ateniéndose a la Tradición de la Iglesia y a varias citas bíblicas (cf. Mc 6,3; 15,40; Mt
13,55; 27,56), el autor sostiene que no son hermanos carnales de Jesús, sino parientes
cercanos, además de advertir que los evangelios nunca dicen que estos sean hijos de
María, quien, por el contrario, solo es mencionada como “madre de Jesús”, y que el
término “primogénito” con el que se refiere a Jesús en Lc 2,7 no implica que este fuera el
primero de otros hijos, tratándose más bien de una expresión de hondo calado jurídico y
bíblico que en el caso de Jesús acentúa su particular pertenencia a Dios. De entre todas
las iniciativas ecuménicas, Perrella se concentra en la emprendida por el Grupo de
Dombes, el cual, de acuerdo con el principio de la “jerarquía de verdades”, consideró que,
mientras la concepción virginal es una verdad fundamental, la virginidad después del
parto es una “verdad derivada” y, por tanto, no esencial. El autor, bastante crítico al
respecto, se sorprende de que los integrantes del citado grupo, concretamente los
católicos, sostuvieran que los dogmas marianos no ocupan los primeros puestos de la
doctrina católica, trayendo a colación de esto la Nota doctrinal ilustrativa de la fórmula
conclusiva de la Professio fidei que la Congregación para la Doctrina de la Fe promulgó
en 1998, presidida entonces por el cardenal Ratzinger, en la que se afirma que tales
dogmas pertenecen al conjunto de verdades que han de creerse como divinamente
reveladas. En este sentido, Perrella sugiere la urgente clarificación que los católicos
hemos de hacer al respecto, sobre si la virginidad perpetua de María es o no un dogma de
fe, asunto por el que recuerda que aunque los últimos papas no la hayan referido como
definida dogmáticamente, sí que la han tenido en diversas intervenciones como verdad
creída y profesada por la Iglesia.
Para corroborar el carácter dogmático de la perpetua virginidad de María, en las
siguientes páginas de la tercera parte de la obra abunda en la conexión de este misterio
con el dogma cristológico, así como en su constante presencia en la fe de la Iglesia,
expresada ya en los primeros símbolos de la fe, concretamente en el artículo Natus ex
Virgine; en los primeros concilios, sobre todo el Lateranense del 649, el cual profesó la
expresión Semper Virgo que ya venía usándose desde el siglo VI; en los Santos Padres y
en los teólogos escolásticos, quienes, en general, enseñaron la “virginidad somática” de
María en el parto, sin detenerse a explicarlo fisiológicamente. Todos estos testimonios le
llevan a afirmar “un dato indiscutible”: “la virginidad de María es una verdad de fe
profesada por la Iglesia universal” que incluso, observa en páginas anteriores, fue creída
por los padres de la Reforma protestante. Es más, sigue apostillando el autor, el hecho de
que la virginidad perpetua de María no haya sido objeto de una definición formal no
significa que no sea una verdad de fe, al igual que sucede con verdades tan importantes
como la redención y la resurrección de Cristo. Sobre esto vuelve varias veces, como
cuando analiza la interpretación demasiado racionalista que a partir del siglo XX llevó a
diversos teólogos y exegetas a considerar que la concepción virginal de Jesús es un mito,
ocasión, de nuevo, para abordar la necesaria sinergia que entre Magisterio y teología ha
de darse. El autor se detiene en una de las aportaciones más sugerentes de la teología
actual sobre el tema: el redescubrimiento del nexo que algunos Santos Padres mantenían
entre el nacimiento virginal de Jesús y su resurrección, siendo el primero signo
protológico del segundo nacimiento a la gloria. Igualmente, vuelve a insistir en que la
concepción y el parto virginales corresponden al mismo misterio inefable de la
encarnación del Verbo, de manera que tanto uno como otro infieren la naturaleza divina
de Jesús. Atendiendo a la destacada relevancia que en las últimas décadas viene
prestándose a la Liturgia como lugar teológico, observa la continuidad desde época
patrística hasta nuestros días, especialmente en los textos eucológicos, de la confesión de
fe de la Iglesia en la virginidad perpetua de María, continuidad que igualmente se aprecia
en el Magisterio, incluso el más reciente, destacando la intervención de Pablo VI en la