exclusivamente de ágape
sería un amor supuestamente puro que acercaría al ser humano a Dios sin necesitar nada
de Él. Pero esto no se sostiene en la realidad de lo humano. En la armónica integración
de eros y ágape, Pieper ve reflejada la condición menesterosa del ser humano, condición
necesaria de todo amor. Él lo llama “amor indigente” y “sanamente egoísta” —“Need-
love”, citando a C.S. Lewis
41
—, que tiende a la propia realización y que “es el principio
y núcleo de todo nuestro amor”
42
.
Paradójicamente, es el amor indigente el que saca al ser humano de sí mismo y lo
mueve a buscar el amor consumado en la relación con el amado. Reconocer esta condición
menesterosa es lo que mejor explica el movimiento de salida hacia el otro. Si el ser
humano no se siente necesitado, no tiene explicación suficiente el hecho de que salga de
sí mismo en busca del otro. Y es precisamente cuando sale de sí que encuentra la felicidad.
Pieper aquí combina dos elementos antropológicos clásicos: la conciencia de ser
incompletos y necesitados, y la aspiración a la felicidad. En la falta de plenitud natural no
está la felicidad; por eso, la persona tiene que salir a buscarla en el otro mediante el amor
consumado. No cualquier amor puede satisfacer esta falta de plenitud, pero es
precisamente ella la que mueve al ser humano a salir de sí mismo y buscarla fuera, en la
relación yo–tú. Es por ello que Pieper considera al eros un impulso radicalmente natural
39
BENEDICTO XVI, Deus caritas est, n. 7.
40
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 627.
41
Cf. Clive Staples LEWIS, The Four Loves, Quebec, Horizon Ridge Publishing, 2024.
42
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 582.
13
que acompaña a la creaturalidad y es la condición para que el ser humano se mueva a
amar —y abandone su posición de egoísmo—.
La salida de sí mismo del ser humano nunca puede ser inmotivada, sin una necesidad,
sin una búsqueda de algo, como la que se puede adjudicar a los dioses que no necesitan
nada y salen, por pura generosidad, a amar a los hombres. El ser humano sale de sí por
esta necesidad creatural, y de allí que su salida tenga la calidez de la afectividad y la
humildad del querer y necesitar algo del otro, y no la frialdad de un ser superior que solo
está “dando”. Por eso, Pieper sostiene que el amor humano no es soberano, ya que una
soberanía en este terreno implicaría ser frío, autosuficiente y vertical. En el fondo, un
amor soberano no necesitaría realmente al otro ni encontraría en él su satisfacción. Más
bien podría prescindir del otro para realizarse.
Y, yendo un paso más allá, el otro podría ser un estorbo. A la idea de Sartre de que “el
infierno son los demás”
43
se puede llegar de varias maneras. Uno de esos caminos sería
la vía de un supuesto amor de ágape sin carga de eros, un amor soberano, un amor que
no parte de la indigencia: “si yo no necesito nada de ti y te amo solo como producto de
mi don generoso y absolutamente desinteresado, en un momento me puedo cansar de ti
y, poco a poco, ir prescindiendo del tú real que eres”. En otras palabras, para Pieper, un
amor absolutamente autogenerado y autónomo no es humano. Ahora bien, si el ser
humano se reconoce menesteroso del otro, queda más claro que su felicidad depende de
que ese otro sea feliz y entonces la lógica relación entre amor y felicidad queda completa.
Con esta condición de salida de sí que aúna los elementos de amor indigente y
felicidad, Pieper está en condiciones de profundizar en esas dos realidades profundamente
relacionadas y totalmente interdependientes.
El contenido fundamental de que el amor no solo tiene como fruto natural la alegría y la
satisfacción, sino que también toda felicidad del hombre, a la que infaliblemente tendemos
sin egoísmos de baja calidad y, por tanto, también sin mala conciencia, es, en el fondo, la
felicidad del amor, llámese Eros o caritas, Ágape, si se quiere, y sea dirigido al amigo, a
la amada, al hijo, al prójimo o al mismo Dios
44
.
La felicidad de, en y por el amor es la base firme de su propuesta. El ser humano se
alegra cuando ama. El común denominador vital de fondo es el amor, pues es condición
para la alegría en la interdependencia de la vida de los que aman dentro de la totalidad.
