Salvatore Maria PERRELLA, La verginità della Madre di Gesù. Un mistero da
accogliere, Cinisello Balsamo, San Paolo, 2024, 566 pp. 55 €. ISBN: 978-88-922-4411-
5.
https://doi.org/10.46543/ISID.2534.1067
El interés teológico y pastoral por esclarecer las verdades doctrinales concernientes a la
mariología ha llevado al profesor Salvatore Maria Perrella, de la Orden de los Siervos de
María, a reeditar una obra que vio la luz en 2003 (“Maria, Vergine e Madre. La verginità
feconda di Maria tra fede, storia e teologia”), revisándola y ampliándola
considerablemente, ahora como profesor de teología dogmática y mariología en la
Pontificia Facultad Teológica de Italia Meridional. La ocasión es realmente propicia si se
tiene en cuenta que la virginidad de María es uno de los aspectos en materia de fe más
relativizados por el pensamiento postmoderno, siendo incluso banalizado o rechazado por
diversas corrientes de índole racionalista que lo consideran un dato más simbólico que
histórico, no digamos ya por lo que respecta al parto virginal, negado explícitamente en
películas y series recientes. En este sentido, como el subtítulo de la obra sugiere (“Un
mistero da accogliere”), el autor considera que dicha doctrina pertenece al misterio de la
divina revelación y que como tal requiere la fe teologal, la cual se traduce en la acogida
confiada de un hecho sobrenatural que, en última instancia, en palabras del autor, apunta
al “paradójico-escándalo-novedad del acontecimiento de la encarnación virginal del Hijo
de Dios”. De aquí se desprende que la virginidad integral de María se halla en estrecha
relación con el misterio de Cristo, sin el cual no tendría razón de ser, motivo por el que el
autor, durante toda la obra, emplea el término “encarnación” acompañado del adjetivo
“virginal”.
En la primera parte (“Maria: tra dogma e teologia”), Perrella recalca que la virginidad
de María forma parte del conjunto de verdades divinamente reveladas que, partiendo de
la Sagrada Escritura y de la Tradición viva de la Iglesia, a lo largo de la historia encuentra
múltiples y constantes expresiones, especialmente en el Magisterio y en lugares
teológicos puestos en valor recientemente como la Liturgia. Una buena síntesis de ello es
el artículo del Símbolo de la fe Natus ex Maria Virgine, cuyo “hecho histórico-salvífico”
pretende explicar el autor relacionando su significado con otras verdades divinamente
reveladas. Con respecto a esto, el teólogo servita tiene como prisma en toda la obra una
alocución de Juan Pablo II sobre la virginidad de María, pronunciada en Capua el 24 de
mayo de 1992 con motivo del XVI centenario del concilio celebrado en esta ciudad
italiana. En dicha alocución el papa santo subrayaba la importancia de sostener “el hecho”
junto con “el significado” de cada una de las partes integrantes de la virginidad de María.
Desde esta perspectiva, Perrella comienza abordando la interpretación del dogma de fe
en la actualidad. Ante las diversas consideraciones sobre el mismo provenientes del
subjetivismo, el historicismo, el laicismo o la teología liberal, recuerda que el dogma,
como verdad divinamente revelada, reclama la acogida por parte del creyente en virtud
de la obediencia de la fe. A este respecto, el autor trata el carácter dogmático de la
virginidad ternaria de María (“antes, en y después del parto”), valorando su permanente
confesión por el Magisterio, el sensus fidelium, la Liturgia y la himnología mariana.
Asimismo, señala la importancia de la exegesis en la relectura del dato bíblico y
dogmático, advirtiendo del peligro de una tendencia “radicalmente crítica y
metodológicamente atea” que, a priori, niega su historicidad.
El autor culmina la primera parte haciendo una extensa reflexión sobre la mencionada
alocución del papa Wojtyła en la que este consideraba la virginidad de María como un
don de Dios que ella acogió para dedicarse enteramente a la persona y a la obra salvífica
de Cristo, lo que a su vez infiere el cristocentrismo de esta verdad mariológica. El papa
exhortaba a los teólogos a tener la misma actitud teologal de María para acoger esta
verdad, sugiriendo su estudio a la luz completa del misterio de Cristo, de manera que,
conforme a la doctrina de algunos Santos Padres, lleguen a “considerar la relación entre
la generación de Cristo ex intacta Virgine y su gloriosa resurrección ex intacto sepulcro”.
Perrella insiste en la importante aportación del papa en sentido metodológico a la hora de
profundizar en esta verdad de fe: la necesaria armonía entre la afirmación del “hecho” y
la explicación de su “significado”, dado que si se prescinde del primero se desvanece este
otro.
