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explícita, incluso la propia existencia está en cuestión. Es una falta de conexión, cada vez
más frecuente, que puede estar en la base de la explicación del aumento de los suicidios
y, en general, de la actual expansión de la depresión y la ansiedad.
Siguiendo a Pieper, podría decirse que, al haber menos amor, hay menos confirmación
de la propia existencia y de la experiencia vital de que “a mí me merece la pena” existir.
La existencia sola, desnuda, no alcanza; es pobre. Los humanos somos seres de sentido y
sin el sentido más radical que nos da la confirmación en el amor, la existencia se vuelve
una carga. Por eso, no basta con reconocernos explícitamente el derecho a existir; es
necesario que se nos diga: “Qué bueno que existes”. Entender que la falta de amor mata
el sentido de la existencia es una manera de conectar los actuales problemas de salud
mental con la forma en que Pieper explica el amor.
Para Pieper, la actitud más contraria al amor no sería el odio sino la indiferencia. Para
comprender su aproximación es bueno que consideremos que cuatro son las posibles
actitudes de una persona respecto a otra: a) la indiferencia —“me da igual que existas,
eres invisible”—, la actitud más contraria al amor; b) el odio —“quiero que no existas”—
, hay un deseo de que el otro pierda la existencia, pero, al menos, se lo ve, no es invisible;
c) el reconocimiento del otro como sujeto de derechos —“tienes derecho a existir”—,
este sería el movimiento más elemental del amor, uno básico, pero no suficiente; d) la
afirmación/confirmación de la persona —“qué bueno que existas”—. Es evidente que
solo este último es realmente adecuado para la persona y le sirve para su plenitud y
florecimiento: el amor auténtico. Solo la afirmación y la confirmación en el amor dan
salud mental; los dos primeros —indiferencia y odio— son destructivos; el tercero —el
reconocimiento de derechos— es insuficiente.
4.4. Benevolencia: elección de amar bien
Otro concepto que Pieper relaciona con el amor es la benevolencia. Por la benevolencia,
quien ama quiere el bien de la persona. Dos raíces integran esta palabra: bien y voluntad.
Del latín benevolens, se compone de bene (bueno) y volo (querer). Pieper, además, resalta
que, para que la benevolencia, con su querer el bien y hacerlo, se convierta en amor,
también hace falta la unión afectiva. Y aquí reside una de las notas más características del
planteamiento pieperiano. La relación entre lo bueno y su puesta en práctica muestra que
el amor es una decisión consciente de la persona. No es algo que solo se perciba como
bueno; el amor llama a la realización, a la puesta en práctica. La persona no solo es capaz
de discernir el bien de su actuación mediante su inteligencia, sino que, al amar, realiza
esa actuación buena y pone en juego su voluntad.
Si amar bien se tratara de algo simple y espontáneo, todo ser humano lo haría sin
problema alguno ni mayor complicación. Acostumbrados hoy en día a tener todo a un clic
de distancia en las pantallas, la tentación es trasladar esa misma lógica a las relaciones
humanas. Sin embargo, la vida y el encuentro personal llevan su tiempo y se desarrollan
por etapas. Una de esas primeras etapas o momentos tiene que ver con el descubrimiento
del amado, lo que mueve a la elección personal de amarle bien.
Amar conlleva elegir; implica una firme decisión, compromiso y esfuerzo. También
una renuncia y dejación. El amor no es todo el tiempo cómodo ni facilón, categorías
asociadas al bienestar. La experiencia de amar no puede excluir el dolor y el sacrificio,
tanto si amamos como si somos amados. “Ningún buen amante puede consentir que la
persona amada prefiera lo cómodo a lo bueno”