Para Pieper, el amor y la alegría no son dos emociones separadas ni excitaciones
psicológicas, sino una reacción consciente ante la realidad de dos personas que se sienten
hechas la una para la otra y que son buenas una para la otra. Entonces, la totalidad se
registra no solo en el ser amado, sino también en el amar mismo.
El autor refuerza esta idea al señalar que “puede darse amor sin dolor y sin amargura;
en cambio, no puede darse amor sin alegría. (...) hasta el amante desgraciado es más feliz
que el que no puede amar”
45
. Alegría y amor se pertenecen mutuamente. Martín-Miguel
Rubio, desde la mirada de la filología, explica la aproximación de Pieper:
La alegría del amor deriva de que la cosa en sí es moralmente buena y maravillosa. Estamos
alegres cuando amamos porque sabemos que nos movemos en el ámbito del bien. Y a pesar
de lo vulnerables que nos hace todo amor verdadero a estar abiertos al sufrimiento, la
43
Jean-Paul SARTRE, A puerta cerrada, Ciudad de México, Éxodo, 2024, 63.
44
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 585.
45
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 591.
14
apuesta por amar siempre merece la pena; es lo que más merece la pena en el mundo, lo
más importante
46
.
“¡Bueno es que existas!”. Bueno, ¿para quién? Se pregunta Pieper con el propósito de
resaltar el carácter centrífugo del amor que nos llena de alegría. Un amor no se cierra en
sí mismo, al contrario, está llamado a salir de sí y lo que busca realmente es la felicidad
y plenitud a la que cada persona está llamada:
Parece que hay una diferencia clara entre que yo desee que la otra persona exista por mí,
porque yo, por ejemplo, la necesito, y que se lo desee por ella misma, porque quisiera verla
feliz y que llegara a la plenitud a la que está destinada
47
.
La diferencia sustancial entre la cosa y la persona es que a la primera se la usa y a la
segunda se la ama. Cuando se invierten estas relaciones y se pretende usar a la persona y
amar las cosas, el hombre termina viviendo situaciones que atentan contra la dignidad
humana. La persona y el amor caminan siempre juntos. La relación, el encuentro
interpersonal, ocupa el centro de toda actividad humana. En este sentido, el abordaje
pieperiano recuerda a la norma personalista de Karol Wojtyła: “La persona es un bien
respecto del cual sólo el amor constituye la actitud apropiada y valedera”
48
.
Y esta felicidad personal no se agota aquí, sino que conlleva igualmente un sentido
trascendente y propio del ser personal. La persona humana tiende a la felicidad desde ese
amor propio porque su propia persona la llama a salir de sí misma y así se realiza. El
amor obra en el ser humano de manera centrífuga y no centrípeta. Es cuando Pieper
analiza la realidad del amor propio. El autor encuentra a grandes maestros antiguos que
lo han hecho antes que él
49
. El sentido del amor propio proviene, ante todo, de la
consciencia de que somos personas: “como seres que tienen en sí mismos la justificación
de su propia existencia”
50
. Por lo tanto, este amor también está guiado por la mirada al
otro como persona en sí misma. En otras palabras, el amor propio no puede ser un
movimiento de egoísmo sino de total apertura.
La alegría y la felicidad no se encuentran solo para uno mismo. La persona se alegra
de que el amado sea quien es, quien está llamado a ser. Anhela profundamente su bien,
su plenitud y su felicidad. Se alegra con el otro; se alegra por el otro. Así se entiende que
eros no es egoísmo y que el ágape humano no puede ser frialdad.
Además de que amar es amar a alguien, Pieper habla también del amor propio y el
desprendimiento desde una perspectiva que va más allá del individualismo egoísta;
finalmente, llama a comprender el paso del amor a sí mismo al amor desprendido o
desinteresado. Una línea muy delgada lo separa, pues, puede ser a veces casi imposible
decir dónde termina la felicidad propia y donde empieza la del otro. Así Pieper refuerza
que:
Es verdad que la alegría y la felicidad es el resultado de haber conseguido lo que amamos,
y si el amar, como simple afirmación de algo que anhelamos, es algo ya amado en sí mismo,
tiene que ser también verdad que nuestras ansias tienen que poder ser saciadas por esa
afirmación dirigida al otro, por ese amor desprendido que no piensa en sí mismo, y que,
46
RUBIO ESTEBAN, El amor en Joseph Pieper.