En la segunda parte (“Maria Madre Vergine di Cristo nel Nuovo Testamento”), el autor
analiza los testimonios que ofrecen los evangelios sobre la virginidad de María,
especialmente los “de la infancia” (Mt 1–2 y Lc 1–2), los cuales la refieren
indisolublemente unida al misterio de la “encarnación virginal del Verbo por la Virgen”,
siendo este una “nueva creación” sin parangón en la historia. Aun y cuando estos dos
evangelios se deben a tradiciones distintas, sin embargo, observa el autor, coinciden en
afirmar la concepción virginal de Jesús y esta como un hecho histórico, si bien
interpretado a la luz de la Pascua, evitando en todo caso la participación generativa de
José, esposo de María, y cualquier apariencia de teogamia. Igualmente, señala que en
ambos evangelios la maternidad virginal de María es comprendida desde una perspectiva
“absolutamente cristológica”, es decir, como un indicio de la filiación divina de Jesús.
Conforme a la investigación de otros autores recientes, señala otras citas bíblicas que
harían referencia a la concepción virginal de Jesús, como es el caso, leído al singular, de
Jn 1,13, versículo del que, además, se deduce la virginidad de María en el parto. Todavía,
el autor advierte de que el dato bíblico concerniente a la concepción virginal de Jesús no
tiene nada que ver con los relatos mitológicos hierogámicos ni tampoco con una hipotética
partenogénesis humana. Ciertamente, esta concepción prodigiosa no responde a las leyes
naturales, tratándose más bien de un milagro inaudito, de un hecho extraordinario que
pertenece únicamente a la intervención de Dios en la historia. Ahora bien, el carácter
sobrenatural de la concepción del Hijo no significa que la gestación durante nueve meses
en el seno virginal de María no fuera conforme a las leyes naturales de la gestación, salvo
el parto. Con respecto a esto, siguiendo a René Laurentin, observa cómo el evangelista
Lucas, a diferencia de los relatos hagádicos del nacimiento de Moisés, por ejemplo, narra
el nacimiento de Jesús con toda sobriedad y evita cualquier alusión al dolor inherente al
parto. Semejante apreciación le lleva a hacer un extenso discurso a propósito de la
posibilidad del milagro, para concluir que “el teólogo y el creyente de la postmodernidad,
por tanto, están llamados a la única razón plausible de la acogida adorante y agradecida
de lo inédito divino y humano de la encarnación del Verbo: la fe”. Finalmente, aborda la
opinión —no sin polémica— sobre el dogma de la encarnación virginal de Jesús por parte
del judaísmo y del islam. Por lo que respecta al primero, recuerda la tradición mishnaica
y talmúdica que calumnia a Jesús como un bastardo; mientras que del segundo advierte
cómo el Corán defiende ante esta acusación la maternidad virginal de María, aunque sin
reconocer por ello la divinidad de Jesús y, consecuentemente, la encarnación del Hijo de
Dios.
En la tercera parte (“Madre e Vergine nelle chiese cristiane: ieri e oggi”), con talante
ecuménico, Perrella trata la consideración que las diversas Iglesias cristianas han hecho
sobre la virginidad de María a lo largo de la historia. Comienza llamando la atención
sobre la plena consonancia que entre católicos y ortodoxos existe en cuanto a la confesión
de la virginidad perpetua de María, no pudiéndose decir lo mismo de los protestantes,
especialmente por lo que respecta a la virginidad después del parto, en atención al
testimonio neotestamentario relativo a los hermanos y hermanas de Jesús. Sobre estos,
ateniéndose a la Tradición de la Iglesia y a varias citas bíblicas (cf. Mc 6,3; 15,40; Mt
13,55; 27,56), el autor sostiene que no son hermanos carnales de Jesús, sino parientes
cercanos, además de advertir que los evangelios nunca dicen que estos sean hijos de
María, quien, por el contrario, solo es mencionada como “madre de Jesús”, y que el
término “primogénito” con el que se refiere a Jesús en Lc 2,7 no implica que este fuera el
primero de otros hijos, tratándose más bien de una expresión de hondo calado jurídico y
bíblico que en el caso de Jesús acentúa su particular pertenencia a Dios. De entre todas
las iniciativas ecuménicas, Perrella se concentra en la emprendida por el Grupo de
Dombes, el cual, de acuerdo con el principio de la “jerarquía de verdades”, consideró que,
mientras la concepción virginal es una verdad fundamental, la virginidad después del
parto es una “verdad derivada” y, por tanto, no esencial. El autor, bastante crítico al
respecto, se sorprende de que los integrantes del citado grupo, concretamente los
católicos, sostuvieran que los dogmas marianos no ocupan los primeros puestos de la
doctrina católica, trayendo a colación de esto la Nota doctrinal ilustrativa de la fórmula
conclusiva de la Professio fidei que la Congregación para la Doctrina de la Fe promulgó
en 1998, presidida entonces por el cardenal Ratzinger, en la que se afirma que tales
dogmas pertenecen al conjunto de verdades que han de creerse como divinamente
reveladas. En este sentido, Perrella sugiere la urgente clarificación que los católicos
hemos de hacer al respecto, sobre si la virginidad perpetua de María es o no un dogma de
fe, asunto por el que recuerda que aunque los últimos papas no la hayan referido como
definida dogmáticamente, sí que la han tenido en diversas intervenciones como verdad
creída y profesada por la Iglesia.
