Emilio J. Justo, Espiritualidad y política. Aproximaciones desde la pneumatología, Maliaño (Cantabria), Sal Terrae, 2024, 199 pp., 20 €. ISBN: 978-84-293-3227-8.
https://doi.org/10.46543/ISID.2534.1066
El libro es una reflexión sobre la espiritualidad cristiana para ver en ella el contenido y las implicaciones sociales que esta pueda tener. En este sentido tenemos que la tesis fundamental de la obra es establecer los nexos de unión entre la vivencia espiritual y la dimensión política. Y como la vida espiritual está sostenida por el Espíritu de aquí se deriva lo que nuestro autor denomina acertadamente una “pneumatología política”. Este sintagma debe ser bien entendido pues lo que se busca no es proponer acciones políticas concretas sino ofrecer una reflexión “sobre principios espirituales que funcionen como criterios orientadores para la acción política”.
Esta propuesta la presenta en cuatro capítulos interconectados. El primero de ellos lleva por título “Fundamento teológico de la espiritualidad cristiana”. En él se pretende asentar la idea de que el único fundamento teológico de la espiritualidad cristiana es la acción del Espíritu Santo en los hombres y a partir de este principio se irá argumentando para mostrar cómo el Espíritu Santo va conformando una espiritualidad que es a un tiempo personal y colectiva. Esto último es lo que se busca subrayar pues se pretende argüir que la vida espiritual posee una dimensión comunitaria (forma eclesial) por cuanto las realidades sociales no le son ajenas. Asimismo, se insiste en la idea de la no separación entre espiritualidad y teología ya que ambas se alimentan recíprocamente.
El segundo capítulo se titula “El Espíritu Santo en la existencia cristiana”. En esta sección de la obra, el autor se centra en lo que denomina “la condición gerundiva de la vida humana”. Con ello se expone la idea de que el ser humano no es un ser acabado, sino que está en proceso de formación, es decir, es un sujeto histórico y es dentro de estas coordenadas espaciotemporales donde el hombre va escribiendo su propia biografía. Con esto, Emilio J. Justo entronca con uno de los principios de la antropología teológica donde se presenta al hombre como homo Viator, o sea, como un ser que se dirige, por medio de sus acciones libres, hacia su fin último o sobrenatural. Desviarse de ese fin último es lo que se conoce en teología como pecado. De hecho, el término hebreo hattah que emplea la Biblia para hablar de pecado significa literalmente desviarse. Lo opuesto a ello es la conversión, es decir, reorientarnos existencialmente hacia nuestro fin último. Este dinamismo de conversión es el operado por el Espíritu Santo. Si bien el pecado tiene una dimensión personal por arrancar de una decisión individual no deja por ello de poseer una dimensión comunitaria por cuanto afecta a la comunión eclesial. Por ello, la conversión no puede soslayar dicha dimensión ya que no sólo nos vuelve a unir a Cristo, sino que también nos reincorpora soteriológicamente a la Iglesia. Esta vuelta es operada siempre por el Espíritu Santo.
El tercer capítulo de la obra que estamos recensionando lleva por título “El dinamismo espiritual del cristiano”. En él se describe cómo tal dinamismo coincide con la vida teologal, es decir, con la vivencia de las tres virtudes teologales. Respecto a la primera de ellas que es la fe se busca presentarla como una experiencia personal de encuentro con Jesucristo frente a posicionamientos teológicos que han ofrecido una versión de la fe centrada en el asentimiento al conjunto de verdades reveladas por Dios. Frente a la postura de Trento que presentaba la fe como aceptación de la revelación de Dios o frente al Vaticano I que en su constitución dogmática Dei Filius subrayaba la dimensión intelectual de la fe, Emilio J. Justo plantea volver a una concepción más bíblica donde se la presenta como experiencia de encuentro. La fe es un estar con Jesús.