47
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 565.
48
WOJTYŁA, Amor y Responsabilidad, 38.
49
Por ejemplo, hace referencia a pensamientos de Aristóteles (Ética a Nicómaco, 9,4, 1166 a.),
santo Tomás de Aquino (Summa Theologiae, I-II, 2, 7 ad 2) y san Agustín (Serm. 368, Migne,
PL 39, 1655).
50
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 601-602.
15
como dice Goethe, “la verdadera felicidad solo puede consistir en la participación
comunicativa”
51
.
Como otras dualidades falsamente divididas, para Pieper el amor propio y el amor
desprendido apuntan a la armonía, a la unidad de la persona. Más allá de separarlos, se
trata de reconocer el valor de su integración en el ser personal.
4.7. El amor es un regalo esencial, continuación y perfeccionamiento de lo creado
Para Pieper, el amor humano no proviene tan solo de sí mismo. Existe una realidad que
le precede y le unifica. Como señala Rehman: “Para Pieper, el amor que experimentamos
va más allá de nosotros mismos. De este modo, nuestro amor es una semejanza o modelo
del acto original de la creación, cuando, ex nihilo, Dios creó el mundo”
52
. El propio
Pieper, rescatando el sentido creatural del ser humano y, por tanto, de su amor, escribió:
“Fue Dios quien, en el acto de la creación, anticipándose a todo amor humano imaginable,
dijo: «Yo quiero que seas; es bueno, ‘muy bueno’ que existas» (Gen 1,31)”
53
. El amor
humano no puede ser una mera repetición de ese amor de Dios, pero, al mismo tiempo,
“es también una continuación, un perfeccionamiento de lo que se empezó en la
creación”
54
. Más allá de una imitación, es una puesta en práctica de quienes, creados a
imagen y semejanza divina, deciden amarse.
El “amor” incluye siempre un ordenamiento intrínseco recíproco entre amante y amado, y
que descansa sobre esa destinación. Dicho con otras palabras, que nadie puede amar una
cosa o a una persona si el mundo, en un determinado sentido difícil de expresar en palabras,
no fuera una única realidad y no pudiera ser vivido como algo fundamentalmente unitario
55
.
El amor vuelve a unir —reunifica— el mundo porque el amor mismo es algo que ya
teníamos inscrito dentro y que pedía a gritos salir, dinamizarse, ponerse en práctica,
encontrarse.
Esta noción del amor está constantemente presente en Pieper y se relaciona con la
acepción del amor como un regalo esencial. Una idea que toma de Tomás de Aquino y
con la cual da inicio a su monográfico sobre el amor. Dice así: “El amor es el regalo
esencial. Todo lo demás que se nos da sin merecerlo se convierte en regalo en virtud del
amor”
56
.
A lo largo de su obra, Pieper refuerza constantemente esta idea; por ejemplo, menciona
que “...al amar no somos en exclusiva, ni quizá primariamente, sujetos activos. El amor
es, y quizá más que nada, algo que nos sobreviene”
57
. El amor es un don, algo que nos
viene dado. Y a partir de ese don es que nosotros amamos. El amor es el regalo por
excelencia; es el regalo esencial.
“¡Qué maravilla que tú existas!” conecta con la intimidad más profunda, con el
corazón, según Pieper. Pero también es creativo. No es solo recibir el ser sino también
darlo a otros. Mientras ama, el amante sostiene creativamente al amado en el ser y en el
hacer. El amor en sí mismo está llamado a la eternidad. El verdadero amor no termina, no
51
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 605.
52
REHMAN, “Love as Divine Gift in Kierkegaard and Pieper”, 112.
53
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 522
54
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 523
55
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 508.
56
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 489. Cf. Summa Theologiae, I, q.38, a.2.
57
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 500.
16
concluye en un momento dado, al contrario, crece y plenifica al ser personal que se
descubre esencialmente como un ser desde, con y para el amor. La persona se da cuenta
de que es capaz de un amor infinito.