Para corroborar el carácter dogmático de la perpetua virginidad de María, en las
siguientes páginas de la tercera parte de la obra abunda en la conexión de este misterio
con el dogma cristológico, así como en su constante presencia en la fe de la Iglesia,
expresada ya en los primeros símbolos de la fe, concretamente en el artículo Natus ex
Virgine; en los primeros concilios, sobre todo el Lateranense del 649, el cual profesó la
expresión Semper Virgo que ya venía usándose desde el siglo VI; en los Santos Padres y
en los teólogos escolásticos, quienes, en general, enseñaron la “virginidad somática” de
María en el parto, sin detenerse a explicarlo fisiológicamente. Todos estos testimonios le
llevan a afirmar “un dato indiscutible”: “la virginidad de María es una verdad de fe
profesada por la Iglesia universal” que incluso, observa en páginas anteriores, fue creída
por los padres de la Reforma protestante. Es más, sigue apostillando el autor, el hecho de
que la virginidad perpetua de María no haya sido objeto de una definición formal no
significa que no sea una verdad de fe, al igual que sucede con verdades tan importantes
como la redención y la resurrección de Cristo. Sobre esto vuelve varias veces, como
cuando analiza la interpretación demasiado racionalista que a partir del siglo XX llevó a
diversos teólogos y exegetas a considerar que la concepción virginal de Jesús es un mito,
ocasión, de nuevo, para abordar la necesaria sinergia que entre Magisterio y teología ha
de darse. El autor se detiene en una de las aportaciones más sugerentes de la teología
actual sobre el tema: el redescubrimiento del nexo que algunos Santos Padres mantenían
entre el nacimiento virginal de Jesús y su resurrección, siendo el primero signo
protológico del segundo nacimiento a la gloria. Igualmente, vuelve a insistir en que la
concepción y el parto virginales corresponden al mismo misterio inefable de la
encarnación del Verbo, de manera que tanto uno como otro infieren la naturaleza divina
de Jesús. Atendiendo a la destacada relevancia que en las últimas décadas viene
prestándose a la Liturgia como lugar teológico, observa la continuidad desde época
patrística hasta nuestros días, especialmente en los textos eucológicos, de la confesión de
fe de la Iglesia en la virginidad perpetua de María, continuidad que igualmente se aprecia
en el Magisterio, incluso el más reciente, destacando la intervención de Pablo VI en la
Solemne Profesión de fe y las numerosas que Juan Pablo II hizo, sobre todo la de Capua,
mencionando también algunas de Benedicto XVI y Francisco.
Tras el largo recorrido emprendido sobre la confesión de la virginidad de María en la
Tradición de la Iglesia, los Santos Padres, la Liturgia y el Magisterio, Perrella retoma las
opiniones contrarias contemporáneas para hacer una síntesis de ellas. Estas, apunta el
autor, suelen argumentar que la “encarnación virginal del Verbo” es una metáfora, un
teologúmeno, una simple meditación teológica, un dato marginal en la tradición bíblica,
una afirmación influenciada por la mitología egipcia, un enunciado carente de una
definición solemne por parte de la Iglesia, que incluso comprometería la humanidad de
Jesús y que hasta ocultaría un nacimiento ilegítimo o una violación. Todo ello, sostiene
el autor, viene a reflejar la crisis de fe del mundo actual, reacio a acoger lo trascendente
o sobrenatural, actitud que incluso y paradójicamente se da en personas creyentes. Ante
semejante incredulidad o recelo ante el misterio, Perrella adapta a la confesión de fe de la
concepción virginal de Jesús las palabras que este dirigió a los discípulos del Bautista (cf.
Mt 11,6): “bienaventurado quién no se escandaliza del misterio”, para subrayar que esta
verdad pertenece a la intervención histórico-salvífica de Dios, a un don que solo puede
acogerse desde la fe.
En la conclusión, el profesor napolitano insiste en la actitud teologal con la que todo
creyente ha de acoger la virginidad perpetua de María como verdad de fe, así como en la
conexión de esta en con el dogma cristológico, su derivación de la naturaleza divina del
Hijo, la necesidad de sostener el “hecho” y el “significado” de la misma, su comprensión
en el perspectiva escatológico-pascual de la resurrección de Cristo y la gozosa
manifestación, apelando a las palabras del ángel a María en la anunciación, de que “nada
es imposible para Dios” (Lc 1,37).
Álvaro Román Villalón
Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla
Sevilla, España
alvaroroman@sanisidoro.net
https://orcid.org/0000-0003-0119-9990