El prof. Justo entronca la reflexión sobre la esperanza con una idea ya expresada en el capítulo anterior en el que mostraba al hombre como el autor de su propia biografía. La segunda virtud teologal coloca al ser humano frente a un futuro que debe construir ya que todo hombre, como bien dice el autor, “está volcado hacia la realización de aquello que es, consumando su propia existencia”. La esperanza pone al hombre ante su futuro último que es la vida eterna. Ahora bien, esta consumación que el hombre espera no debe llevarlo a una huida irresponsable del mundo en el que habita como si las injusticias sociales de las que es testigo no tuvieran poder para interpelarle, más bien al contrario, porque la plenitud de la vida que es el objeto de la virtud teologal de la esperanza abarca también a todo el orden material creado. Esta es la razón por la que todo creyente debe implicarse en la custodia de lo creado. Si Dios va a plenificar escatológicamente al mundo, el creyente debe comprometerse en su cuidado y en la construcción de órdenes políticos justos.
Finalmente, la virtud de la caridad, vivida desde la clave de la pneumatología política, nos mueve a la construcción de un mundo más humano. Sentirse amado es el motor para luego amar a otros. Por tanto, la caridad, por su mismo dinamismo intrínseco, nos inserta en la esfera de lo comunitario ya que es el amor quien nos saca de nuestro solipsismo o ensimismamiento metafísico. El Espíritu Santo es quien suscita el amor en los creyentes para que amemos como Cristo lo hizo. El amor de Cristo tenía a los pobres como sus destinatarios preferidos. Cuando nos insertamos en esta dinámica cristológica por la acción del Espíritu Santo es cuando podemos amar a los más desfavorecidos como Cristo los amó. Y amar al otro implica desearle lo mejor, es inmiscuirse para que su vida sea dignificada. Por eso, la virtud teologal de la caridad cuando es auténtica y viene movilizada por el Espíritu sumerge al creyente en el compromiso social, en la lucha por eliminar los elementos que causan sufrimiento, en trabajar por borrar las injusticias sociales que esclavizan y alienan al hombre.
El cuarto y último capítulo de esta obra se titula “La vida social desde el Espíritu. Esbozo de una pneumatología política”. Aunque se encuentra al final del libro, es sin duda, el capítulo central de toda la obra. De hecho, los tres anteriores han sido una preparación al cuarto. En él se centra en la categoría clave de toda la obra: la pneumatología política. Por ella no debe entenderse la aplicación de ideas teológicas con la finalidad de plantear acciones políticas, sino que sería más bien pensar la vida social desde la pneumatología, es decir, desde la acción del Espíritu Santo. Con esto, Emilio J. Justo se inserta en la corriente de la teología política que arranca desde san Agustín con su obra La Ciudad de Dios y que teólogos de alta pluma como santo Tomás de Aquino, Francisco de Vitoria, Domingo Soto o Suárez han asumido sin olvidar a grandes juristas que han realizado una reflexión teológica de las realidades sociales como Donoso Cortés o Carl Schmitt. La misión de la teología no es el gobernar un territorio. Por eso las conclusiones o principios teológicos no se pueden aplicar sin más al ejercicio de la política, pero sus postulados sí pueden ser tenidos en cuenta a la hora de diagramar acciones políticas. Y es que, como bien expone el autor, “la teología política se entiende como una reflexión teológica sobre la política, para descubrir principios que orienten la acción social y desde los que ejercer una crítica a las acciones políticas. Por tanto, cuando se hace una pneumatología política, se busca en la reflexión sobre el Espíritu Santo principios y criterios que puedan orientar la vida política de las sociedades”. El hombre es un ser social por naturaleza. Pero a diferencia de los animales, cuya organización social ya viene establecida de modo natural e instintivo, el ser humano puede decidir de qué modo se organiza para vivir comunitariamente. Y es aquí, en el modo de organización, donde la teología puede aportar su reflexión para que el hombre no solo se organice en base a fines naturales, sino que también se pueda aspirar al fin sobrenatural, buscando a su vez, un equilibrio entre el Estado, la sociedad y la persona.
En definitiva, nos encontramos ante un libro que pretende iluminar la vida social desde la teología y más concretamente desde la perspectiva de la pneumatología.
José Manuel Martínez Guisasola
Facultad de Teología san Isidoro de Sevilla
Sevilla. España