El autor alemán da cuenta de un sentido trascendente del amor que apunta más allá de
un tiempo y espacio determinados y que, al mismo tiempo, nos precede:
La afirmación fundamental que se repite idéntica en todo amor verdadero, como ya dijimos
al principio de este estudio, es por su misma naturaleza, sea que los amantes tengan de ello
conciencia o no, una reproducción de algo que les ha precedido, una repetición del acto
creacional divino, en virtud del cual no solo “existe y es bueno” e incluso digno de amor
ese ser humano que encontré en mi camino, que responde a mis preferencias y “que está
hecho para mí”, sino también todo lo que existe
58
.
Cobra sentido aquella expresión de los amantes que se dicen “eres mi todo”, pero, en
el fondo, lo que el texto quiere transmitir es esta idea de trascendencia que Pieper nos
comunica: un amor que nos antecede y nos llama desde la eternidad.
A esta altura Pieper vislumbra tres puntos clave para redondear su aproximación al
amor. El primero tiene que ver con la afirmación creativa fundamental de lo que existe.
El segundo tiene que ver con hacer consciente ese acto de reproducción que tiene lugar
en el amor humano. Es decir, que la persona humana se dé cuenta de que, al amar algo
amable, por reflejo está acogiendo y continuando la afirmación universal primaria de la
que brota la creación misma y “por la que todo es «querido por Dios», y por eso mismo,
bueno»”
59
. Y el tercero consiste en ser conscientes de que el amor proviene del Primer
Amante, es decir, de Dios. Y, en clave de cristianismo, que es desde donde finalmente
Pieper hace filosofía, se puede decir que el ser humano está en el amor y que, por tanto,
ama por Amor a Cristo.
5. REFLEXIÓN Y SÍNTESIS SOBRE ALGUNAS IDEAS DE PIEPER SOBRE EL AMOR
Con el recorrido realizado hasta este punto, ahora se puede acotar una especie de síntesis
provisional en un marco relacional de las nociones presentadas. Decíamos desde el inicio
que no es posible dar una definición unívoca del amor según Pieper; más bien, nuestro
propósito ha sido integrar las nociones generales presentes en su propuesta; es decir,
armonizar las partes en orden al todo. En otras palabras, mostrar un sentido de unidad
entre las características presentadas que, como señala Rehman, son muchas veces más
fenomenológicas que metafísicas, aunque, por la forma de filosofar de Pieper, ambos
métodos están intrínsecamente enlazados.
Tampoco se ha buscado reflejar todos los matices que la obra pieperiana presenta en
torno al amor. Como también mencionamos al inicio del artículo, el pensamiento de
Pieper se puede leer en muchos niveles: a manera propedéutica, ya que “se le entiende
muy bien”, incluso sin profundizar demasiado, pero también desmenuzando cada
componente metafísico y fenomenológico, mucho más rico de lo que parece a primera
vista. En este último sentido, llegar con el alemán a todos los rincones de su pensamiento
implicaría un texto más extenso y rico que esta aproximación, y que queda pendiente para
futuras publicaciones.
Sin embargo, con lo esbozado aquí y a modo de simplificación, podemos afirmar que,
para Piper, amar es una realidad compleja e inconmensurable, que consiste en dar por
buena a la persona del otro —aprobación y afirmación—. El amor es un regalo esencial,
58
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 645.
59
PIEPER, Las Virtudes fundamentales, 647.
17
continuación y perfeccionamiento de lo creado, en el que amante y amador confirman su
ser en el amor y, por tanto, eligen amarse bien y anhelan su trascendencia para que el otro
sea feliz, alegre y pleno para toda la vida. En este movimiento eros y ágape se encuentran
en armonía; lo que empieza como un amor indigente —que acepta la limitación humana
pero, al mismo tiempo, quiere superarla—, se proyecta en un amor entregado y total.
Esperamos que estas líneas contribuyan a una comprensión integral del amor, un
concepto clave para el estudio de las humanidades. De alguna manera se puede resumir
el pensamiento pieperiano sobre el amor en una frase: amar es decirle al otro: “Qué bueno
que existes; qué malo sería el universo si no existieras; haré todo lo posible para que
existas siempre y seas feliz”.