pneumatología en la cristología: la distinción fenomenológica entre donación y don
permite comprender en su unidad y distinción la presencia de Jesús como don y la acción
del Espíritu como donación.
El capítulo cuarto se dedica a la consideración del donante, que es el Padre. Se ofrece
una síntesis de las afirmaciones más asumidas sobre la paternidad de Dios y su
manifestación en las parábolas y en la oración de Jesús. Para el autor, la comprensión
cristiana de Dios queda mejor justificada con un tratamiento fenomenológico: “una
fenomenología esencialista tiene serias dificultades para dar razón de una de las
características fundamentales de Dios: la retracción. La fenomenología de la donación
ayuda a expresar de un modo más decidido la dinámica misma de la revelación, que, por
definición, nos habla de un juego de manifestación y ocultamiento, de presencia y
ausencia, de donación en la retracción de la misma” (pp. 108-109). Esta comprensión se
conecta con la reflexión sobre la libertad divina y sobre el ágape como recepción y
simultáneamente posibilidad de donación.
En el capítulo quinto se estudia la condición filial de Jesús con la ayuda del concepto
fenomenológico de “fenómeno saturado”: se pone de manifiesto así que las dificultades
que los contemporáneos de Jesús encontraron para describir su identidad con los títulos
que tenían a su disposición (Mesías, Hijo de Dios, Hijo del hombre) se debían a que, en
su manifestación en la carne, Jesús desbordaba las expectativas del judaísmo. En su
revelación, Jesús cumple las condiciones de los fenómenos saturados: imprevisibilidad,
no iteración y carácter absoluto. El último apartado del capítulo quinto se refiere a la
figura del donatario, esto es, el ser humano capaz de recibir el don de Dios y al mismo
tiempo incapaz de dar una contrapartida; se estudian las posibles figuras del donatario,
que son el ingrato, el enemigo, el anónimo y, finalmente y sobre todo, el adonado,
capacitado por la donación para entrar en la dinámica del don.
Con el capítulo cinco se cierra una especie de primera parte en la que se ha utilizado
el ciclo de la donación como guía de lectura de la cristología. A partir del capítulo seis se
profundiza en la comprensión de algunos elementos cristológicos con categorías
fenomenológicas. En primer lugar, se reflexiona sobre la muerte de Jesús en cuanto
acontecimiento del Padre, en virtud de la dinámica de la donación (aunque el autor señala
que hay que evitar el peligro de comprender la donación como categoría totalizante que
sirviera para justificar el mal, p. 209). Después, la resurrección de Jesús (cap. 7) como
fenómeno de revelación, esto es, como “fenómeno saturado de segundo grado” (p. 247).
En tercer lugar, la comprensión de la redención desde la categoría de deuda para abrirla
a una comprensión de mayor gratuidad (cap. 8). En cuarto lugar, en el capítulo 9 se estudia
la confesión de fe de los primeros cristianos y su evolución en los primeros siglos, hasta
llegar a los primeros concilios, y se propone la figura del adonado como posible
actualización del dogma de Calcedonia, pues explica la conexión persona-naturaleza
desde la donación recibida, que capacita a su vez para una mayor donación (pp. 312-314).
Por último, se utilizan también categorías fenomenológicas para iluminar la libertad de
Jesús (cap. 10) y la omnipotencia de Dios y la cuestión del poder (cap. 11).
La actualidad del diálogo fenomenología-cristología tratado en esta obra es indudable.
A este esfuerzo por mostrar la interesante apertura de la cristología a la fenomenología se
añade el mérito de presentar una síntesis de los grandes axiomas de la cristología
contemporánea (lo que, como ya se ha dicho, será de gran utilidad para los estudiantes),
de manera que los grandes temas de la cristología contemporánea son resumidos y
presentados en una perspectiva que busca ser más integradora, pues busca una lectura
nueva de la cristología desde los conceptos fenomenológicos. No existe otro modo de
hacer teología que no sea en diálogo con la filosofía de cada tiempo, a la que la fe también
contribuye con sus propias aportaciones (cf. pp. 55-56, 96, 208-209). Al final, solo Cristo