Serafín BÉJAR, Cristología y donación. Ha aparecido la gracia de Dios (Presencia
Teológica 312), Santander, Sal Terrae, 2024, 383 pp. 26,60 €. ISBN 978-84-293-3194-
3.
https://doi.org/10.46543/ISID.2433.1064
El lector encontrará en Cristología y donación, del profesor S. Béjar, una interesante y
actual lectura fenomenológica de la cristología, sólidamente construida sobre un buen
fundamento bibliográfico. En el prefacio se explica con bastante claridad la intención de
la obra: los desplazamientos que caracterizan el pensamiento contemporáneo (del ser al
aparecer, del sujeto constituyente al sujeto constituido, de la verdad como esencia a la
verdad como desvelación, del predominio de lo espiritual al predominio de lo carnal, de
una visión apática de Dios a una comprensión patética) justifican la apertura de la teología
a la fenomenología y el intento de expresar con categorías fenomenológicas las
principales afirmaciones teológicas. Por eso, en Cristología y donación se realiza “una
trasposición de los moldes propios de esta fenomenología de la donación a los contenidos
fundamentales de la cristología” (p. 15), tomando como punto de apoyo para este
encuentro la categoría fenomenológica de “donación”.
Después del prólogo, siguen once capítulos y un epílogo en los que la lectura
fenomenológica viene a complementar una lograda síntesis de las principales
adquisiciones académicas en el ámbito de la cristología. Aunque el libro no está dividido
en partes, pueden distinguirse dos: una primera, en la que esta lectura sigue el esquema
del ciclo de la donación descrito por J. L. Marion, a saber: donación, donador, don y
donatario (hasta el capítulo 5), y una segunda, en la que se complementa la síntesis
teológica con aportaciones de la fenomenología.
Antes de entrar de lleno en el diálogo cristología-fenomenología, el autor sintetiza en
el capítulo primero las principales claves de la investigación histórica sobre Jesús, que
constituyen una de las preguntas esenciales de la cristología contemporánea. Los
estudiantes de cristología encontrarán en estas páginas un excelente resumen de la
conocida como búsqueda del Jesús histórico, aunque el objetivo de este primer capítulo
es mostrar que es imposible separar la narración de los acontecimientos de la
interpretación que les da sentido, lo que conduce a la pregunta por la credibilidad de las
interpretaciones. Es lógico que la obra se abra con estas reflexiones introductorias, puesto
que lo que se va a proponer, en definitiva, es una interpretación de la narración evangélica
con la ayuda de los conceptos fenomenológicos.
El capítulo segundo tiene también carácter introductorio. En él, con la ayuda del
concepto fenomenológico de deuda (la existencia como deuda en M. Heidegger o en W.
Benjamin) se explican la religiosidad propia del Antiguo Testamento y las instituciones
del Templo y la Ley. En esta clave habría que entender la llamada del Bautista a la
conversión: “la lógica de la deuda otorga un protagonismo destacable al ser humano. El
Dios de la retribución deposita toda la carga de responsabilidad en los hombros del ser
humano y en su capacidad de actuación” (pp. 75-76). El protagonismo de la deuda en la
predicación del Bautista hace que resalte aún más la novedad de Jesús, caracterizada por
la oferta de la salvación como donación.
El capítulo tercero, titulado “El Reino”, da cuenta ampliamente de lo que pretende este
estudio. En la categoría fenomenológica de “donación” se encuentra una plantilla para
comprender adecuadamente la predicación del Reino en toda su amplitud: “la convicción
de que hay una realidad que se nos otorga como regalo, más allá de nosotros y de nuestros
méritos para conseguirla, aparece de modo reseñable en la predicación de Jesús” (p. 98).
El concepto de donación sirve también al autor para estudiar la inclusión de la
pneumatología en la cristología: la distinción fenomenológica entre donación y don
permite comprender en su unidad y distinción la presencia de Jesús como don y la acción
del Espíritu como donación.
El capítulo cuarto se dedica a la consideración del donante, que es el Padre. Se ofrece
una síntesis de las afirmaciones más asumidas sobre la paternidad de Dios y su
manifestación en las parábolas y en la oración de Jesús. Para el autor, la comprensión
cristiana de Dios queda mejor justificada con un tratamiento fenomenológico: “una
fenomenología esencialista tiene serias dificultades para dar razón de una de las
características fundamentales de Dios: la retracción. La fenomenología de la donación
ayuda a expresar de un modo más decidido la dinámica misma de la revelación, que, por
definición, nos habla de un juego de manifestación y ocultamiento, de presencia y
ausencia, de donación en la retracción de la misma” (pp. 108-109). Esta comprensión se
conecta con la reflexión sobre la libertad divina y sobre el ágape como recepción y
simultáneamente posibilidad de donación.
