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El libro entra en materia en el capítulo segundo, cuando comienza el estudio, no de
cómo es la filosofía de Santo Tomás, sino de su contenido. Son más de treinta páginas en
las que se resume la filosofía de la naturaleza tomista. El núcleo de la lección que Brock
imparte aquí es aclarar el concepto de “forma sustancial”, concepto que el autor juzga con
toda razón como axial. Es interesante navegar con Brock por estas páginas ajenas al
frecuente acobardamiento de algunos filósofos, tomistas o no, ante la ciencia positiva. Ni
siquiera intenta una clase de transacción que pudiera resolverse en una especie de híbrido
de filosofía y ciencia. Brock no se amedrenta ante el foro de la filosofía del siglo XXI, sino
que habla de materia, forma, accidentes, sustancias, actos y potencias, mostrándose por
completo convencido de que esos términos son verdaderamente imprescindibles para el
conocimiento filosófico del mundo físico.
El mismo ánimo mantiene el autor en el tercer capítulo, dedicado a la vieja psicología
filosófica de Santo Tomás. El esfuerzo de Brock por desmenuzar el concepto de alma
merece reconocimiento. El alma es la forma sustancial del viviente y, además, en el caso
del ser humano, es una forma que tiene subsistencia al margen de la materia. Brock no se
amilana ante la dificultad y procede, por lo demás, con una apreciable claridad.
Estos méritos no se empañan por algunas pequeñas dificultades que pueden
encontrarse. En la p. 109 parece decir Brock que cada una de las tres clases de alma —
vegetativa, sensitiva, intelectual— contiene “en potencia” la que le es inferior. En rigor,
más bien debe decirse que el alma sensitiva o animal ha de contener en acto la vida
vegetativa, y que el alma intelectual ha de ser actualmente sensitiva y vegetativa, sin
necesidad de ulterior actualización. Salvo que la expresión “en potencia” se entienda, no
como potencia pasiva, sino como potencia activa.
Asimismo, en la explicación del conocimiento emplea Brock algunas expresiones (al
menos en el texto español del libro) que ofrecen algún problema. Es el caso cuando se
lee, en la p. 124, que, para las cosas, el acto de ser conocidas es algo accidental para ellas.
Algo semejante se encuentra en la p. 135 (“… una semejanza cognoscitiva es una forma
individual en el cognoscente, pero es un acto tanto del cognoscente como de lo conocido”)
y en la p. 156. Debería decirse que el “ser conocido” no es nada para la cosa conocida, ni
siquiera un accidente; según la fórmula clásica, es mera denominación extrínseca. Cabe
pensar que el autor quería expresarse en realidad de otra manera.
Tampoco parece afortunado decir que “la actividad intelectual no se realiza mediante
un órgano corporal, pero la nuestra es inseparable de la actividad de un órgano corporal”
(p. 137). La primera parte de la frase es perfectamente aristotélica y tomista, pero la
segunda no lo es, o no del todo. Si la actividad intelectual es inseparable del cuerpo,
entonces no es posible actividad intelectual ninguna sin cuerpo, lo cual no parece
admisible cuando, por otro lado, se admite la inmortalidad del alma humana separada.
Son bien conocidos los numerosos lugares en los que Santo Tomás exige que el
conocimiento intelectual —no el sensitivo— esté por completo desprovisto de materia,
justamente porque el objeto del entendimiento es la totalidad del ente. Por eso, de hecho,
la afirmación de la inseparabilidad entre inteligencia y órgano lleva a Brock a encontrar
dificultades, en el capítulo quinto, en la explicación de la actividad del alma humana post
mortem, es decir, una vez separada del cuerpo (p. 192). Ello a pesar de que Brock está
convencido de que el conocimiento es inmaterial (p. 155).
Habrá de tomarse asimismo como una imprecisión la afirmación de que “Decir […]
«racional» es decir, implícitamente, «animal»” (p.139). La racionalidad es aquí la
diferencia específica del hombre. Pero hay seres racionales que no son animales en
sentido físico, es decir, que no tienen vida corpórea sensitiva, como sucede con los
ángeles y con Dios y, por consiguiente, su racionalidad no puede incluir la animalidad.
Pero todas estas observaciones se refieren a detalles muy particulares que no deslucen la