“mandamiento central” de la ley. Y luego las tradiciones paulina y joánica desarrollan
esta perspectiva, pero, ¿cómo se conjugan ambas vertientes? ¿Cómo comprender el
mandato del amor? ¿Se puede mandar el amor? Y también, ¿se debe amar a todo prójimo
de igual manera? ¿Hay alguna prioridad en la forma del amor a los padres, por ejemplo?
A partir de lo sembrado en el capítulo anterior, Pérez-Soba puede ahora responder a estas
preguntas con solvencia. Parte para ello de que el amor es integrativo y no dialéctico, de
que es una respuesta y un camino y, sobre todo, de que, como amor cristiano, es el mismo
amor de Jesucristo en nosotros. El tema del “amor a los enemigos” queda también
enfocado en este capítulo desde una perspectiva integral, de modo que se puede seguir
afirmando que el amor más grande es el que se da entre los amigos, aunque el amor a los
enemigos sea un signo más visible de caridad, en la medida en que busca hacer amigo al
enemigo (cfr. pp. 146-149).
El capítulo tercero es “¿Agape versus Eros? La integración humana del amor y la
unidad de vida” (pp. 151-189). El autor se embarca aquí en la clarificación de un punto
suscitado desde antiguo entre la dinámica griega del eros y la dinámica cristiana del
agape. ¿Hay contradicción entre los dos o es posible una línea de entendimiento? Es
sabida la respuesta que dio Anders Nygren a esta pregunta, exacerbando la distancia entre
ambos modos de amar. Pérez-Soba consigue acercarnos a una integración en la que, al
mismo tiempo, se percibe la novedad del amor cristiano, del agape revelado.
El cuarto capítulo se titula “El amor como don, la fuente que salta hasta la vida eterna:
«Si conocieras el don de Dios»” (pp. 191-224). ¿Puede ser el amor “interesado” o hay
que pensar, más bien, que no busca nada, que no tiene “intereses”? El problema se plantea
en la dinámica del don y su gratuidad. Pérez-Soba nos acerca a una respuesta con
inteligencia, partiendo de los resultados obtenidos en los capítulos anteriores, sin negar la
importancia del “bien” dentro de la dinámica del don, ni caer en una respuesta del puro
interés en la relación. Finalmente el capítulo desemboca en el tema del “perdón”, que es
el don por antonomasia, el don gratuito y gracioso por excelencia.
“La caridad, madre y forma de las virtudes, genera el orden de nuestras acciones” (pp.
225-263) es el título del quinto capítulo. El autor aclara aquí el estatuto de la “caridad”
como virtud. En el último capítulo, “La eucaristía, sacramento de caridad, fuente de
santidad para los diversos estados de vida en la Iglesia” (pp. 265-290), nos situamos en
la misma fuente de la vida de caridad, en la fuente eucarística, que hace concreto el don
del amor, que lo hace sacramental, como vida y presencia de Cristo.
La conclusión que ofrece el libro no es un resumen, sino, más bien, una proyección
hacia delante: “Permanecer en la caridad” (pp. 291-299), como tratando de indicar la vida
que surge de todo lo que se ha ido aportando en el recorrido.
En definitiva, estamos ante una obra de denso contenido, minuciosamente vertebrada
y cuyos razonamientos hacen que no sea apta para un lector no introducido ya en los
temas de los que trata. La aportación del autor es ciertamente valiosa, bien fundamentada
con enjundiosos recursos literarios, filosóficos y teológicos, puestos en juego con
originalidad y de manera elocuente, erudita y sólida. El resultado de todo el esfuerzo
intelectual realizado por el profesor Pérez-Soba en su exposición es altamente
encomiable. Más aún, nos parece importante y decisivo en el ámbito de la teología moral,
disciplina que frecuentemente se ha alejado del tema del amor y no ha comprendido la
envergadura que tiene en todo planteamiento teológico y espiritual. Con todo, repito, es
un texto arduo por la cantidad de referencias y porque el periplo propuesto por el autor
no es lineal, sino que se despliega en círculos concéntricos. Con ello, sin duda, se consigue
una mayor belleza en el desarrollo, pero a la vez se complica un tanto la comprensión del
hilo conductor de los enunciados. Esa dificultad, lejos de arredrar al lector, ha de llevarlo
a una acción de gracias por esta espléndida publicación. Gratitud que ha de extenderse a