En el capítulo quinto se estudia la condición filial de Jesús con la ayuda del concepto
fenomenológico de “fenómeno saturado”: se pone de manifiesto así que las dificultades
que los contemporáneos de Jesús encontraron para describir su identidad con los títulos
que tenían a su disposición (Mesías, Hijo de Dios, Hijo del hombre) se debían a que, en
su manifestación en la carne, Jesús desbordaba las expectativas del judaísmo. En su
revelación, Jesús cumple las condiciones de los fenómenos saturados: imprevisibilidad,
no iteración y carácter absoluto. El último apartado del capítulo quinto se refiere a la
figura del donatario, esto es, el ser humano capaz de recibir el don de Dios y al mismo
tiempo incapaz de dar una contrapartida; se estudian las posibles figuras del donatario,
que son el ingrato, el enemigo, el anónimo y, finalmente y sobre todo, el adonado,
capacitado por la donación para entrar en la dinámica del don.
Con el capítulo cinco se cierra una especie de primera parte en la que se ha utilizado
el ciclo de la donación como guía de lectura de la cristología. A partir del capítulo seis se
profundiza en la comprensión de algunos elementos cristológicos con categorías
fenomenológicas. En primer lugar, se reflexiona sobre la muerte de Jesús en cuanto
acontecimiento del Padre, en virtud de la dinámica de la donación (aunque el autor señala
que hay que evitar el peligro de comprender la donación como categoría totalizante que
sirviera para justificar el mal, p. 209). Después, la resurrección de Jesús (cap. 7) como
fenómeno de revelación, esto es, como “fenómeno saturado de segundo grado” (p. 247).
En tercer lugar, la comprensión de la redención desde la categoría de deuda para abrirla
a una comprensión de mayor gratuidad (cap. 8). En cuarto lugar, en el capítulo 9 se estudia
la confesión de fe de los primeros cristianos y su evolución en los primeros siglos, hasta
llegar a los primeros concilios, y se propone la figura del adonado como posible
actualización del dogma de Calcedonia, pues explica la conexión persona-naturaleza
desde la donación recibida, que capacita a su vez para una mayor donación (pp. 312-314).
Por último, se utilizan también categorías fenomenológicas para iluminar la libertad de
Jesús (cap. 10) y la omnipotencia de Dios y la cuestión del poder (cap. 11).
La actualidad del diálogo fenomenología-cristología tratado en esta obra es indudable.
A este esfuerzo por mostrar la interesante apertura de la cristología a la fenomenología se
añade el mérito de presentar una síntesis de los grandes axiomas de la cristología
contemporánea (lo que, como ya se ha dicho, será de gran utilidad para los estudiantes),
de manera que los grandes temas de la cristología contemporánea son resumidos y
presentados en una perspectiva que busca ser más integradora, pues busca una lectura
nueva de la cristología desde los conceptos fenomenológicos. No existe otro modo de
hacer teología que no sea en diálogo con la filosofía de cada tiempo, a la que la fe también
contribuye con sus propias aportaciones (cf. pp. 55-56, 96, 208-209). Al final, solo Cristo
puede ofrecer la respuesta a la pregunta que viene planteada con la misma existencia
humana (cf. p. 170).
Es también muy sugerente la original manera de integrar cristología y pneumatología
con la ayuda del concepto “pliegue de la donación” de Marion: “la donación, con su
carácter inaparente, permite la aparición de un don. La donación no es lo dado, ya que se
retira en ello (…). La donación posibilita la aparición, deja ante nuestros ojos el don, y el
don debería finalmente remitirnos de nuevo a la donación” (p. 104). La donación es
imagen de la acción del Espíritu que posibilita el don del Hijo encarnado que nos salva.
Más difícil es dirimir la cuestión de la suficiencia de una cristología fenomenológica
para explicar la novedad cristiana, sin recurrir a una cristología metafísica (cf. pp. 108-
109, 316-317). La pregunta queda abierta. Está aún por ver si metafísica y fenomenología
son dos paradigmas alternativos, o si pueden integrarse de algún modo. En cualquier caso,
parece que aún no es posible decir que la apertura de la cristología a la fenomenología
pueda sustituir a una reflexión metafísica, admitiendo siempre que esta debe moldearse
(y hasta reinventarse) desde la revelación.
Se ha dicho que una cristología fenomenológica permite “dar carne” a una cristología
metafísica, a partir del estudio de las vivencias de Cristo (Tilliette), su conciencia y sus
sentidos (Pagazzi), por ejemplo, que también podrían ser objeto de atención de una
perspectiva fenomenológica. Por eso, resulta muy ilusionante el estudio que el autor
promete como segunda parte de esta obra, un acercamiento a la manifestación del Hijo
en la carne que él denomina “sarcología”, y que será al menos tan interesante como
Cristología y donación.
Juan Serna Cruz
Instituto de Teología Beato N. Estenaga de Ciudad Real
Ciudad Real, España
juan.sernacruz@gmail.com
https://orcid.org/0000-0002-3430-5684